miércoles, 6 de junio de 2012

Animémonos a discutir la unidad

Mi buen amigo Pepe, que además es lector de este blog, me remite en enlace a una interesante reflexión (véase) de José María Ruiz Soroa sobre el sempiterno tema de cómo tratar con los nacionalismos periféricos. Ruiz Soroa propone la alternativa Cameron o jugar a la canadiense, si se prefiere. Es decir, lejos de rehuir el debate, afrontémoslo de cara, aceptando, si es preciso, incluso el envite de un referéndum en el que sometiéramos a criterio del respetable ni más ni menos que la cuestión nuclear: la propia continuidad histórica de España como estado en su actual configuración.

Pues convengo con Ruiz Soroa, para qué engañarnos, y cada día más. Aunque solo sea porque no se me ocurre otra vía para poner fin a este tira y afloja tan cansino en el que los nacionalistas vascos y catalanes han convertido nuestro día a día desde hace más de treinta años. Intentaré dar mis razones, amén de suscribir las del propio autor citado en su práctica integridad.

Por supuesto, hay que comenzar por una petición de principio. Sintiéndose el que suscribe –qué le vamos a hacer- español por los cuatro costados, parto de la convicción de que España, como estado, es una realidad histórica a la entera disposición de las generaciones vivas de españoles. No hay nada esencial en el artefacto jurídico-político que hoy nos acoge como nación, como pone de manifiesto el que hayamos tenido otros (inciso: uno piensa –qué le vamos a hacer, también- que los españoles preexistíamos a España como estado moderno y seguiríamos existiendo tras su desaparición), y que se legitima por su utilidad y mayoritaria aceptación. Carece de sentido que, como es mi caso, se tenga por estupefaciente la invocación de cualesquiera “derechos históricos” de no sé qué “pueblos” como sustento de cualquier argumentación política que se pretenda racional y, al tiempo, sostener sin rubor que  existen instituciones trascendentes, intangibles y que deben ser conservadas tal como los muertos nos las legaron (nuevo inciso: esto de la lógica, según se ve, constriñe mucho, porque impide sostener al tiempo una cosa y su contraria, de ahí que los políticos la rehúyan sistemáticamente).

Dicho lo anterior, tampoco creo que exista razón sensata, a fecha de hoy, por la que los españoles debieran plantearse dar por amortizado nuestro perfectible aparato estatal. Con todos sus problemas y disfuncionalidades, que son muchos, creo que nunca ha funcionado mejor. Es posible que los “pueblos” no hallen acomodo en su estructura y vean coartado su desarrollo nacional, pero no me parece que los integrantes de esos pueblos tuvieran mejores perspectivas en otros entornos. Pero esto, claro, es lo que se trata de dilucidar, para algunos.

Y lo oportuno es discutirlo.

La táctica seguida hasta ahora para tratar con la cuestión del nacionalismo periférico ha sido netamente transaccional. A cambio de la renuncia a un programa de máximos –el natural en todo nacionalismo que se precie, el que conduce a la reclamación de un estado propio (nuevo inciso: recuérdese que, para un nacionalista, un estado no es una organización al servicio de unos ciudadanos sino la expresión jurídico-política de una nación o “pueblo”)- se adapta la estructura interna del propio estado, su forma, condicionándola hasta extremos notables. A la vista está que la pretendida solución no ha sido tal. Como era previsible por su propia naturaleza, cualquier transacción con el nacionalista tiene validez temporal, es la ganancia del aquí y el ahora, siempre sometida a la condición de perpetuum mobile que reviste el nacionalismo como ideología.

Pero es que, además, en las propias tensiones del planteamiento transaccional, el nacionalismo encuentra una fuente inagotable de alimento retórico y una dinámica altamente beneficiosa, puesto que permite no tener que probar nunca de verdad las propias fuerzas. Puesto que nos negamos a la discusión de la mayor, que no es otra que la posibilidad de la independencia, aceptamos la presunción de que el resultado de ese debate nos sería adverso, esto es, se puede dar por sentado que tememos ese resultado o que lo aceptamos como probable. Lo que no deja de ser curioso, toda vez que las estadísticas apuntan a todo lo contrario. Al menos, por ahora.

La dinámica transaccional es, por otra parte, imposible de mantener sine die, toda vez que el límite en la deconstrucción posible de un estado viene dado por las fronteras de su propia funcionalidad. Un estado no puede hacerse nunca cómodo del todo a quienes están incómodos por su propia existencia. Es un empeño imposible y un punto absurdo. Donde no hay transacción posible deberá, por tanto, haber confrontación –no violenta, por supuesto-, y ello exige un marco para medir las fuerzas de cada cual, sin que una parte tenga el derecho a elegir los tiempos y las maneras. A partir de aquí, la cuestión pasa a ser de otro orden. De tipo técnico, si se quiere. El Tribunal Supremo del Canadá ya dio unas pautas muy sensatas para evaluar con garantías la conveniencia de adoptar una decisión tan grave como la secesión de parte de un territorio, en aquel caso Québec. Pautas sensatas son también las que ofrece Ruiz Soroa.

Hay que determinar qué se pregunta y a quién se pregunta. Y la experiencia enseña, por cierto, que un buen paso para ganar un referendo es convocarlo. Es posible, es probable que sean los propios nacionalistas quienes terminen, arrastrados por sus propios discursos, apelando al “pueblo”. Pero será al pueblo que ellos entiendan tal, para preguntar sabe Dios qué, casi con seguridad algo poco claro, no comprometedor del todo y con escape por la puerta de atrás. Estamos en la fase del “derecho a”. Como es muy arriesgado preguntar si alguien quiere algo, siempre se puede preguntar si quiere el derecho a tenerlo, que no es lo mismo (último inciso: creo recordar que había un personaje masculino en La Vida de Brian que quería quedarse embarazado -por cierto, los Monty Python se mofan, precisamente, de un grupúsculo de corte nacionalista, “resistente” a los romanos-; cuando los demás le están tratando de tonto, alguien, demostrando su genio político, arguye que, en efecto, no puede quedarse embarazado, pero el derecho sí lo puede tener). Habrá, seguro, nueva trampa que permita dar más cuerda a la cometa.

Y no hay cosa más tonta que dejar campo y tiempo, en esta partida de ajedrez que ya dura demasiado.

lunes, 4 de junio de 2012

La facultad de admirar

Ayer dieron por televisión (en la 2, claro, dónde si no) un breve documental homenaje a Miguel Delibes. No sé muy bien por qué, porque no me consta que ni ayer mismo ni esta semana cumpla aniversario o efeméride alguna relacionada con su persona o con su obra. Bien está, en todo caso.

Una buena parte del documental estaba compuesta de extractos de entrevistas al propio Delibes. El televidente accede así a un sencillo privilegio: escucharle, oírle hablar. Oír hablar a Delibes resultaba casi tan delicioso como leerle. Un escritor tenido siempre por accesible, por poco afectado, por nada impostado. Un escritor fácil. Su verbo fluía, es verdad, igual que su palabra escrita. Sin dificultades pero, al tiempo, con una precisión asombrosa.  Recuerdo que, en uno de los extractos, relataba su entrevista con cierto cazador de ratas que inspiró, precisamente, su novela Las Ratas. Como si tal cosa, ofrecía de viva voz una descripción absolutamente quirúrgica de personaje y entorno. Dándole a cada cosa, a cada accidente y cada planta su castellano nombre. ¿Cómo es posible -pensaba para mí- tener tal acervo a mano? ¿Nunca se atropella, nunca le falta la palabra exacta, el vocablo preciso, ese poder decir lo que se quiere y no otra cosa? Eso –seguía pensando- es dominar una lengua. Y aparentemente sin esfuerzo alguno.

Dicen los estudiosos que en la obra de Delibes, que no está escrita en español sino en castellano, se documenta un millar largo de términos patrimoniales de la Castilla rural, en desuso, en las ciudades porque no existen las realidades que nombran y en los pueblos porque no hay habitantes que los pronuncien. “Sencillez”, lo llaman.

En otro orden de cosas, pasmo ante el prodigio lingüístico aparte, el hombre admirable que, a mi juicio y creo que al de tantos, era Delibes, los valores que transpiraba, su condición de gigante que es capaz de no renunciar a sus orígenes, su capacidad de transmitir paz y calma, me llevaron, cómo no, a la noción de excelencia y sus virtudes ciudadanas. Los hombres como Delibes son de una categoría superior y, reconociéndolo, nos permiten elevarnos. Tiran de todos nosotros hacia arriba. Pero, para lograrlo, hemos de superar otra de nuestras taras contemporáneas: la atrofia de la facultad de admirar.

Admirar lleva a imitar y, si se admira lo bueno, se imitará lo bueno. Pero ello implica partir de la posibilidad de que exista gente auténticamente admirable. Y, volvemos a lo de siempre, ello implica la capacidad de reconocer los verdaderos valores. Una sociedad vale, qué duda cabe, lo que valen sus héroes y sus iconos. La virtud cívica anida allí donde existe una verdadera aristocracia del mérito, allí donde el magisterio de los admirables por buenos motivos es reconocido y esos admirables son decididamente imitados.

Miguel Delibes pertenecía por derecho propio, creo yo –y creo que creía casi todo el mundo- a esa categoría de las gentes admirables. No solo por su descollante talento (Picasso era muy talentoso y tengo mis dudas de que se pudiera admirar en él más que su apabullante genio pictórico) sino por esas virtudes que acrisolaba y que hoy nos hacen tanta falta. Contención, calma, apego por lo sencillo, austeridad, compromiso, honestidad personal e intelectual… Un elenco que forma, para algunos, el compendio tradicional de las virtudes castellanas –en grado de excelencia, todo hay que decirlo- y hoy son el negativo de esta España aperreada, cutre, bajuna, de inmediateces y corto vuelo. Esta España de lenguajes obtusos en las que las palabras parecen no querer nunca ser sino vacuas, no denotar nada, carecer de significados precisos.

Esta España que, como dijo un buen amigo y he repetido en otras ocasiones, solemniza lo obvio y banaliza lo importante.


sábado, 2 de junio de 2012

En torno a la cultura

Lo último de Mario Vargas Llosa  en librerías es un ensayito intitulado La Civilización del Espectáculo. Se trata de una reflexión o, por mejor decir, una colección de ellas, en torno a la idea básica de la degradación de lo que antaño llamábamos cultura y su fagocitación por el simple entretenimiento. El libro contiene también algunos textos publicados en forma de artículos de prensa que, como antecedentes a los diversos capítulos evidencian que algunos de los temas tratados –la religión, el sexo, la propia noción de cultura y, claro, la literatura en general- han venido ocupando al nobel desde hace ya muchos años e incluso son centrales en su obra, tanto la de no ficción como la novelística.

Cada libro de Vargas Llosa es un regalo y este, como todos, se disfruta, si bien he de decir que, a mi modesto entender y salvo en algunos pasajes como el que dedica a la pérdida del erotismo, no creo que el autor vuele a su mayor altura. Aunque don Mario es hombre de vasta cultura y escritor extremadamente pulcro y profesional, creo que el trabajo anda algo falto de profundidad.

Tampoco es que la tesis central del libro me parezca polémica, por evidente, ni Vargas Llosa es extremadamente original en su formulación: la cultura, tal como se vino entendiendo hasta hace una generación, ha sufrido desde mediados del siglo veinte un proceso de degradación paulatino, siendo sustituida progresivamente por lo que, al cabo, viene a ser una colección de productos light sin otro objetivo que el de entretener, epatar o, en todo caso, ser consumidos sin mayor esfuerzo. Vaya por delante que, en lo que denominamos “entretenimiento” –esto no sé si lo dice el autor exactamente, pero creo que no le traiciono si lo afirmo- hay, claro, niveles y calidades. Como sí dice Mario Vargas Llosa, Woody Allen puede ser a Orson Welles lo que Dario Fo a Ibsen, pero hay cosas peores, ciertamente. Desde otro punto de vista, el proceso tiene su traducción en la pérdida de influencia y aun la desaparición del “intelectual”, de la “gente de cultura” en sentido propio y su sustitución, en la formación de opinión, por otros personajes que, curioso, también se autodenominan “gente de cultura” o, incluso, de modo aún más pomposo, “creadores”. En fin, los intelectuales de cierta época tuvieron una enorme y muy directa responsabilidad en todo ello, y esto también queda patente en las páginas de La Civilización del Espectáculo.

Pero no quiero hacer una reseña del libro de Vargas Llosa, porque lo suyo es recomendar su lectura –es muy breve, además- y, por otra parte, reseñas ya hay y muy buenas. Sí me quedo con dos elementos de sus tesis, insinuados al menos.

El primero es de orden conceptual. Don Mario lo aborda brevemente en las primeras páginas del libro: la propia noción de “cultura”. “Cultura” es término polisémico o ha devenido tal. A lo largo del libro, y tal como expone, Vargas Llosa emplea el término en el que era su sentido más común: la cultura de una sociedad es un conjunto muy amplio de conceptos, valores y obras adscribibles a los campos del pensamiento, las humanidades y el arte; así, no incluiría productos que, desde otras perspectivas, son, por supuesto, “culturales”, como las ciencias o las técnicas (habría que matizar que, si bien es posible inscribir estas cuestiones en ámbitos ajenos a los de la cultura en un sentido estricto, no se puede ser culto ignorándolos, pero calificativo y sustantivo no se solapan –y sobre esto vuelvo abajo-). En el estado actual de las cosas, sin embargo, parece ganar fuerza una noción de “cultura” que, a veces, sí, se diría próximo al empleado en antropología (ya se sabe que, para los antropólogos, “cultura” se opone  sencillamente a “naturaleza”; todo lo que en los seres humanos no es natural –casi todo lo que nos hace propiamente humanos, la verdad- es cultural) y del que resulta que casi cualquier producto del magín o la voluntad del personal, con independencia de sus valores estéticos o de cualquier otro tipo, es cultura. Y es que, si hemos de aceptar que Willy Toledo y fauna afín son representantes del “mundo de la cultura”, algún desplazamiento semántico ha debido producirse, seguro, e importante.

La segunda de las cuestiones que sí me interesa comentar –ésta solo apuntada por Vargas Llosa- es la de los técnicos y la cultura. Estamos, sin duda, en la era del técnico. La técnica, y la ciencia, han adquirido un desarrollo sin precedentes al tiempo que, conforme a la tesis central de la obra que comento –y, que, insisto, me parece incontrovertible- la cultura va siendo sustituida por productos de ocio. ¿No es esto extremadamente arriesgado? Ya lo he comentado otras veces: mi propia generación descuella en formación técnica en las más diversas materias, pero somos menos cultos que los que nos precedieron. No quiero ser falaz en la comparación. Soy consciente de que, si bien muchos de nosotros hemos podido acceder a estudios superiores y disfrutado de medios para proveernos el necesario conocimiento, “los que nos precedieron” fueron una minoría. Pero vale la comparación dentro de cada clase. Un ingeniero o un jurista contemporáneos pueden tener una formación técnica muy superior a la de sus homólogos de hace cincuenta años, pero será difícil encontrar quienes dispongan de una formación humanística semejante. Y eso es, creo, un grave problema, porque nada hay más aterrador –y solo hay que remitirse a las pruebas- que una técnica emancipada de toda clase de frenos en forma de valores y sensibilidades. La idea de un notario o un médico con una cultura de video juego me resulta tan creíble como incómoda, la verdad. Ortega ya nos avisó de que, en mitad del progreso técnico y material, casi sin darnos cuenta, el mundo se iba llenando de gentes sin conocimiento sobre los rudimentos de instituciones tan esenciales como la misma democracia. También lo ha glosado, por ejemplo, Sartori: muchos de los pretendidos debates sobre la calidad  de nuestra sociedad democrática, tan familiar ella, antes que crítica justificada o ansia de mejora, lo que ponen de manifiesto es una paladina ignorancia de qué es una democracia, cómo funciona y cuáles son las alternativas reales. Y esto, claro, es solo un ejemplo.

Es manido, y está impregnado de verdad, el argumento de que no es posible saberlo todo. El hombre del Renacimiento fue un mito, creo, incluso en el propio Renacimiento. No se puede, cabalmente, exigir hoy a nadie que sea experto en más de una disciplina. Y es también verdad que la cultura no se mide por la cantidad de conocimientos de la que uno dispone. Por mucho que se sepa, por mucho que se haya leído, siempre será mucho más lo que se ignora. No es, pues, realista, pretender que haya gente que sepa mucho de muchas cosas, especialmente si esa gente, por mor del desarrollo, está obligada a saber ya mucho de una, teniendo solo una vida. Sí creo, empero, que es lícita, buena y recomendable la pretensión de los viejos educadores: creo que sí debe ser posible ser culto.

Culta, a mi juicio, es una persona que es capaz de desenvolverse con cierta soltura en su tiempo, que está en condición de ejercer con solvencia su capacidad de crítica, que dispone de un espíritu formado y sensible. Y para ello serán imprescindibles, sí, conocimientos en sentido amplio. No es posible ni siquiera intentar comprender el mundo contemporáneo –leerlo, escudriñarlo- en la carencia de unas nociones mínimas de múltiples disciplinas y no será posible hacerse una cabal idea de lo que es la condición humana si no se ha podido acceder a algunas de las grandes obras de la creación artística. Pero es, quizá, incluso más importante ser consciente de que todo eso existe. Es un primer paso necesario. Y no tengo la seguridad de que sea el caso, en general. ¿Aprovecha saber que existen un Pedro y una Natacha en Guerra y Paz, y el cuadro que Tolstoi nos hace de la sociedad rusa de aquel tiempo, aunque no se haya leído? Verdaderamente, ¿hay alguna diferencia entre saber que hubo un tal K. que pasó por un Proceso y no saberlo? Me barrunto que Umberto Eco diría que sí. Nuestra enciclopedia particular está compuesta por todo aquello que conocemos de modo directo y lo que conocemos de oídas. Y disponer de un universo referencial mínimo es extremadamente importante, creo.


jueves, 31 de mayo de 2012

Una comisión de investigación

Andamos a vueltas con la creación de una comisión parlamentaria de investigación sobre el “caso Bankia”. Parece que el PSOE, que inicialmente estaba por darle gusto al PP en la negativa –supongo que ambos creen tener algo que perder, y no hay cosa que una más- aboga ahora por ello. Es lo que exige la estética, claro. En condiciones normales, la creación de una comisión de investigación en las Cortes sería un imperativo ineludible, fuente de tranquilidad para la ciudadanía y, supongo, de honda preocupación para quienes sospechen que pueden ser aireadas sus vergüenzas.

Sin embargo, dada la trayectoria de las comisiones de investigación en los múltiples parlamentos patrios, lo lógico es sentirse escéptico, cuando no sospechar, directamente, que la comisión no servirá para investigar sino para escenificar que se investiga, sin interés real en aclarar absolutamente nada o más bien todo lo contrario. Y, por supuesto, quienes tengan algo que temer pueden estar de lo más tranquilos.Y es que las comisiones parlamentarias, todas, no son más que proyecciones del pleno de la cámara y, por tanto, trasladan la dialéctica mayoría-minoría que, a su vez, traduce el perenne enfrentamiento entre partidos. Se convierten, por tanto, en arena política, no tanto con ánimo de identificar responsabilidades como con intención de endosárselas al otro.

¿Mejoraría la calidad de los resultados si la composición de la comisión se atuviera a otro criterio? ¿Si obtuvieran más representación los partidos minoritarios, por ejemplo? Es posible que sí, pero no es seguro. Y ello porque, con toda probabilidad, la falta de utilidad aparente de las comisiones parlamentarias en España no tiene que ver con criterios técnicos de composición u organización, sino con la calidad general del debate público en nuestro país.

Me remito de nuevo a la lectura que recomendaba hace unos días de Aurelio Arteta (Tantos Tontos Tópicos) para denunciar lo que me parece la verdadera enfermedad del discurso público: la renuncia plena y de antemano a cualquier búsqueda de la verdad, al sano ejercicio de la razón práctica. La degradación del debate a mero intercambio de opiniones y juicios que no se ponderan sino al peso. No existe verdadera dialéctica porque no se busca una síntesis. No existe pretensión alguna de descubrir nada. Es cierto –Arteta y otros autores lo dicen- que la “verdad” en su dimensión práctica –la verdad política, la verdad moral- no es lo mismo que la verdad en su dimensión teórica, pero eso no implica que se renuncie de antemano a juzgar y, en suma, a conocer.

También en el plano teórico adolecemos de importantes carencias. Las palabras son eso, solo palabras. Nunca parecen soportar conceptos. Queremos una comisión “de investigación”. ¿Y cuál es su fin? ¿Qué se “investiga”? ¿Qué se busca?

En suma, ¿verdaderamente queremos que el debate conduzca a algo? Y, pues, ¿qué es ese algo? Sospecho que esa comisión de investigación, si llega a formarse, se empantanará en ejercicios puramente retóricos, sin virtualidad práctica alguna.

Entiéndaseme bien. En absoluto estoy en contra de que el caso Bankia se investigue. Muy al contrario, soy enteramente partidario –y así lo he reclamado en tribunas mucho más públicas que ésta- de que en España podamos disponer algún día de un análisis exhaustivo de los acontecimientos que conforman la “crisis financiera” y su gestión. Pero han de darse dos condiciones que difícilmente se cumplirán. La primera es que ese análisis se lleve a cabo por personas –no muchas- que cuenten al tiempo con prestigio, independencia y competencia. No dudo que esas personas existan, pero tengo claro que será, precisamente, la concurrencia de esas condiciones la que hará poco probable que les llegue el encargo. La segunda es metodológica: el mandato y el proceso deben venir presididos por un ánimo constructivo y encaminados no tanto a juzgar el pasado –eso será imprescindible, pero instrumental- como a prevenir catástrofes como la que nos está ocurriendo. ¿El resultado? Debería ser un documento en dos partes, explicaciones y propuestas. Propuestas que, luego, puedan orientar la labor de quienes tienen competencia y legitimidad para modificar las leyes. Así se hacen las cosas en un lugar civilizado, en el que la democracia se entienda en un sentido pleno. La democracia es un régimen político que se pretende racional. No existe democracia verdadera en ausencia de debate público informado e intelectualmente decente; las políticas públicas democráticas lo son, también, porque son racionales, porque son sensatas, porque vienen inspiradas por una verdadera búsqueda de lo verdadero y de lo valioso, porque están argumentadas; en suma, porque vienen soportadas en un continuo y honesto ejercicio de la razón práctica, como exige la condición ciudadana y aun, en ciertas concepciones, la condición humana.

Nuestro sector financiero ha naufragado en la peor crisis de su historia –Bankia puede ser un epítome, pero solo eso-. Estamos hablando de un verdadero cataclismo, con un coste descomunal para la economía española. Quizá, tras analizar la cuestión con la debida profundidad y seriedad podamos llegar a  concluir que estamos ante actos de Dios, inevitables y no susceptibles de prevención. A nosotros no se nos ocurre nada que mejorar ni nada que corregir y, por tanto, no nos queda sino seguir ovejunamente las instrucciones que n os lleguen de fuera, y sin mucha convicción. Pero sospecho que estamos más bien ante actos de los hombres, ante errores muy humanos, no sé de quién pero muy humanos y, por tanto, prevenibles de cara al futuro. No es decente ni, desde luego, propio de una verdadera democracia el negarse a hacer una indagación.

Pero se trata de un debate demasiado complejo como para abordarlo sin unos mínimos de honestidad intelectual que no existen por estos pagos. De nuestro parlamento, parece, no podemos esperar más que una colección de obviedades.

sábado, 26 de mayo de 2012

¿Mejor no jugar el partido?

Acabo de terminar un delicioso librito de Aurelio Arteta, que va ya por su tercera edición, titulado Tantos Tontos Tópicos. El filósofo toma un par de docenas largas de esas frases hechas que parecen contener tanta sabiduría popular y se despacha a gusto. Desde un “mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero” a un “todas las opiniones son respetables” pasando por un “nadie es más que nadie”, Arteta nos pone de manifiesto cómo estas perlas, las más veces, esconden altas dosis de estupidez condensada. A menudo, o casi siempre, como muletillas que son, se trata de cómodas excusas para eludir el ejercicio de la razón práctica, opiniones ya acuñadas y listas para consumo que ahorran el fatigoso trabajo de pensar y juzgar por nosotros mismos. En el peor de los casos, y en según qué contextos, el recurso a estas grajeas de pseudopensamiento puede erigirse en una fuente de envilecimiento de la moral pública y, desde luego, en una herramienta excelente para quienes ningún interés tienen en que se instale entre nosotros una ciudadanía crítica.

Algunos de los tópicos que más fustiga Arteta, creo que asistido de razón, son los que tienen que ver, en sentido amplio, con una noción desviada de tolerancia: a saber, no con la tolerancia como virtud y valor imprescindible en una democracia sino con la tolerancia como archivalor o valor único, como manifestación de la renuncia a la facultad de juzgar, asociada a una –a veces boba, a veces claramente interesada- aparente incapacidad para valorar conductas, para distinguir las aceptables de las manifiestamente dañinas para la convivencia.

Viene todo esto a cuento de los recientes, y esperados, sucesos de la final de la Copa del Rey y la exhibición, por parte de algunos aficionados de los equipos contendientes, de una conducta ofensiva y muy irrespetuosa para con algunos de los símbolos nacionales: el himno de España y la persona del Príncipe de Asturias que, obviamente, acudía en representación del Rey y no porque le guste el fútbol, o no solo porque le guste. Los hinchas de marras se metieron también muy groseramente con la presidenta de la Comunidad de Madrid, cosa reprobable, por supuesto, pero creo que en otro plano (inciso: la Sra. Aguirre terció en polémicas, con una opinión poco afortunada, lo que desde luego no la hace acreedora a ofensa alguna; pero no ejerce, a este respecto, función simbólica alguna, a Aguirre se le falta al respeto por lo que dice, al príncipe Felipe por lo que es).

Al caso: los dimes y diretes en torno al asunto ponen de manifiesto, una vez más, la enorme dificultad que por estos pagos parecemos tener para encontrar el tono apropiado. La dificultad para deslindar lo tolerable de lo intolerable. Hoy mismo, el diario El Mundo editorializaba sobre el asunto y venía a decir que, en este plan, mejor que el partido no contara con la presencia del Rey o del Príncipe de Asturias o que no se interpretara el himno nacional. Esta solución viene a ser algo así como la receta de los ayuntamientos vascos para afrontar la “problemática” generada por la ley de banderas. Como la visión de la enseña nacional causa “malestar” y es percibida como una “provocación” por ciertos segmentos de la población –caracterizados por una marcada sensibilidad- y su no exhibición es, claro está, ilícita, lo mejor es que no haya ninguna bandera. Así, los ayuntamientos vascos, hasta fecha reciente, se han caracterizado siempre por estar huérfanos de banderas, salvo el día del patrón, que es cuando se lía.

Sencillamente, la afrenta a los símbolos nacionales españoles –o a cualesquiera otros- no es tolerable en ningún caso y en absoluto puede entenderse como una muestra de ejercicio de la libertad de expresión. Y la solución para dirimir el conflicto no es, evidentemente, la abstención en el uso y exhibición de esos símbolos. Puesto que a nadie se le obliga a hacer manifestación alguna de adhesión, la solución no es otra que el que las hinchadas de marras se callen la boca o manifiesten su descontento de modo que otros puedan encontrar no ofensivo. Y la transgresión del deber de respeto no debería obviarse, sino ser repudiada e incluso castigada como proceda. Eso es lo que reclaman las reglas elementales de convivencia.

Por supuesto, poco se puede hacer ya de sensato cuando llegamos a estos extremos y en contextos, con perdón, tan banales como un partido de fútbol. ¿Qué reacción cabe ante lo de ayer sino aguantar estoicamente? La única solución es, claro, que jueguen la final equipos con hinchadas más respetuosas, pero eso dependerá del desempeño deportivo de cada cual. Cualquier otra respuesta puede ser una enormidad y una desproporción. La cosa, en realidad, no es grave sino como manifestación de algo y ese algo no es otra cosa que la patente de corso que, entre nosotros, han ganado ciertas ideologías y actitudes. El cuerpo político español está envenenado por todas esas frases hechas y así nos va.

¿Por qué seguimos empeñándonos en hacer como que el nacionalismo vasco, por ejemplo, es una ideología “normal”? –Y no, no hay pregunta equivalente para el catalán, aunque tambien tenga lo suyo, porque la distancia cualitativa sigue siendo enorme-. O que es normal “en ausencia de violencia”. Con violencia o sin ella (en realidad, incluso sin las formas más extremas de violencia, porque la violencia, nacionalismo presente, raramente desaparece del todo) hay ideas que son difícilmente compatibles con una convivencia democrática ordenada. Algunas de esas ideas deben, por supuesto, ser denunciadas o, al menos, no puestas en pie de igualdad con otras más respetables, cuando no tratadas con un plus de cuidado, no vaya a ser que esta gente, que es hipersensible, ya digo, se moleste. Como bien dice Arteta, ya no es cuestión de cómo se expresen las ideas -que también- sino de las ideas mismas, que pueden estar en abierta contradicción con lo que, se supone, son los pilares de nuestra convivencia. ¿Podemos asistir pasivamente, o incluso aplaudiendo, a cómo un ciudadano es degradado a integrante de un "pueblo"? Parece que sí. Igual que tenemos que aceptar los discursos fundados en esos esotéricos "derechos históricos" y en realidades prepolíticas; discursos que, cuando quien los sostiene no es nacionalista, no hay problema en motejar de "superados", en el mejor de los casos. Que yo sepa, casi todo el mundo con la cabeza sobre los hombros distingue la teología de la filosofía, y por eso mismo no suelen colar los agumentos teológicos en discusiones filosóficas. Una confusión semejante, sin embargo, es perfectamente habitual cuando de nacionalismo se trata: el nacionalista participa en el debate político de la democracia liberal -de la democracia racional- y lo trufa sin empacho de argumentos de base cuasiteológica o, al menos, ajenos por completo a fundamentación racional alguna. No está constreñido, parece, por las reglas que deberían informar el discurso. Y los demás, parece también, han de aceptar este juego sin protestar.

El nacionalismo, por supuesto, no se refrena a la hora de pretender convertir cualquier manifestación cultural, incluidas las deportivas, en un cauce de expresión del “pueblo”. Por eso no juegan finales, sino que mandan sus ejércitos en pantalón corto a vengar agravios, reales o imaginarios. En el caso del Athletic de Bilbao la identificación es fácil porque los chicos son siempre de la tierra –esa característica tan “simpática” a la que yo le encuentro, personalmente, un puntito racista bastante desagradable-; en el del Barcelona se requiere algún que otro salto mental, ciertamente. Pero esa es la idea, en suma. Tras la falta de educación hay, pues, todo un aparato intelectual -llamémoslo así- del que aquella es una manifestación, bien es cierto que de las menos peligrosas. Silban y ofenden por la misma razón que lo hacen todo, porque les da la gana y porque nadie, jamás, les ha enfrentado nunca abiertamente con su propia estupidez, con lo absurdo, antihistórico e irracional de ese conglomerado informe de creencias, emotividades y medias ideas que pretende pasar por una visión del mundo intelectualmente digna... porque nadie se atreve, parece, a decir lo contrario.

Y enfrente, como siempre, la confusión más absoluta. ¿Seremos menos demócratas y tolerantes si no consentimos esto que, a todas luces, está fuera de lugar? Esto que dice esta gente, además de absurdo, me suena peligroso, ¿deberé tolerarlo puesto que “todas las ideas son respetables”?

La solución, desde luego, no es que el partido se juegue a puerta cerrada. Para eso, es mejor que no haya partido. Si es que hay partido, que no estoy seguro.

viernes, 25 de mayo de 2012

Imágenes de Estambul

Hay imágenes de ciudades que son tópicas, vistas mil veces en vivo o en fotografía. Bellas, pero ya no se encuentran palabras para glosar esa hermosura porque todas parecen haber sido usadas. Son de postal. Manhattan sur visto desde Brooklyn, por ejemplo. O Whitehall desde Trafalgar Square un atardecer. O Roma desde el Gianicolo.

Estambul ofrece varias de esas vistas. Orhan Pamuk, el premio nobel estambulí, recomienda al visitante que su primera parada, nada más bajar del avión, sea en el puente de Gálata. El lugar, según él, en el que mejor se siente Estambul. No sé si el mundo tiene un centro y si ese centro ha estado siempre en el mismo sitio, pero apostaría a que, de existir, está en la vieja Constantinopla y, dentro de ella, en ese dichoso puente que une las dos orillas del Cuerno de Oro, cerca de donde se abre al Bósforo. Desde allí se pueden ver Tracia y Anatolia, Europa y Asia. Y todos los estambules; la ciudad de Constantino y todas las aledañas que, con el tiempo, han terminado por formar esa formidable megalópolis que parece no tener fin.

En sí, ya se sabe, el puente enlaza Constantinopla, la orilla sur del Cuerno, con Pera o Gálata, la colonia genovesa del lado norte que hoy es el corazón del Estambul moderno. Hoy son dos barrios de una ciudad cosmopolita pero genuinamente turca. Pero sus diferencias permiten intuir el Estambul que fue. Dicen que los estambulíes –como los lisboetas- viven transidos de nostalgia de un gran pasado, habitantes de una urbe cuyo estado natural es la decadencia. En cierto sentido puede ser verdad que Constantinopla no llegará a ser nunca más que lo que fue en su hora más primera, pero hay decadencias ruinosas y decadencias extraordinarias. Al menos, la decadencia de Bizancio y sus sucesores ha dejado unos vestigios inigualables. Hay cosas igual de impresionantes en otros sitios, pero pocos lugares en los que se encuentren todas juntas.

Paseando por la calle Istiklal –caminando hacia el puente- llama mi atención una exposición de fotografías en el consulado de Grecia. Entro. Son fotografías de principios del siglo XX, tomadas por un fotógrafo griego de nación –estambulí, claro, que tan griego se podía ser naciendo en Estambul como en Atenas- al servicio del sultán. Las maravillosas imágenes ponen rostro a esa ciudad que debió encontrarse Edmondo D’Amicis. Algo que da sentido a la expresión “crisol de culturas”.

Al llegar al puente, vuelvo a acordarme de D’Amicis y su propia descripción del trasegar de gentes. Intento imaginármelo como era y no cuesta. Intento imaginar el puente de Gálata, tan lleno de humanidad como ahora, pero más abigarrado. El italiano lo describía como punto de encuentro de gentes de todos los rincones del imperio. Una fabulosa colección de tipos humanos procedentes de todas las provincias otomanas. Pienso, entonces, en el propio imperio y su gran complejidad. Y entonces, los turcos se me antojan un poco como los españoles. Un pueblo venido a menos, pero que ofreció al mundo una de las estructuras jurídico-políticas más impresionantes que han visto los siglos. Como los españoles y los romanos antes que ellos, los turcos otomanos conquistaron y sojuzgaron pueblos, pero también los administraron, mantuvieron paces precarias y apariencias de respeto en todas las fórmulas posibles de relación entre pueblos, creando para ello unos ingenios cuya sofisticación merece, por derecho propio, un lugar entre las grandes creaciones del espíritu. Creo que siento por los turcos un sentimiento de hermandad. Y una enorme simpatía por su empeño –o el empeño de algunos de ellos- de crear una nación moderna sobre las ruinas de esa creación genial. Devenir nación tras haber sido nada menos que un imperio. No es tarea fácil.

Y en estas, llegas a la mitad del puente y ya no puedes apartar la vista. A tu izquierda, la colina del Serrallo, Santa Sofía y el palacio de Topkapi –con una monumental bandera turca que, por cierto, flamea al viento, justo en el lugar en el que Bósforo y Cuerno se encuentran- a tu derecha, la orilla sur del Cuerno de Oro, jalonada de mezquitas, a cual más hermosa, y minaretes hasta donde se pierde la vista. Actividad incesante en los muelles. El sol se va ocultando y, entonces, la ciudad revienta. Desde todos los alminares, a la vez, se llama a la oración. Las voces de los muecines se superponen las unas a las otras, en un canto armónico de una belleza indescriptible. La laica Estambul parece ignorarlo, el trasiego no cesa, los barcos van y vienen bajo el puente y por el Bósforo sin pausa, los tranvías no paran de pasar, transportando de un lado a otro gentes que se apuran para llegar al muelle de Eminönü y, en fin, turistas y locales disfrutan del placer de cenar pescado al aire libre o tomar una cerveza en los mil restaurantes del propio puente de Gálata. Como una metáfora de la propia Turquía.

Yo, extranjero y descreído, nunca estoy más cerca de creer en Dios. El momento pasa. Los muecines callan y vuelvo a mi íntima convicción de que Dios no existe. Por un momento, me queda la sombra de duda. Y, si no existe, ¿es que pueden los hombres solos crear algo tan bello?

jueves, 10 de mayo de 2012

Día de Europa

Hoy es 9 de mayo. Cosa que no dice nada a casi nadie, salvo a quien cumpla años, celebre cualquier acontecimiento personal, tenga una cita importante, un examen o un vencimiento de un préstamo o tenga fiesta en su pueblo, porque digo yo que en algún pueblo será fiesta. Pero el 9 de mayo es también el día de Europa. Tal día como hoy de 1950, Robert Schuman, ministro de exteriores de Francia, flanqueado por Jean Monnet, pronunció la célebre declaración que lleva su nombre en el salón de relojes del Quai d’Orsay.

Lo que Schuman propuso ese día no fue otra cosa que la creación de la CECA, lo que se llevó a efecto el año siguiente por el Tratado de París. Poner bajo una misma autoridad (la “Alta Autoridad” vino a llamarse) las producciones de carbón y acero de Francia, Alemania y cuantos países europeos quisieran sumarse. Ésa era la propuesta. Prosaica donde las haya y, a primera vista, harto más modesta que las pretenciosas invitaciones que llegarían después a la construcción de todo tipo de entelequias –en el año 1950, Valéry Giscard d’Estaign aún no era ni siquiera diputado, todavía no se conocía lo suficiente y no se había enamorado de sí mismo, con lo que tampoco podía autopostularse como fundador de nada-. Schuman, Monnet y los demás padres fundadores acreditaron prudencia e inteligencia en una Europa que aún respiraba por las heridas de la devastación. Prosaica, la cuestión del carbón y del acero no dejaba de ser importante, toda vez que esos productos eran la médula de toda capacidad industrial –en particular, ninguna gran potencia militar del siglo XX dejó de ser al tiempo una potencia siderúrgica-, así que los próceres sabían lo que decían. Pero más aún, precisamente por lo prosaica, por lo sosa, por lo su poca incidencia en las cuestiones sentimentales, la propuesta tenía grandes posibilidades de ser aceptada. Y fue aceptada y fue un éxito. Como extensión de la idea, a la CECA siguieron el Euratom y la Comunidad Económica Europea, todo ello convergió después en la Unión.

Franceses, alemanes, italianos, belgas, luxemburgueses y neerlandeses confluyeron paradójica y tácitamente en una idea de lo más inglés: la de que la integración es un hecho que no necesita ser mencionado para existir. Europa será o no será, pero puede ser mejor no hablar de ello o, al menos, no hacerlo en términos abstractos. La historia del proyecto europeo es una historia de éxito si hablamos de las realizaciones concretas, pero deja un sabor agridulce a los amigos de las grandilocuencias. Le pese o no a Giscard, que le pesa, Europa no tiene ni puede aún, cabalmente, tener ninguna “constitución”. Es una realidad hecha a base de la figura más común de los tratados. Europa sucumbe fácilmente a los intentos de definición. Y por eso incomoda a los teóricos. ¿Un ente intergubernamental o un estado? Ni lo uno ni lo otro. Un tertium genus en el ámbito de las organizaciones internacionales. Un conocido mío dice que decir de algo que es una realidad sui generis es una forma muy elegante, en latín, de no decir absolutamente nada. De renunciar al poder explicativo de las clasificaciones.

Pero la experiencia recomienda abstenerse de los ejercicios de racionalización del proyecto europeo. La sensación de fracaso, esa misma que en estos días se detecta recurrentemente entre los comentaristas –ya casi es un tópico, la “incapacidad” crónica de Europa para casi todo, para gestionar la crisis financiera, para disponer de una política exterior común-, incluido, a veces, modestamente, el que suscribe, no deriva de las realidades, sino de las expectativas. Europa decepciona cuando se espera de ella lo que no puede dar, cuando se sustituye la Europa que es por la que debería ser, en opinión de algunos.

Europa es, de eso no cabe la menor duda. Es más, Europa era y ha sido siempre. Europa es un acervo común del que la forma vigente, la Unión Europea –y aledaños- es el último y mejor capítulo. Pero esa realidad no obedece necesariamente a un diseño institucional como el actual. Los europeos lo son, pero pueden no ser conscientes de ello, en general, y mucho menos han dado cualquier clase de valor político a esa dimensión de su identidad.

Para los teóricos, Europa puede ser un fracaso. Para los prácticos, es un enorme éxito. Schuman cumplió su objetivo último que no era otro que el de evitar por todos los medios el riesgo de una nueva guerra europea. Con ese fin, pergeñó la solución más realista: crear un entramado de intereses comunes que hiciera semejante cosa imposible, dentro de que no hay imposibles para la estupidez humana, que es infinita. El riesgo, ahora, es que los delirios teóricos terminen suponiendo retrocesos en los resultados prácticos.