jueves, 10 de octubre de 2013

Martín de Riquer y el afán de erudición


Bonito homenaje de Mario Vargas Llosa a Martín de Riquer este pasado fin de semana (véase aquí). El decano de los académicos falleció hace unos días dejando tras de sí una obra ingente. Martín de Riquer dedicó lo mejor de su vida a las literaturas romances medievales. Era sabio en castellano y catalán, pero también en francés o provenzal. Ninguna voz de la romanía le era ajena. Al caso, Vargas Llosa, en cumplido a Riquer, le califica de “erudito” y lo incorpora a la nómina de los Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Borges, Ortega y demás. Ciertamente, si alguien puede ser llamado “erudito”, ése era Martín de Riquer. Un hombre que sabía mucho de muchas cosas. Ser erudito, en sí, ser instruido, no puede ser mala cosa. El calificativo es elogioso, a primera vista, y, sin embargo el propio Vargas Llosa se siente obligado a matizar que lo usa en tal sentido, que Martín de Riquer no era un acumulador de saberes inconexos, sino un verdadero sabio. No tenía solo información, sino conocimiento. La cautela viene a cuento porque la erudición tiene muy mala prensa en estos tiempos en los que hay pocos eruditos y la especie tiene toda la pinta de estar en vías de extinción.

Que ser erudito, incluso limitándose a un campo concreto de materias, por ejemplo las humanísticas, es crecientemente difícil parece poco discutible. Los hombres del Renacimiento, si de verdad existieron, habitaron, en efecto, el Renacimiento, cuando el cúmulo del conocimiento humano era menos pesado. Dejémoslo en que hoy habrá que contentarse con una cultura sólida, si se puede.

Ser verdaderamente erudito es empeño difícil, pero la aspiración sí podría existir. Ahora, lo que no parece haber es afán de erudición, sino todo lo contrario. La erudición, el conocimiento enciclopédico, no parece algo valioso sino más bien al revés. La educación formal, al menos la educación formal en España no solo no parece promover un amplio espectro de conocimiento sino que hace lo posible por impedirlo. En primera instancia, por supuesto, por el principio de especialización, que tiene su manifestación más clara, en la etapa superior, en la proliferación de grados y titulaciones. Antaño, todo el saber humano se agrupaba en pocas divisiones generales, de forma que, cualquiera que fuera la especialidad de cada cual, los currículos eran en buena medida comunes entre materias consideradas afines. Hoy, ocurre lo contrario. Ciencias y letras  son ya bastante estancas entre sí –dando lugar al falso problema de las “dos culturas”-, pero lo mismo va sucediendo dentro de cada uno de los ámbitos, entre sus crecientes subdivisiones. Si a eso se añade el empobrecimiento progresivo de la secundaria que proporcionaba un sustrato común, siquiera en unos mínimos, se concluye que quien desee tener no ya conocimientos profundos sino simplemente una perspectiva razonable de lo que antes se tenía por cultura exigible tendrá que luchar contra la estructura de cursos, asignaturas y exámenes que conforman el plan educativo. Por lo visto, alguien ha decidido que tomas apuntes en la escuela, pero estudias en tu tiempo libre.

 

Pero es que, más allá de todo lo anterior, el saber cosas es, parece, tenido por inútil. Supongo que se piensa que la evidencia de que nadie sabrá jamás tanto como querría convierte el empeño en absurdo desde el principio (afortunadamente, los médicos no enfocan igual su batalla, también perdida de antemano, contra la muerte).  No hay, por tanto que saber cosas, sino tener destrezas, dicen. La tesis viene reforzada por la accesibilidad de los datos; merced a la tecnología de la información, ésta no solo es infinita, sino que está inmediatamente disponible; por tanto, el saber cosas es más inútil que nunca, porque la inutilidad alcanza incluso a esas cosas que, por instrumentales, antes era necesario conocer.

Y, sin embargo, ¿cuándo fue más patente que información y conocimiento no son iguales? Al menos en el ámbito de las ciencias humanas, nada indica que la excesiva especialización sea positiva. Ciertamente, es difícil encontrar algo de bueno –y hasta se puede encontrar de malo- en la mera acumulación de datos, pero eso no es erudición en el buen sentido. Para que pueda hablarse de erudición, los conocimientos deben estar conexos entre sí. Afán de erudición y afán de entender bien pueden ser la misma cosa. Personalmente, dudo mucho que los fenómenos sociales puedan ser entendidos sino observándolos desde diferentes perspectivas, y esas perspectivas solo pueden ocuparse desde distintos ámbitos. Uno se topa demasiado a menudo con excelsos especialistas en nada.

Ya no hay, seguro, marañones. Y es poco probable, casi seguro, que vuelva a haberlos. No es fácil que surjan nuevos Martín de Riquer. Perseguimos al conocimiento, pero éste se expande más rápido y, como en la fábula, bien puede ser que, cuanto más corramos, más nos demos cuenta de que la fracción de lo sabido es más insignificante que nunca. Pero esa aparente paradoja es el mejor recordatorio de lo inseguro de nuestro conocimiento. Solo el afán de erudición, las ganas de saber cosas, nos puede poner ante la evidencia de lo poco que sabemos. Se erige en la mejor fórmula para combatir la falsa seguridad que provee la especialización excesiva: sí, vemos cada vez más claro, pero no nos damos cuenta de que ello se debe a que estamos cada vez más cerca del objeto estudiado y, por ello, vamos perdiendo perspectiva. ¿Puede ser buena la duda? ¿Es buena la inseguridad sobre el propio conocimiento? ¿No es absurdo decir que puede merecer la pena leer miles y miles de páginas solo para tener una mejor intuición de lo que no se sabe? Solo en apariencia. Precisamente, el acúmulo de conocimiento enseña que la inseguridad es connatural al mismo, al menos cuando de conocimiento del hombre sobre el hombre se trata. La inseguridad que genera la ignorancia informada es incómoda, pero es mucho menos peligrosa que la seguridad que ofrece esa ignorancia genuina que pasa por conocimiento profundo. 

La erudición, o el afán de erudición, no sería, entonces, un lujo innecesario –como todos los lujos- sino un método imprescindible. Ser Marañón es, probablemente, imposible en estos tiempos. Querer serlo de algún modo se antoja, sin embargo, necesario.

 

 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Comprender y justificar


A propósito de la reciente película biográfica de Margaret von Trotta sobre Hannah Arendt, que actualiza la polémica desatada en su día por la publicación de Eichmann en Jerusalén, Javier Cercas escribía ayer (aquí) sobre la diferencia –bastante básica y bastante polémica- entre “comprender” y “justificar”. Un tema, por cierto, que le parece querido. Comprender, entender, no es justificar. En abstracto, la diferencia parece obvia, pero se vuelve compleja y crítica en nuestro trato cotidiano con el mal, o con aquello que nos parece serlo. A veces, incluso podemos estar emocionalmente incapacitados para distinguir planos y, por tanto, para aplicar correctamente la distinción (véase, en Cercas, la reflexión de Teodorov sobre otra de Primo Levi). Comprender, entender conlleva riesgos, por supuesto. Que comprender y justificar sean operaciones mentales distintas no quiere decir que estén inconexas. Entre la comprensión y la justificación median la empatía y sus peligros. El intelectual prevenido –Arendt, por ejemplo- es consciente de esto y sabe que no hay más remedio que correr ese riesgo: va implícito en una aproximación racional a las cosas.

Ya digo que, sin ánimo de entrar en honduras, es evidente que comprender y justificar son cosas diferentes. Comprender no solo no implica justificar sino que se puede intentar comprender aquello que, de entrara, no se encuentra justificable en absoluto. El ejemplo extremo nos lo ofrece, sin duda, el análisis del comportamiento criminal: se intenta comprender aquello que repugna, precisamente porque repugna, porque es la única forma sensata de diseñar mecanismos preventivos y no solo punitivos.

La derecha española tiene, de antiguo, un problema con estas nociones –la izquierda, por el contrario, hace tiempo que no tiene mayor problema con noción alguna, desde que decidió abolir toda suerte de rigor en sus planteamientos- y me atrevo a decir que, en tanto no lo resuelva, nunca será esa “derecha moderna” que necesitamos. Es una derecha de planteamientos esencialistas, que parece incapaz de una aproximación analítica a los problemas. Su enfoque siempre parece ser de “principios”. Nadie discute, claro, que hay que tener principios en esta vida –hasta ahí podíamos llegar- pero, por definición, los principios no deberían entrar en juego cada cuarto de hora. Si lo hacen, no son principios, son reglas. Por tomar prestada una expresión de César Molinas, nuestra derecha sigue siendo mucho más joseantoniana que orteguiana.

La aparente renuncia a distinguir los planos del debate vicia profundamente el debate mismo. La derecha española –la única derecha española realmente existente- tiene graves problemas para llevar razón. En un sistema esencialmente de formas, en el que la escenificación del diálogo es algo muy parecido al diálogo mismo, “tener” y “llevar” razón, acaban siendo expresiones incluso más sinónimas en el lenguaje corriente. En el extremo, la negativa a exponer la propia postura conforme a pautas inteligibles priva de toda relevancia a la cuestión del “fondo”.

Tómese como ejemplo más actual la cuestión de Cataluña. Sabemos, sí, que el gobierno y el partido que lo sustenta se oponen a la secesión y también sabemos que se oponen a que haya en Cataluña una consulta sobre el tema. Pero no sabemos por qué lo hacen. Más aún, tampoco sabemos qué piensan acerca de por qué existe en Cataluña un movimiento separatista creciente. Incluso aunque se sustente una genuina visión joseantoniana de España y, por tanto, se crea a pies juntillas que la unidad de España es intangible, que estamos frente a una unidad de destino en lo universal y no ante una creación humana circunstancial –como todos los demás estados de la tierra, sin excepción- que subsistirá en tanto dé encarnadura jurídico-organizativa a un proyecto colectivo interesante,  es decir, incluso aunque se piense que, en última instancia, solo puede haber una confrontación directa que resuelva un problema irresoluble por otros medios, seguiría siendo interesante indagar en las razones del adversario.

John Elliot, por ejemplo, está lejísimos de justificar el independentismo catalán y quizá más lejos aún de adscribirse a esas tesis tan de moda que parecen querer ver en España una especie de error histórico –lamentablemente para los abonados a la idea de excepcionalidad, para los románticos de uno y otro signo, parece ver, como tantos hispanistas, un país vulgar y corriente- necesitado de remedio; pero no porque se haya negado a estudiar las razones y sinrazones del catalanismo, sino precisamente porque se ha pasado su vida académica estudiándolas.

Puede pensarse que abogo porque nuestra derecha se haga menos antipática, porque dulcifique maneras. Desde luego, nada de malo vería en ello, pero me refiero a algo que va un punto más allá. Un cambio radical de aproximación a las cosas. Al final del día, en esta problemática relación entre comprender y justificar –en cómo se resuelve esa relación- estriba la diferencia entre un alma liberal y un alma conservadora (aunque el término “conservadora” quizá no le hace justicia a cierta derecha española que es, en rigor, dogmática, doctrinaria; irónicamente, a veces se acusa a la derecha patria de carecer de pedigree intelectual, cuando no es difícil identificar en ella una recurrencia en planteamientos que se remonta al siglo XIX si no antes).

lunes, 9 de septiembre de 2013

No nos han dado los juegos... Y mejor


Curioso, por las páginas físicas y digitales corren ahora ríos de sensatez. Leyendo a opinadores y expertos, casi se diría que era evidente que no podía ser, que de ningún modo Madrid podía aspirar a organizar los Juegos de 2020. Explicaciones parecidas hubo, siempre ex post, tras los fracasos de las candidaturas para 2012 y 2016. Así las cosas, uno se pregunta por qué demonios es tan difícil ver antes lo que se ve tan claro a toro pasado y por qué casi nadie, salvados cuatro locos –entre los que me cuento- la mayoría en foros informales, en Twitter sobre todo, dijo esta boca es mía. Por qué esa aterradora unanimidad, esa ausencia total de discrepancia. De hecho, uno de los avales que presentaba la candidatura de Madrid, como siempre, es el consenso búlgaro, la existencia, todo lo más, de disidencias menores, casi se diría que puestas adrede para dar a la encuesta un cierto halo de credibilidad. Cuando de una fiesta, sea del tipo que sea, se trata, en España las discrepancias están por debajo de los márgenes de error técnico de las encuestas. Siempre.

No tengo ni idea de por qué se gana y por qué se pierde en las asambleas esas del COI. Como tampoco sé por qué oscuros motivos asignan la UEFA, la FIFA y demás superestructuras deportivas sus eventos de trascendencia mundial. Me barrunto que se trata de organizar fantásticos negocios explotando vanidades. Todos los países quieren organizar juegos, especialmente aquellos cuyos políticos están en apuros. Algo hemos mejorado: antaño, cuando las cosas iban mal en Bordulia, los dirigentes bordulios solían dirigir expediciones contra Sildavia, o erigían fastuosos monumentos funerarios que quitaran el hipo a los locales y a los vecinos, previa esclavización de la población propia y ajena. Ahora, el político lanza la candidatura –siempre respaldado por el entusiasmo de su pueblo, al que estas cosas halagan- de su país o su ciudad a algún fasto; se hacen unos números incomprobables a veinte años vista, se hacen unas sumas y unas restas de agregados estadísticos y se acallan las conciencias de los pepitos grillos de turno, en el fondo también ellos atraídos por el tam-tam, por la gana de demostrar que “somos los mejores” y el ansia de tener “la atención del mundo” durante quince días.

Desde luego, uno no puede sino compadecerse ante la desilusión de tantos conciudadanos, con razón o errados, habían puesto en esta cuestión ciertas esperanzas deportivas, económicas o, más en general, vitales. Cabe preguntarse también qué será de los deportes minoritarios, esos que para vivir necesitan unos patrocinios que, por lo visto, el mismo deporte no justifica en sí, que solo se obtienen en el marco de “operaciones de estado” encaminadas a la obtención de un número mínimo de medallas que den cuenta del “extraordinario nivel”. Pero, por lo demás, yo no lo lamento.

En primer lugar, porque no creo que el espectáculo de grosería infinita, la continua ofensa a la inteligencia de nuestros dirigentes, de nuestras lamentables elites políticas, empresariales y deportivas merezca éxitos que puedan usufructuar. Se dice, por ejemplo, que es patético cómo habla inglés la alcaldesa de Madrid. Eso se hubiera solucionado recurriendo al español –salvo a Rajoy, supongo que por imposibilidad manifiesta, a nadie se le ocurrió que igual no estaba tan mal emplear la lengua de 400 millones de personas y medio COI antes de hacer el ridículo expresándose en otra como un niño de primaria-; no, lo patético fue el propio discurso, lo que dijo, no solo cómo lo dijo. No puede merecer recompensa la insistencia en tópicos gastados, en una imagen del país que es preciso esforzarse en superar.

No lo lamento porque me resulta indeseable esta importancia concedida al deporte. Como si ese descollar en lo banal pudiera compensar carencias graves en otros campos. Como si fuera igual acumular medallas olímpicas y nobeles de física. El deporte como cimiento de la identidad nacional, como único campo en el que es posible exhibir orgullo patrio. Nos tienen que conceder los juegos “porque somos una potencia deportiva”.

No lo lamento porque no creo que merezca premio la exhibición de provincianismo y acriticidad en torno a esta cuestión. Lo dicho, ni una palabra de los discrepantes, pero tampoco una reflexión acerca de qué piensan de verdad por ahí fuera. El triunfo de Tokio no ha extrañado en ningún sitio, salvo aquí, porque solo aquí llegamos a creernos que Madrid fuera la favorita. Y solo había que leer algún medio de fuera. Curioso, hacen falta cosas así para descubrir que, todavía, este sigue siendo un país ensimismado, preso de clichés de de otro tiempo. Entre los telediarios de estos días y los viejos NO-DO median solo los colores. Y, pues, ¿qué han de ver los demás sino el “país simpático” que nos empeñamos en ser? ¿En qué nos hemos concentrado todos estos años sino en ser el “país de la fiesta”? Pues eso somos, el país de la fiesta. No otra cosa. El eterno aspirante a la modernidad. El país del que, cuarenta años después –cuarenta años, se dice pronto- se sigue hablando como una “nueva democracia”, de un país “muy cambiado”. Y no es que nos tengan manía, ni mucho menos –hace tiempo que dejamos de tener entidad suficiente para eso, salvo en algún lugar del mundo con problemas parejos a los nuestros los odios son privilegios reservados a las grandes potencias-; simplemente, recogemos lo que sembramos.

Y, precisamente –y vamos a la última y más importante razón-, nada ayuda a la percepción de España como país sólido el fundar el crecimiento en continuas alharacas. En el “modelo Barcelona”. La ciudad que, para seguir en el mapa, parece necesitar cada día un festival. La alusión a los Juegos como “motor de crecimiento” apunta, una vez más, a los pilares del modelo de siempre, el modelo de la inversión pública, la infraestructura, la construcción y el trabajo precario. El que genera rápidos y volátiles ingresos fiscales y permite mantener las elefantiásicas estructuras administrativas que son marca de la casa. El modelo del trabajo sordo, el paso a paso, la contención del gasto, la iniciativa privada innovadora no parece atractivo. ¿No hay paciencia suficiente? ¿No se adapta a los valores patrios? No, sencillamente no da réditos a la velocidad que se precisa. El ritmo al que se construye un país robusto de verdad –el mejor país del mundo para vivir, que España podría serlo, por qué no- un país denso no es el del comisionista, el del buscador de rentas o el del político de corto vuelo.

Un país que distinga cultura de espectáculo, que apueste de veras por la educación, por la creatividad empresarial, por instituciones sólidas y respetadas, por la sociedad civil, por el camino largo, el mérito y la excelencia es un país mucho más aburrido y, sobre todo, que se mueve más despacio, pero con una dirección marcada. No nos han dado los juegos y yo me alegro. Hora era de que nos quedáramos a solas con nosotros mismos, para afrontar nuestros problemas sin muletas. Y a los que los quieren a toda costa, por la razón que sea: vendrán cuando otras cuestiones estén resueltas, no al contrario.

viernes, 6 de septiembre de 2013

No estamos mejor que hace un año


Hace un año, justo después de la diada, escribía esto. Hay que reconocer que Artur Mas me hizo caso en una cosa: dio la puntilla a una legislatura que, apenas nacida, quedó moribunda por alteración sustancial de sus ejes programáticos. A buen seguro, el presidente no buscaba ni cumplir conmigo, ni con otra gente que le pedía elecciones ni con su conciencia; buscaba otras cosas, una mayoría aplastante, y de todos es conocido que marró el tiro por bastante.  

La dinámica que se generó tras esas elecciones, tan debidas desde la perspectiva de los principios como inoportunas desde una perspectiva táctica ha agravado las cosas, si por “agravar”  entendemos profundizar en el desasosegante y muy oneroso curso de conflicto con el Estado. Velis nolis, sea porque esas son sus convicciones, sea porque así se lo exige su continuidad, la agenda de Mas y su gobierno ha estado completamente marcada por un despliegue efectista, una sucesión de gestos en pos de una fecha mítica, 2014 que, desde ayer, parece que ha dejado de serlo tanto. 

Sí parece que se están dispensando los eufemismos –lo cual aporta claridad, limita el espacio para las posturas ambiguas y, por eso mismo, crea tensiones en el catalanismo, que es de todo menos homogéneo (signo de salud)- y el evanescente “derecho a decidir” muta poco a poco en “independencia”. Esto, en sí, malo no es. A partir de aquí, tenemos aficionados a los fatalismos que ven la independencia de Cataluña inevitable por una cuestión generacional –cuyo efecto no debe ser despreciable, pero quizá tampoco sobrevalorada- y quienes, por el contrario, la ven imposible, quimérica, por falta de impulso colectivo real.

Esta misma mañana el diario El País, con buen criterio, decía que entre la situación presente y la independencia aún cabe una gama de grises. Cierto. Pero la duda real sigue estando donde estaba: ¿desea, realmente, Cataluña situarse en alguno de esos grises? La apelación a la independencia sugiere, desde luego, que la respuesta es no y, entonces, no habrá más solución que el conflicto: que Cataluña desee ser independiente no obliga a los demás a hacer nada por facilitarlo. El criticado inmovilismo de Rajoy estaría plenamente justificado. Si todo proyecto político realmente existente pasa por la secesión, ni tiene sentido la consulta –puesto que ya se está actuando como si hubiera sido emitida la respuesta- ni tiene sentido, desde luego, dar paso alguno para solucionar el rompecabezas. 

Vuelvo a lo que argüía hace un año. Una cosa es no desear la independencia de Cataluña –o, en general, no desear la incomodidad de Cataluña con su marco político- y otra bien distinta que se esté dispuesto a hacer lo que sea para evitarla. Para el acomodo de Cataluña en el marco estatal caben múltiples soluciones, pero hay que encontrar una que satisfaga a Cataluña y satisfaga también al resto de los españoles. Que no inviabilice el estado, para empezar.  

Los constitucionalistas “progresistas” suelen razonar como si los marcos políticos y jurídicos fueran infinitamente adaptables, siempre maleables. No creo que afirmar que eso no es cierto lo convierta a uno en un conservador retrógrado. Existen límites a lo que el resto de España puede hacer. Eso sí, si existen también límites a lo que Cataluña pueda aceptar, entonces sí que explorarlos es imperativo. 

En Barcelona no tenemos un discurso que parezca reconocer la noción de límite ni que, en general, permita entender nada más que el que se da la discusión por zanjada y en Madrid tenemos el no-discurso, la no-política, la no-reacción. Puede, claro, que ambas posturas estén impostadas. Puede, simplemente, que esta cuestión se esté tratando a la española, es decir, por cauces ajenos a la transparencia y a lo que sería propio en una democracia deliberativa madura.

Pero no, no parece que estemos mejor que hace un año.

miércoles, 28 de agosto de 2013

EGIPTO, SIRIA Y LOS LÍMITES DEL MODELO


El Oriente Próximo es y ha sido siempre, por su carácter de encrucijada, una zona de fractura, aquello a lo que los sociólogos se refieren como un “cleavage”, una cesura mal cerrada. Es tópico algo más que meramente geográfico decir que ahí convergen Oriente y Occidente –como nociones culturales, valgan lo que valgan- pero tampoco sería inexacto decir que desde ahí irradian uno y otro. En el Oriente Próximo está ahora candente –en Siria, en Egipto, puede que mañana en otros lugares,  incluso Turquía- la pregunta: ¿es preferible un autoritarismo elegido de raíz autóctona o un autoritarismo impuesto “con valores occidentales” (entrecomillo para salvar la contradicción en los términos)?

Egipto nos plantea, una vez más, la difícil elección entre una dictadura militar a nuestro gusto –es decir, una dictadura bajo cuya bota pueden llevarse pantalones cortos y bikinis en Sharm-El-Sheik- y un gobierno constitucional cuyo programa consiste, en síntesis, en acabar con toda constitución, tal como nosotros la entendemos. Un punto más allá, Siria se debate entre los estertores de un gobierno directamente criminal, incluso más criminal que la media de las dictaduras árabes, y un incierto frente revolucionario sobre cuyas inspiraciones ideológicas sabemos poco pero podemos imaginárnosla.

La pregunta anterior puede reformularse de modo más simple: ¿es posible la democracia liberal en el mundo musulmán? Y subrayo el calificativo de “musulmán” porque otras formulaciones son potencialmente erróneas. Es evidente que sí existe, y funciona, la democracia liberal en el mundo extraoccidental –con sus defectos, grados y matices, como ocurre en el propio Occidente también (se pueden poner muchas objeciones a la democracia de la India, pongamos por caso, o a la de Israel, pero tampoco son exactamente lo mismo las democracias nórdicas y las mediterráneas, o algunas de las de América del Sur)- luego ese calificativo resultaría demasiado amplio. Y, por el contrario, es demasiado estrecho el término “árabe” porque la inquietud cubre también países que son no árabes –nos inquietan el futuro de Turquía y el presente de Irán o de Paquistán, por ejemplo-. La gran duda, se quiera o no, es la compatibilidad entre democracia e Islam.

Hay quien, sospecho que con amplio fundamento, da la duda enteramente por resuelta: la respuesta es no, y por razones teológicas, además, que son las más inapelables. El Islam no conoce la noción de separación entre iglesia y estado, no reconoce ninguna “vida civil”. El Islam es sumisión a Dios, entera y por entero. El buen musulmán no puede despojarse nunca de su condición de tal y, sobre todo, no puede dejar de hacer nunca profesión de su fe, que no puede relegarse a cuestión privada. La extensión a la vida pública es inmediata: un régimen islámico es un régimen integral, en el que no caben aspectos laicos. Ciertos autores, además, nos previenen, no vaya a ser que nos llamemos a engaño: lo dicho es una característica del Islam tout court, no del Islam motejado de “radical”. Más allá, para algunos, semejante término carece de sentido, puesto que no habría un Islam “radical” por oposición a un Islam “moderado”, el Islam es el Islam, punto; después hay, ciertamente, musulmanes violentos y otros que no lo son en absoluto, pero nuestra tendencia a confundir los términos o nuestras ansias por buscar aliados potenciales nos estarían llevando a confundir al musulmán piadoso, temeroso de Dios y pacífico de condición con un entusiasta de la democracia de corte occidental. No es lo mismo. La tesis se completaría con otra advertencia: el paralelismo de Erdogan entre su vía islámica y la democracia cristiana es tramposo –de hecho, puede no ser más que un salvoconducto para lograr una compatibilidad con las propias leyes turcas que, a priori, se antojaba difícil- porque nos encontramos con una incompatibilidad a radice.

Dicen también los expertos que el Islam carece de las herramientas necesarias para su evolución. No tiene, ciertamente –al menos en el caso del Islam sunní- una clerecía, una estructura institucional y, sobre todo, carece de una teología en sentido occidental. Como nos recordaba Jon Juaristi en su día, citando al gran Benedicto XVI y su discurso de Ratisbona, olvidamos que la teología –ese “encuentro entre Atenas y Jerusalén”- es un producto tan occidental como la propia ciencia. Por supuesto que todas las religiones piensan a Dios, como todos los hombres piensan en su medio, pero así como la ciencia es pensar en el medio conforme a un método –este sí, oriundo y propio de Occidente- la teología es pensar a Dios como objeto racional, también conforme a método. Un método que va mucho más allá de la exégesis de los textos sagrados, más allá de esclarecer la verdad revelada para producir nueva verdad, algo que el Islam, por concepto, proscribe (pese a que hay nueva verdad, por supuesto, es claro que el Islam no ha permanecido inalterado durante catorce siglos).

Así las cosas, concluyen algunos –insisto en que, probablemente, con fundamento- a lo más que podemos aspirar es a un sucedáneo. No hay ni habrá nunca una democracia digna de tal nombre bajo un gobierno islámico. Tendremos, ya digo, todo lo más, autocracias benévolas. Burla burlando, llegamos a la conclusión de que los Mubarak, Ben Ali y demás nos iban como anillo al dedo. Un punto más allá y terminamos concluyendo que incluso Gadafi y Sadam no eran opciones tan malas.

O quizá no. Quizá la “vía Erdogan” –y aviso que cuanto sigue está, para algunos, trufado de ingenuidad- no sea tan tramposa. Puede que sea muy voluntarista pensar que llegue a existir una integración plena de religión y estado a la occidental, pero sí es posible, quizá, una estanqueidad comunicada, a la israelí. Me explico, en ambos casos, la esfera de la religión y la esfera de lo civil son razonablemente disjuntas, la diferencia está en el grado de acomodo. Mientras que en un caso tenemos una separación estable, en otro tenemos una separación tensa. Las iglesias cristianas occidentales no reniegan del estado, el judaísmo ortodoxo sí, pero convive con él, dentro de unas reglas, por el momento razonables. 

Ciertamente, al final del día, el debate es de naturaleza teológica, doctrinal, más que política. El cristianismo se retiró a sus cuarteles de invierno empujado por las fuerzas de la razón, sí, pero también porque contaba con las palancas doctrinales necesarias –textos sagrados e intérpretes-. El caso español es paradigmático: la separación Iglesia-Estado se produce principalmente por voluntad de la Iglesia, no del Estado. ¿Puede el Islam dar ese paso? Probablemente, la respuesta es no. Como hemos comentado, quizá falta el utillaje conceptual necesario. Pero quizá sí tiene el suficiente como para aceptar una tensa convivencia en su seno.

 El mínimo aceptable es una tolerancia de la diferencia hacia dentro y unas relaciones pacíficas hacia afuera. Eso, más el sometimiento del poder a la validación periódica de las urnas –que tanto los que creen, aunque sean abrumadora mayoría, como los que no creen tengan voz- es suficiente. Por supuesto que es un test exigente pero, ¿es imposible? La razón dice que sí, pero la intuición dice que no. A veces se nos olvida que, cuando los sultanes garantizaban, desde Estambul, un mínimo institucional suficiente, era posible el cumplimiento razonable de las dos primeras condiciones. Los problemas eran otros. La pregunta, por tanto, vuelve a ser si el Oriente Próximo –o el mundo musulmán, por extensión- puede funcionar sin un sultán. Si podemos reemplazar al sultán por un entramado institucional mínimo. Ese, con sus notas de virulencia, era el empeño de Atatürk y, por el momento, con altibajos, pasando por horas difíciles, la historia es un éxito. Se dirá, con razón, que los turcos no son árabes, pero si admitimos el principio, habrá llegado, entonces sí, el momento de discutir los problemas de los árabes, no los del Islam.

Conviene no olvidar, por otra parte, que el gran problema contemporáneo de las relaciones internacionales –que lo es- está íntimamente conectado con el problema doméstico de los límites de nuestra propia tolerancia interna. Las tensiones sociales en el Oriente Próximo son el negativo de las que se viven en las periferias de las grandes ciudades europeas. El negativo porque la minoría aquí es mayoría allí, solo por eso. El fondo del problema viene a ser el mismo: la minoría inadaptada aquí es mayoría intolerante allí. Y, una vez más, el Islam como trasfondo.

Nuestra respuesta en el plano externo tiene, pues, conexiones profundas con nuestra situación interna. Los titubeos hacia afuera son proyección de escrúpulos ideológicos y de dudas metódicas muy fundamentadas. No sabemos qué hacer en Siria o en Egipto por los mismos motivos por los que no sabemos qué hacer en nuestros barrios. Porque nuestro discurso de convivencia con la diferencia quiebra fácilmente ante una diferencia verdadera. Egipto y Siria nos ponen claramente frente a los límites de nuestro modelo, por si no queremos verlos más de cerca.

viernes, 16 de agosto de 2013

Gibraltar: un legado muy molesto


Está claro que, con Gibraltar, el principio de la geografía puede con el de la historia. Por algún motivo –por varios, en realidad- los españoles (y hay que empezar por admitir aquí una generalización: por más que el “contencioso” venga siendo una constante en nuestra política exterior, es dudoso que esté realmente entre las preocupaciones de los españoles en general) no vemos fácil aquietarnos ante esta incompletitud de “nuestra” península, no más llamativa que otras y, desde luego, por idénticas causas: los vaivenes de esa historia que, visiblemente, ha ido alejando las fronteras europeas de cualquier concepto de naturaleza. Es más, la historia europea reciente ha mostrado reiteradas veces que conformarse con sus dictados es un rasgo de sensatez. Los esencialismos en materia de fronteras no llevan, por lo común, a nada bueno.

Es posible, no obstante, que, mirada de cerca, la cuestión sí tenga algunos perfiles propios.

En primera instancia, claro, está la singularidad misma del caso. Europa es rica en rarezas y microestados, la mayoría enclavados en territorios de otros –es decir, rodeados por ellos- pero Gibraltar es el único caso de realidad pseudocolonial –es verdad que, técnicamente, no es una colonia, sino una dependencia de ultramar del Reino Unido- que queda en Europa. Ese carácter capitidisminuido, no soberano, dependiente de una metrópoli, es buena parte de su anomalía. Gibraltar mediante, parece, el Reino Unido dispone de una frontera no natural con España. Lo cierto es que, de nuevo, técnicamente, es inicierto que España y el Reino Unido compartan frontera porque, por ese estatus de dependencia de ultramar, Gibraltar no es el Reino Unido. Pero tampoco es una Andorra, pequeña pero soberana. Es más que una colonia, pero menos que un país. No es una realidad consolidada.

Estamos, pues, ante una rareza jurídica a la que, desde luego, es posible aproximarse con mentalidad exegética, partiendo del Tratado de Utrecht, viendo en qué se cumple y en qué no, y por quién. Pacta sunt servanda, desde luego, y el Tratado se mantiene –firme como una roca,  nunca mejor dicho- en vigor entre los estados signatarios o sus sucesores, como mandan los cánones. Sí, pero es que hablamos de un tratado de 1713. Ya sabemos que hay quien guarda todavía agravios de la guerra de sucesión española –en casa, sin ir más lejos- y que la letra sigue siendo la letra. Pero no sé yo si tiene excesivo sentido el pretender atenerse a la letra de un tratado en el que, para empezar, un rey dispone de un trozo de su reino como si fuera una finca, en tanto que señor de vidas y haciendas, y se lo cede a perpetuidad a otro rey. Un lenguaje anacrónico, como mínimo. Hay quien destaca que lo que se cedió no es tanto la soberanía sobre el peñón como la propiedad del mismo. El enfoque patrimonialista de la relación rey-reino entonces vigente tampoco necesitaba de otros formalismos.

Más sentido tiene, ciertamente, enfocar la cuestión desde una perspectiva política. ¿Y, pues, qué quiere España en relación con Gibraltar? ¿La soberanía? Gráficamente, ¿que vuelva a ondear la bandera en lo alto del peñón? ¿O más bien unas relaciones aceptables? ¿No es quizá lo segundo el camino más corto –o más seguro- hacia lo primero? ¿Son posibles, en primera instancia, esas buenas relaciones?  

Lo que, en estos tiempos, justifica la posición española no son tanto –que también, sí- los títulos de derecho internacional, sino la posible respuesta a una pregunta ¿es Gibraltar una realidad simbiótica y más bien parasitaria? Si nos atenemos al discurso oficial de los políticos de la Roca, se trata de lo primero: Gibraltar es un próspero enclave que exporta prosperidad a su deprimida comarca limítrofe. Habría simbiosis, por tanto, España proveería a Gibraltar de cuanto necesita desde una perspectiva material y Gibraltar contribuye a paliar las escandalosas cifras de paro del Campo que lleva su nombre. La realidad que describe la Guardia Civil es bien otra, sin embargo, y apunta más bien a un parasitismo palmario: la próspera economía del Peñón no sería tal sin un abuso continuo de las leyes españolas, sin el contrabando, sin negocios oscuros y sin dar acogida y puerto seguro a entes de dudosa reputación.

Por tanto, el problema no es de legitimidad de origen (tratado) sino de legitimidad de ejercicio (realidad parasitaria).

Hay, no obstante, una dimensión adicional de la cuestión que no es posible dejar de recordar: la psicológica. La continua disputa entre españoles y británicos fue un clásico de la Edad Moderna. Y Gibraltar es el recuerdo permanente de que ganaron ellos. No tanto por sus méritos como por nuestros defectos. Aún hoy, probablemente, lo que más nos irrita de ese empecinamiento que muestran en defender lo que consideran suyo –por el más inapelable de los derechos, que es el de conquista, en el fondo- es nuestra incapacidad para hacer lo propio. En nuestro fuero interno, cuando nos llegamos, en el colmo del absurdo, a plantear la posibilidad de un conflicto, sabemos que ellos lo aceptarían y nosotros, probablemente, no. Con toda la ventaja de nuestro lado, por la cercanía, porque son nuestras aguas, o eso decimos, llegado el caso, su armada se haría a la mar –una vez más- para defender su derecho o lo que ellos consideran tal. Con las de perder o con las de ganar, eso es lo mismo. La lectura atenta de la historia enseña que nuestros marinos nunca fueron menos pero, ¿qué decir de la decisión de quienes los mandan? Gibraltar activa nuestros complejos, por desgracia. Más que ninguna otra realidad.

Es un legado más de la historia, sí, pero un legado muy molesto.

martes, 9 de julio de 2013

Por lo menos, saber algo de algo


Luis Garicano y Jesús Fernández-Villaverde son dos economistas españoles, profesores en el extranjero, en la London School of Economics el uno y en la Universidad de Pennsylvania el otro. El domingo, en el suplemento salmón de El País, publicaron un interesantísimo artículo sobre la educación –creo que, en rigor, se referían más bien a la  educación universitaria, aunque sus argumentos son extensivos a otras etapas- en España (véase aquí). Aparte de criticar, con pleno fundamento, el toma y daca que, respecto a la educación, se traen los partidos mayoritarios y las sucesivas reformas, los autores se centran, con mérito, en el fondo: clase de religión aparte, aquí poco se debate sobre qué y cómo se enseña.

Garicano y Fernández-Villaverde se desenvuelven profesionalmente en un entorno universitario anglosajón, muy distinto al español y en el que, ciertamente, se valoran habilidades que en el estudiante español no solo no se potencian, sino que son preteridas, si no ignoradas. Mientras que un estudiante inglés o americano jamás podrá licenciarse sin haber escrito páginas y páginas de documentos propios a partir de investigaciones bibliográficas, es perfectamente posible que su homólogo en una facultad española haga toda la carrera sin abrir un solo libro, viviendo de los dichosos apuntes. Es difícil no dar la razón a los dos economistas: el sistema educativo español sirve para cualquier cosa excepto para formar espíritus críticos. Se continúa primando el estudio memorístico –caricaturizado en las “listas de ríos”- y, por tanto, el desarrollo de conocimientos sobre el de habilidades intelectuales, empezando por la más elemental de todas, que es un correcto dominio del idioma (y un idioma se domina cuando se habla, lee y escribe con solvencia, claro). Y eso, por supuesto, no es el mejor caldo de cultivo para el desarrollo científico del país o para su desarrollo, a secas.

Convengo con Garicano y Fernández-Villaverde en casi todo. Empero, creo que  caben algunos matices.

El primero es que una cosa es que la memoria no deba, quizá, ser el eje de la enseñanza y otra, bien diferente, que pueda ser simplemente dejada de lado como una potencia menor. Guste o no, es palmario que se sabe lo que se recuerda y lo que no, no. Qué hay que saber es lo discutible, por supuesto, pero también parece patente que hace falta un armazón mínimo mental en el que colgar todos los desarrollos que habrán de venir después. Las “listas de ríos”, como se suele decir con menosprecio –aparte un ejercicio, en sí, tan bueno o tan malo como cualquier otro a la hora de ejercitar algo que es ejercitable- resultan imprescindibles para muchas cosas. Y, lamentablemente, cuando se está en disposición de entender cuáles son esas cosas es ya tarde para aprender las listas. De mis tiempos de bachiller –a caballo entre la escolástica nacionalcatólica que se iba y la modernidad pedagógico socialista que no terminaba de llegar- recuerdo unos libros curiosos cuyos capítulos llevaban títulos tan rabiosamente modernos como “aspectos sociales del siglo XVIII”… cuando los destinatarios de la cosa no tenían, normalmente, mucha idea de qué pasaba en el mundo en el siglo XVIII ni eran capaces de imaginárselo porque les faltaba la más elemental secuencia de eventos cronológicos que es el marco de cualquier estudio histórico. Sin duda, es mucho más meritorio leer y entender con aprovechamiento la Crítica de la Razón Pura y la República que pretender aprenderse de memoria sus respectivos resúmenes, pero ayuda mucho, muchísimo, saber que Kant y Platón no fueron contemporáneos, por ejemplo.

 Eso que llamamos “cultura” es, desde luego, mucho más que una mera colección de nociones disjuntas. Nadie es culto, simplemente, por saber muchas cosas de muchas disciplinas, pero nadie lo es, tampoco, sin unos mínimos mimbres que permitan poner en funcionamiento eficazmente las habilidades necesarias para esa operación compleja que es comprender el mundo en el que se vive – de todas las definiciones de cultura, creo que esa es la más práctica.

Garicano y Fernández-Villaverde podrían muy válidamente objetar, no obstante –porque supongo que no negarán que es función del sistema educativo proveer esos mínimos- que estas cuestiones no obstan a su argumento principal y deben estar resueltas al acabar la secundaria.

La segunda de las cuestiones que cabe matizar es el diferente panorama que, al menos a primera vista, viven en España las distintas ciencias. Los autores que comentamos son economistas y, por tanto, científicos sociales, área en la que, me temo, nuestras universidades no descuellan. ¿Es el panorama igual en las ciencias experimentales, en el derecho, en las humanidades…? Da la sensación de que la respuesta es no. Los científicos españoles no parecen adolecer en absoluto de taras en su formación. Padecen, eso sí, los rigores presupuestarios. No investigan porque no pueden. Luego nuestra universidad sí es, aquí, capaz de formar científicos excelentes. Según tengo entendido, los españoles más citados por sus homólogos –el índice de presencia en citas es una buena medida del desarrollo científico- son los matemáticos. La formación de los ingenieros españoles es famosa por lo terrible y, ciertamente, es posible que haya mucho de sinsentido –o de corporativismo tácito- en ese tour de force que son los primeros cursos de nuestras escuelas, cuya función, se puede sospechar, no es tanto formar ingenieros como seleccionarlos. Ahora bien, al más puro estilo de las escuelas francesas de las que derivan, el método podrá tenerse por poco eficiente, pero no puede tildarse de poco eficaz: España produce ingenieros excelentes, cuya competencia está acreditada en multitud de proyectos en el extranjero. Otro buen ejemplo son nuestros profesionales sanitarios: ellos son la espina dorsal de nuestro excelente sistema de salud. Es  difícil cuestionar la formación médica, entiendo, en el país que lidera la clasificación mundial de transplantes y se realizan las intervenciones quirúrgicas más audaces.

 Muy distinto es, ciertamente, el panorama de nuestras humanidades y nuestras ciencias sociales –que es, supongo, lo que les duele a nuestros autores-. Con las debidas y honrosas excepciones, salvados endemismos, España no produce excelsos historiadores, lingüistas, juristas, politólogos o economistas. El español es lengua amparada por la licencia de ignorar en demasiados ámbitos y, sobre todo en ciencias sociales en sentido más estricto (sociología, economía, ciencia política) es muy raro que las obras de autores extranjeros citen autores españoles. Es, quizá, aquí donde más justificadas se encuentran las críticas de Garicano y Fernández-Villaverde a las carencias metodológicas.  

Pero hay más, sin duda. Como carreras “con salidas”, escasamente vocacionales, estas disciplinas se han convertido en un verdadero repositorio de estudiantes que solo quieren un título, poco importa cuál. Son, además, carreras baratas desde el punto de vista de los medios, que pueden ofrecerse en múltiples campus a la vez y, por tanto, marcos naturales para esa industria del enseñar y ser enseñado, o hacer como qué, en que ha devenido nuestra universidad. Son, además, por supuesto, ciencias del hombre y, como tales, campo abonado para las ideologías y, por extensión, para los partidismos.

Las facultades de ciencias del hombre se convierten con extrema facilidad en reflejos de las sociedades en las que abren sus puertas. Una sociedad que, como la española, glorifica la mediocridad, recela del espíritu crítico y premia las adhesiones ciegas difícilmente puede acoger centros que cumplan la función básica de estimular un debate fecundo y una conciencia activa en torno a los problemas que más preocupan a la gente: los que les atañen como seres humanos. Nuestras ciencias humanas, además, acumulan retraso. Es posible, bajo una dictadura, practicar con aprovechamiento la medicina o la ingeniería –también el derecho, algún derecho- pero no es posible hacer buena historia, una ciencia política digna de tal nombre o practicar disciplinas filosóficas. Antes o después, el espíritu crítico –que siempre hay algo- topa con barreras. Antaño no podíamos, ahora no queremos.

Tenemos, en suma, el sistema educativo que queremos tener. Cuando unos hablan de “modernizar” se refieren a que haya ordenadores en las aulas y cuando otros hablan de “excelencia” quieren decir que la religión sea evaluable. Pero nadie quiere un sistema moderno ni excelente. En este terreno, como en tantos otros, la revolución ciudadana, la llegada de la modernidad verdadera –esa que jamás nos llegó del todo- sigue pendiente. Entre tanto, quizá no esté mal saberse los ríos. Al menos, por saber algo de algo.