sábado, 6 de septiembre de 2014

LISTAS DE RÍOS


Casi un año sin darle a la tecla. Se hacía mucho… Propósitos para el nuevo curso: ser más constante.

La más curiosa de mis lecturas de verano ha sido The Revenge of Geography, de Robert Kaplan (creo que ya hay traducción española). Del libro ya se han publicado varias reseñas, elogiosas y creo que merecidas. También podría titularse “curso breve de geopolítica del hemisferio norte”, que es en lo que Kaplan se centra, soslayando África y, en buena medida, América del Sur. Interesantes, por cierto, algunas nociones como, precisamente, la descripción de América como, nítidamente, dos continentes y no uno solo. La frontera entre una y otra vendría a estar en el Orinoco.

A medida que iba leyendo y reencontrándome con nombres de accidentes, naturales o no, ríos, montañas, valles, mares, lagos, ciudades… algunos presentes y otros olvidados, no podía dejar de pensar en el manido tema de las “listas de ríos” al que ya me he referido otras veces. Las “listas de ríos” son, junto con la lista por antonomasia, la de los reyes godos, el epítome de esa educación inútil, memorística, caduca, la que nos incapacita para el progreso y soslaya las capacidades más necesarias en el mundo de hoy, por lo visto. Si hemos de creer a una de nuestras mejores cabezas, Luis Garicano (insiste mucho en ello, y con razón, en El Dilema de España, entre otros muchos escritos), sería mucho mejor invertir nuestro escaso tiempo en otras cosas. Vaya por delante que creo que generaciones y generaciones de estudiantes españoles comparten el criterio y jamás han llegado a entender por qué tuvieron que memorizar listas de nombres que olvidaban nada más salir de la escuela y que estaban, en todo caso, al alcance de cualquiera, no ya en la era de internet sino desde que se inventaron los atlas y las enciclopedias.

La obra de Kaplan viene a subrayar la importancia de la geografía, algo tan elemental como que el medio físico, sin ser determinante, es un factor esencial a  la hora de explicar por qué nuestro mundo es como es. Claro que, como decía desafiante Lawrence de Arabia (o hacían decir a Peter O’Toole), “nada está escrito” y claro que, en buena medida la historia del ser humano es, precisamente, la historia de la superación de las limitaciones impuestas por el medio, pero es absolutamente evidente no ya que hay hechos geográficos, como los climatológicos, que son impeditivos para la civilización o solo permiten existencias precarias sino que, muchas veces, detrás de eso que antaño se llamaba “el carácter de los pueblos” también hay realidades tangibles. Lo que hoy es Irak viene conociendo gobiernos despóticos desde que el mundo es mundo porque solo los gobiernos despóticos parecen capaces de mantener estructuras estables en una región que, por su propia configuración física, parece abocada al caos y la violencia permanentes. Léanse, en fin, las reflexiones de Kaplan y los autores a los que Kaplan cita sobre cómo es Rusia y cómo eso ha podido influir en cómo los rusos ven el mundo, algo de lo que, por cierto, para muestra, Ucrania ofrece un botón.

Es difícil seguir estas reflexiones si uno no tiene almacenadas en su memoria unas cuantas referencias. Puedes, sí, leer al tiempo que consultas internet o con un atlas delante, pero me reconocerán que es incómodo. Vaya por delante que pocas experiencias hay más fascinantes que la de viajar con el dedo por un atlas –salvo, quizá, la de saltar de voz en voz en una enciclopedia o en un diccionario- pero hay veces que no se puede recurrir a ello. Hay que poseer unas mínimas nociones de geografía para poder leer textos que hablen de cuestiones geográficas. Del mismo modo que se necesita disponer de una mínima idea sobre cuál es la secuencia cronológica de los eventos antes de ponerse a leer o a reflexionar sobre la historia. A menudo, las mismas personas que se muestran abiertamente contrarias a la “mera acumulación de conocimientos” parecen muy conformes con la idea de que antes de salir al campo de golf a disfrutar de ese bello deporte se debe, por lo visto, pasar mucho tiempo ensayando, hasta que el cuerpo se amolda a golpear la bola. Evidentemente, golpear una bola de golf desde un mismo lugar, en sí, es algo poco entretenido, pero todo el mundo entiende que es un paso necesario para llegar al fin buscado de jugar al golf, que es algo cualitativamente distinto, creo, de darle golpes a la bola –como jugar al fútbol es distinto de darle patadas garbosamente a un balón, aunque lo segundo sea condición necesaria para lo primero-.

Las “listas de ríos”, aparte de ser a la memoria lo que la gimnasia a los bíceps, tienen una función: contribuir a crear en el sujeto que las memoriza un universo referencial que también le es necesario a un individuo “culto”, entendiendo por tal un sujeto capaz de desenvolverse con soltura en el mundo que le rodea. La idea de que se va  la escuela, en todos sus niveles, para ser un individuo culto suena caduca. Hay, ciertamente, opiniones distintas acerca de para qué sirve un sistema educativo, especialmente en sus niveles inferiores. Pero parece que esta idea de la cultura está, para casi todos, olvidada en el desván. Por lo que leo y oigo están los que opinan que en la escuela no ha de enseñarse, en realidad, nada en absoluto y los que creen que se deben enseñar cosas, sí, pero prácticas. Convengo con estos últimos, pero no sé si estamos todos de acuerdo en qué ha de entenderse por “práctico”. Para la mayoría de los que creen que sí que hay que enseñar algo de algo, son prácticas la informática, el inglés y las matemáticas pero no las “listas de ríos”. Las “listas de ríos”, ya digo, son la quintaesencia de lo inútil.

Llevado al extremo, supongo que un currículo podría reducirse a tres materias: español e inglés (mejor dicho, saber leer y escribir en español e inglés), matemáticas y educación física. Quien sabe leer en inglés y sabe usar un ordenador –o un dispositivo portátil cualquiera- no necesita, en rigor, nada más. Y sin duda es un enfoque que no priva al joven curioso del placer de descubrir, pongamos, el Ebro. Y que, además, permite descubrir no una, sino muchas veces, que el Ebro tiene afluentes y alguien, vaya usted a saber quién, les dio nombre –eso se sabe a poco que se sea observador porque, cada vez que cruzas un río, te encuentras un cartel que te dice qué río es-.

No, no creo que las “listas de ríos” sean inútiles. Gracias a las “listas de ríos” se pueden leer y entender libros como el de Kaplan. Pero supongo que eso nos llevaría a otra pregunta, que es la de por qué o para qué hay que leer libros como ese. Esa es, en efecto, otra pregunta. Esa es, quizá, la verdadera pregunta.

 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Hay mil razones para modificar la Constitución. Cataluña, de momento, no es una de ellas.


Como todos los años, cuando se aproxima el aniversario del referendo constitucional de 1978, se reabre el debate sobre la reforma de la Constitución: su conveniencia, incluso su necesidad y su improbabilidad. En los periódicos proliferan artículos de prestigiosos constitucionalistas y entrevistas con políticos retirados, de los que participaron en el debate constituyente; unos y otros convienen en que la Constitución necesita algo más que retoques, unos y otros convienen en que no se dan las condiciones necesarias para acometer la empresa con razonables garantías de éxito.

El constitucionalismo comparado enseña que la normatividad efectiva de un texto constitucional depende de su capacidad de adaptarse a los tiempos. Ciertamente, la reforma de la letra –y la propia Constitución española es un ejemplo- no es la única vía por la que puede operarse la adaptación de la constitución a la realidad de cada momento; por vía de interpretación, especialmente si, como en nuestro caso, se dispone de un sistema de jurisdicción constitucional concentrada, o mediante cambios en otras leyes que forman parte del denominado “bloque de la constitucionalidad” (en España, al menos, los estatutos de autonomía y las normas reguladoras del régimen electoral) pueden inducirse auténticas mutaciones constitucionales. Pero esas vías son limitadas en su alcance, por una parte, y arriesgadas desde la perspectiva política en cuanto la constitución, reformada por cauces ajenos al formal, puede verse mermada en su legitimidad. La reforma, pues, se hace en algún momento imprescindible. Durante la vigencia de nuestro texto de 1978, los países de nuestro entorno han hecho, con toda naturalidad, reformas de calado diverso. La constitución portuguesa de 1976, tan próxima a la nuestra por tantos motivos, ha sido objeto de varias reformas, necesarias para traer la norma suprema desde la Revolución de los Claveles al ambiente del Portugal contemporáneo, que quizá también vive revoluciones, pero de otra especie.

Existe, creo, un razonable consenso en España en torno a la necesidad de acometer, más pronto que tarde, siquiera un mínimo de reformas que cabe calificar de técnicas: en síntesis, las analizadas en su día por el Consejo de Estado a petición del presidente Zapatero. Pero también existe la certeza de que las necesidades no paran ahí, sino que van más allá y es en ese más allá donde los consensos saltan por los aires. Me refiero, obvia y fundamentalmente, a la cuestión territorial, cuestión que, a su vez, es un eufemismo para referirse al encaje de Cataluña y, en otra medida, el País Vasco. Y aquí nos encontramos, quizá, con una diferencia respecto a otros aniversarios: el Partido Socialista apuesta sin ambages por afrontar una reforma como remedio al problema, bien es cierto que inarticulada.

 
No es probable que la propuesta de reforma –incluso suponiendo que llegara a concretarse en algo más que una colección de eslóganes- prospere. En primer lugar porque el Partido Popular no está por la labor pero también porque no se sabe muy bien dónde están, a fecha de hoy, los partidos centrales del arco político catalán. Entrar en una dinámica de reforma constitucional implicaría un viraje en el discurso político de CiU, o al menos de Convergencia, que no parece estar en esas claves.

En las actuales circunstancias, sería muy razonable acometer una reforma que, como dice UPyD, nos dote de un marco constitucional nuevo y válido para los próximos treinta años. Pero no está ni mucho menos claro que exista un proyecto compartido que lo soporte. Hay múltiples disensos, diversas concepciones sobre muchas cosas. Si se quiere paradójicamente, la operación de construcción del consenso es ahora más difícil que en los 70, precisamente porque hay más libertad, porque nada se presenta como necesario. No creo que sea necesario abonarse a la tesis de que la Transición fue un proceso “tutelado” o limitado para aceptar que, en aquel tiempo, existían condicionantes que hoy, venturosamente, no se dan. La Constitución de 1978 fue hija de lo posible, como todas, y el ámbito de lo posible es hoy, quizá, más amplio.

Es claro, por supuesto, que el más radical de los disensos es el que afecta a la definición misma del constituyente, que es precisamente lo que el problema catalán pone en cuestión. Por eso mismo la solución del Partido Socialista es, a mi juicio, errónea, al menos en el plano conceptual: el problema que plantea Cataluña no se puede tratar, en rigor, desde la Constitución o través de una reforma de la Constitución. Es posible que la búsqueda de un tratamiento jurídico de la cuestión exija un cambio constitucional, pero no será, en su caso, un cambio en la Constitución, sino de constitución. El problema que se plantea en Cataluña tiene un cariz pre-constitucional, en tanto es definición del propio constituyente. Para reconducirlo a una cuestión tratable mediante una reforma constitucional, es preciso un tratamiento previo, es preciso resituarlo. Es preciso, en pocas palabras, partir de que Cataluña seguirá siendo parte de España.

Se dirá, con buen criterio –asumo que con el criterio que sostiene el Partido Socialista- que la respuesta a si se quiere o no formar parte de España dependerá siempre de qué España se proponga. Dicho de otro modo, la reforma constitucional sí puede ser una vía de tratamiento del problema, en cuanto, precisamente, crearía las condiciones en las que la respuesta puede ser afirmativa. Esto, que es lógico, supone, a mi juicio, un error político; la reproducción, a otra escala, del mismo error cometido en 1978. ¿Tiene sentido pedir de Cataluña un posicionamiento ex ante, una expresión de voluntad? A mi juicio, lo tiene. Si se cree, verdaderamente, que el empeño es imposible y, por tanto, la reforma, sea la que sea, no cerrará el debate o, peor aún, lo cerrará en falso, no es que no merezca la pena acometer la reforma constitucional, es que podrá acometerse desde claves muy distintas.

España puede diseñarse para acomodar a Cataluña… o no. Y ello dependerá en buena medida de lo que quieran los catalanes y el resto de los españoles estén dispuestos a aceptar. Ciertamente, puede defenderse la inconveniencia de alterar en absoluto el marco institucional, pero no parece tener excesivo sentido avenirse a alterarlo y alterarlo gravemente, para resolver un problema que puede no tener solución, y parece contradictorio que quien la busca –la solución- se conforme sin explorar esa posibilidad. Hemos de saber si el empeño es inútil. La cuestión catalana debe ser tratada por derroteros diferentes. Hay mil razones para reformar la Constitución, todavía no puede concluirse que Cataluña sea una de ellas.

lunes, 28 de octubre de 2013

Rigoberto o el escapismo


En "El Héroe Discreto", la última novela de Vargas Llosa aparece toda una serie de viejos conocidos del universo vargallosiano: el sargento Lituma y los Inconquistables y, sobre todo, don Rigoberto -el de los Cuadernos- y su muy literaria familia, compuesta por su segunda esposa, Lucrecia, y el inquietante Fonchito, el niño que se obsesionaba con su madrastra y los dibujos de Egon Schiele y reaparece hecho ya un mocito, pero igual de peculiar.

En este libro, Vargas nos presenta muy a las claras a Rigoberto como el esteta escapista que es. Busca su sustento como abogado bien posicionado de una importante empresa de seguros pero, en cuanto puede, huye a refugiarse en un mundo de belleza en forma de libros, música culta y grabados (eróticos, por más señas). El estudio de Rigoberto en su ático limeño se nos aparece como una especie de atalaya, una suerte de torre de marfil donde rigen otras reglas, donde nada rompe la paz y el goce estético. A refugio de la grosería, la ordinariez y el mal gusto que, próspero o miserable, no importa la época, parecen siempre campar por sus respetos en el Perú (o España, tanto da). En su ático, Rigoberto anhela volver a una Europa que, desde Lima, parece antojársele una arcadia; la Europa, claro está, de sus ciudades literarias y de los museos donde cuelgan los cuadros de esos pintores que le fascinan.

Esa "huida hacia la belleza" es una cierta constante en la obra de Vargas. Me viene a la cabeza, ahora mismo, el protagonista de "Travesuras de la Niña Mala", cuyo solo afán era vivir en París. Vivir viendo París. Qué hacer para lograrlo es secundario, posiblemente algo convencional – en la novela, ser traductor para la UNESCO.

Estos personajes vargallosianos son algo así como exiliados interiores. Ajenos a un mundo que desprecian o que, en el mejor de los casos, les es indiferente, donde, todo lo más, buscan el imprescindible sobrevivir. No es, necesariamente, que no se desenvuelvan con soltura en el mundo exterior -Rigoberto, sin ir más lejos, es buen abogado, probo y alto funcionario, de plena confianza, en la aseguradora que le mantiene y a la que ofrece su máxima lealtad profesional- pero ahí no pasan de cumplidores; su querencia está en otro lugar. La alta cultura, la cultura con mayúscula ofrece un universo paralelo al que se huye, al que se escapa en cuanto se puede.

Rigoberto y compañía no son, desde luego, revolucionarios de ninguna clase. Les asquea, sí, el mundo –llamémosle real- en el que viven, pero no muestran interés alguno en cambiarlo. Lo dejan por imposible. No buscan, en su viaje estético, inspiración para acción de clase alguna fuera del mundo virtual, no tienen interés en desarrollar una actividad intelectual o en difundir ningún mensaje. Son estetas puros. La belleza y el solaz que proporciona se erigen en fines en sí mismos. ¿A quién le interesa este mundo feo cuando se puede gozar de uno mucho más hermoso sin más que asomarse, pongamos por caso, a los cuadros de Schiele? El alegato de que el mundo de los cuadros no existe es, por supuesto, mucho más que discutible. ¿O acaso no obtiene Rigoberto placeres sin cuento de la contemplación de sus grabados eróticos? Si se quiere decir, por ejemplo, que las mujeres que contempla y con las que fantasea carecen de encarnadura, se podrá estar de acuerdo, de ahí a afirmar que “no existen” media un trecho. De ciertos personajes literarios –por seguir con los ejemplos- se pueden predicar casi todas las virtudes de las compañías supuestamente reales y casi ninguno de sus defectos, lo que, no se negará, es una enorme ventaja.

El rigobertismo –seguro que la actitud de don Rigoberto conoce precedentes y cuenta con denominaciones más precisas, pero así nos entendemos- es muy tentador. Que este  mundo, llámese “real” conforme a las convenciones, no es buen lugar para espíritus sensibles es cosa que merece poco comentario. No es tanto que el mundo sea un lugar malo. Es, sobre todo, que es un sitio feo. La vida, ya se sabe, es dura. Pero no es esto lo peor, lo peor es que, buena parte del tiempo, es desagradable. Estéticamente desagradable, quiero decir. Cualquiera que se asome, día a día, a los periódicos españoles, pongamos por caso, aparte de un lenguaje muchas veces basto y feo en sí mismo, se topará con un espectáculo muy ordinario, de mal gusto. Nuestra vida pública es así, grosera, bajuna, poco agradable. Y lo es a casi todos los niveles, para qué engañarnos.

Uno se pregunta si, más que buscar lo que difícilmente se va a encontrar y, sobre todo, más que cambiar lo que difícilmente tiene arreglo, no será mejor aplicarse a buscar un refugio rigobertiano. Construirse un pequeño espacio para poblarlo de cosas de verdad bellas y volver a él cada vez que no se pueda más, o cada vez que se pueda, simplemente. Igual esto es escapismo. Hedonismo, si se quiere. Pero no se me negará que es tentador, sí.

 

jueves, 10 de octubre de 2013

Martín de Riquer y el afán de erudición


Bonito homenaje de Mario Vargas Llosa a Martín de Riquer este pasado fin de semana (véase aquí). El decano de los académicos falleció hace unos días dejando tras de sí una obra ingente. Martín de Riquer dedicó lo mejor de su vida a las literaturas romances medievales. Era sabio en castellano y catalán, pero también en francés o provenzal. Ninguna voz de la romanía le era ajena. Al caso, Vargas Llosa, en cumplido a Riquer, le califica de “erudito” y lo incorpora a la nómina de los Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Borges, Ortega y demás. Ciertamente, si alguien puede ser llamado “erudito”, ése era Martín de Riquer. Un hombre que sabía mucho de muchas cosas. Ser erudito, en sí, ser instruido, no puede ser mala cosa. El calificativo es elogioso, a primera vista, y, sin embargo el propio Vargas Llosa se siente obligado a matizar que lo usa en tal sentido, que Martín de Riquer no era un acumulador de saberes inconexos, sino un verdadero sabio. No tenía solo información, sino conocimiento. La cautela viene a cuento porque la erudición tiene muy mala prensa en estos tiempos en los que hay pocos eruditos y la especie tiene toda la pinta de estar en vías de extinción.

Que ser erudito, incluso limitándose a un campo concreto de materias, por ejemplo las humanísticas, es crecientemente difícil parece poco discutible. Los hombres del Renacimiento, si de verdad existieron, habitaron, en efecto, el Renacimiento, cuando el cúmulo del conocimiento humano era menos pesado. Dejémoslo en que hoy habrá que contentarse con una cultura sólida, si se puede.

Ser verdaderamente erudito es empeño difícil, pero la aspiración sí podría existir. Ahora, lo que no parece haber es afán de erudición, sino todo lo contrario. La erudición, el conocimiento enciclopédico, no parece algo valioso sino más bien al revés. La educación formal, al menos la educación formal en España no solo no parece promover un amplio espectro de conocimiento sino que hace lo posible por impedirlo. En primera instancia, por supuesto, por el principio de especialización, que tiene su manifestación más clara, en la etapa superior, en la proliferación de grados y titulaciones. Antaño, todo el saber humano se agrupaba en pocas divisiones generales, de forma que, cualquiera que fuera la especialidad de cada cual, los currículos eran en buena medida comunes entre materias consideradas afines. Hoy, ocurre lo contrario. Ciencias y letras  son ya bastante estancas entre sí –dando lugar al falso problema de las “dos culturas”-, pero lo mismo va sucediendo dentro de cada uno de los ámbitos, entre sus crecientes subdivisiones. Si a eso se añade el empobrecimiento progresivo de la secundaria que proporcionaba un sustrato común, siquiera en unos mínimos, se concluye que quien desee tener no ya conocimientos profundos sino simplemente una perspectiva razonable de lo que antes se tenía por cultura exigible tendrá que luchar contra la estructura de cursos, asignaturas y exámenes que conforman el plan educativo. Por lo visto, alguien ha decidido que tomas apuntes en la escuela, pero estudias en tu tiempo libre.

 

Pero es que, más allá de todo lo anterior, el saber cosas es, parece, tenido por inútil. Supongo que se piensa que la evidencia de que nadie sabrá jamás tanto como querría convierte el empeño en absurdo desde el principio (afortunadamente, los médicos no enfocan igual su batalla, también perdida de antemano, contra la muerte).  No hay, por tanto que saber cosas, sino tener destrezas, dicen. La tesis viene reforzada por la accesibilidad de los datos; merced a la tecnología de la información, ésta no solo es infinita, sino que está inmediatamente disponible; por tanto, el saber cosas es más inútil que nunca, porque la inutilidad alcanza incluso a esas cosas que, por instrumentales, antes era necesario conocer.

Y, sin embargo, ¿cuándo fue más patente que información y conocimiento no son iguales? Al menos en el ámbito de las ciencias humanas, nada indica que la excesiva especialización sea positiva. Ciertamente, es difícil encontrar algo de bueno –y hasta se puede encontrar de malo- en la mera acumulación de datos, pero eso no es erudición en el buen sentido. Para que pueda hablarse de erudición, los conocimientos deben estar conexos entre sí. Afán de erudición y afán de entender bien pueden ser la misma cosa. Personalmente, dudo mucho que los fenómenos sociales puedan ser entendidos sino observándolos desde diferentes perspectivas, y esas perspectivas solo pueden ocuparse desde distintos ámbitos. Uno se topa demasiado a menudo con excelsos especialistas en nada.

Ya no hay, seguro, marañones. Y es poco probable, casi seguro, que vuelva a haberlos. No es fácil que surjan nuevos Martín de Riquer. Perseguimos al conocimiento, pero éste se expande más rápido y, como en la fábula, bien puede ser que, cuanto más corramos, más nos demos cuenta de que la fracción de lo sabido es más insignificante que nunca. Pero esa aparente paradoja es el mejor recordatorio de lo inseguro de nuestro conocimiento. Solo el afán de erudición, las ganas de saber cosas, nos puede poner ante la evidencia de lo poco que sabemos. Se erige en la mejor fórmula para combatir la falsa seguridad que provee la especialización excesiva: sí, vemos cada vez más claro, pero no nos damos cuenta de que ello se debe a que estamos cada vez más cerca del objeto estudiado y, por ello, vamos perdiendo perspectiva. ¿Puede ser buena la duda? ¿Es buena la inseguridad sobre el propio conocimiento? ¿No es absurdo decir que puede merecer la pena leer miles y miles de páginas solo para tener una mejor intuición de lo que no se sabe? Solo en apariencia. Precisamente, el acúmulo de conocimiento enseña que la inseguridad es connatural al mismo, al menos cuando de conocimiento del hombre sobre el hombre se trata. La inseguridad que genera la ignorancia informada es incómoda, pero es mucho menos peligrosa que la seguridad que ofrece esa ignorancia genuina que pasa por conocimiento profundo. 

La erudición, o el afán de erudición, no sería, entonces, un lujo innecesario –como todos los lujos- sino un método imprescindible. Ser Marañón es, probablemente, imposible en estos tiempos. Querer serlo de algún modo se antoja, sin embargo, necesario.

 

 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Comprender y justificar


A propósito de la reciente película biográfica de Margaret von Trotta sobre Hannah Arendt, que actualiza la polémica desatada en su día por la publicación de Eichmann en Jerusalén, Javier Cercas escribía ayer (aquí) sobre la diferencia –bastante básica y bastante polémica- entre “comprender” y “justificar”. Un tema, por cierto, que le parece querido. Comprender, entender, no es justificar. En abstracto, la diferencia parece obvia, pero se vuelve compleja y crítica en nuestro trato cotidiano con el mal, o con aquello que nos parece serlo. A veces, incluso podemos estar emocionalmente incapacitados para distinguir planos y, por tanto, para aplicar correctamente la distinción (véase, en Cercas, la reflexión de Teodorov sobre otra de Primo Levi). Comprender, entender conlleva riesgos, por supuesto. Que comprender y justificar sean operaciones mentales distintas no quiere decir que estén inconexas. Entre la comprensión y la justificación median la empatía y sus peligros. El intelectual prevenido –Arendt, por ejemplo- es consciente de esto y sabe que no hay más remedio que correr ese riesgo: va implícito en una aproximación racional a las cosas.

Ya digo que, sin ánimo de entrar en honduras, es evidente que comprender y justificar son cosas diferentes. Comprender no solo no implica justificar sino que se puede intentar comprender aquello que, de entrara, no se encuentra justificable en absoluto. El ejemplo extremo nos lo ofrece, sin duda, el análisis del comportamiento criminal: se intenta comprender aquello que repugna, precisamente porque repugna, porque es la única forma sensata de diseñar mecanismos preventivos y no solo punitivos.

La derecha española tiene, de antiguo, un problema con estas nociones –la izquierda, por el contrario, hace tiempo que no tiene mayor problema con noción alguna, desde que decidió abolir toda suerte de rigor en sus planteamientos- y me atrevo a decir que, en tanto no lo resuelva, nunca será esa “derecha moderna” que necesitamos. Es una derecha de planteamientos esencialistas, que parece incapaz de una aproximación analítica a los problemas. Su enfoque siempre parece ser de “principios”. Nadie discute, claro, que hay que tener principios en esta vida –hasta ahí podíamos llegar- pero, por definición, los principios no deberían entrar en juego cada cuarto de hora. Si lo hacen, no son principios, son reglas. Por tomar prestada una expresión de César Molinas, nuestra derecha sigue siendo mucho más joseantoniana que orteguiana.

La aparente renuncia a distinguir los planos del debate vicia profundamente el debate mismo. La derecha española –la única derecha española realmente existente- tiene graves problemas para llevar razón. En un sistema esencialmente de formas, en el que la escenificación del diálogo es algo muy parecido al diálogo mismo, “tener” y “llevar” razón, acaban siendo expresiones incluso más sinónimas en el lenguaje corriente. En el extremo, la negativa a exponer la propia postura conforme a pautas inteligibles priva de toda relevancia a la cuestión del “fondo”.

Tómese como ejemplo más actual la cuestión de Cataluña. Sabemos, sí, que el gobierno y el partido que lo sustenta se oponen a la secesión y también sabemos que se oponen a que haya en Cataluña una consulta sobre el tema. Pero no sabemos por qué lo hacen. Más aún, tampoco sabemos qué piensan acerca de por qué existe en Cataluña un movimiento separatista creciente. Incluso aunque se sustente una genuina visión joseantoniana de España y, por tanto, se crea a pies juntillas que la unidad de España es intangible, que estamos frente a una unidad de destino en lo universal y no ante una creación humana circunstancial –como todos los demás estados de la tierra, sin excepción- que subsistirá en tanto dé encarnadura jurídico-organizativa a un proyecto colectivo interesante,  es decir, incluso aunque se piense que, en última instancia, solo puede haber una confrontación directa que resuelva un problema irresoluble por otros medios, seguiría siendo interesante indagar en las razones del adversario.

John Elliot, por ejemplo, está lejísimos de justificar el independentismo catalán y quizá más lejos aún de adscribirse a esas tesis tan de moda que parecen querer ver en España una especie de error histórico –lamentablemente para los abonados a la idea de excepcionalidad, para los románticos de uno y otro signo, parece ver, como tantos hispanistas, un país vulgar y corriente- necesitado de remedio; pero no porque se haya negado a estudiar las razones y sinrazones del catalanismo, sino precisamente porque se ha pasado su vida académica estudiándolas.

Puede pensarse que abogo porque nuestra derecha se haga menos antipática, porque dulcifique maneras. Desde luego, nada de malo vería en ello, pero me refiero a algo que va un punto más allá. Un cambio radical de aproximación a las cosas. Al final del día, en esta problemática relación entre comprender y justificar –en cómo se resuelve esa relación- estriba la diferencia entre un alma liberal y un alma conservadora (aunque el término “conservadora” quizá no le hace justicia a cierta derecha española que es, en rigor, dogmática, doctrinaria; irónicamente, a veces se acusa a la derecha patria de carecer de pedigree intelectual, cuando no es difícil identificar en ella una recurrencia en planteamientos que se remonta al siglo XIX si no antes).

lunes, 9 de septiembre de 2013

No nos han dado los juegos... Y mejor


Curioso, por las páginas físicas y digitales corren ahora ríos de sensatez. Leyendo a opinadores y expertos, casi se diría que era evidente que no podía ser, que de ningún modo Madrid podía aspirar a organizar los Juegos de 2020. Explicaciones parecidas hubo, siempre ex post, tras los fracasos de las candidaturas para 2012 y 2016. Así las cosas, uno se pregunta por qué demonios es tan difícil ver antes lo que se ve tan claro a toro pasado y por qué casi nadie, salvados cuatro locos –entre los que me cuento- la mayoría en foros informales, en Twitter sobre todo, dijo esta boca es mía. Por qué esa aterradora unanimidad, esa ausencia total de discrepancia. De hecho, uno de los avales que presentaba la candidatura de Madrid, como siempre, es el consenso búlgaro, la existencia, todo lo más, de disidencias menores, casi se diría que puestas adrede para dar a la encuesta un cierto halo de credibilidad. Cuando de una fiesta, sea del tipo que sea, se trata, en España las discrepancias están por debajo de los márgenes de error técnico de las encuestas. Siempre.

No tengo ni idea de por qué se gana y por qué se pierde en las asambleas esas del COI. Como tampoco sé por qué oscuros motivos asignan la UEFA, la FIFA y demás superestructuras deportivas sus eventos de trascendencia mundial. Me barrunto que se trata de organizar fantásticos negocios explotando vanidades. Todos los países quieren organizar juegos, especialmente aquellos cuyos políticos están en apuros. Algo hemos mejorado: antaño, cuando las cosas iban mal en Bordulia, los dirigentes bordulios solían dirigir expediciones contra Sildavia, o erigían fastuosos monumentos funerarios que quitaran el hipo a los locales y a los vecinos, previa esclavización de la población propia y ajena. Ahora, el político lanza la candidatura –siempre respaldado por el entusiasmo de su pueblo, al que estas cosas halagan- de su país o su ciudad a algún fasto; se hacen unos números incomprobables a veinte años vista, se hacen unas sumas y unas restas de agregados estadísticos y se acallan las conciencias de los pepitos grillos de turno, en el fondo también ellos atraídos por el tam-tam, por la gana de demostrar que “somos los mejores” y el ansia de tener “la atención del mundo” durante quince días.

Desde luego, uno no puede sino compadecerse ante la desilusión de tantos conciudadanos, con razón o errados, habían puesto en esta cuestión ciertas esperanzas deportivas, económicas o, más en general, vitales. Cabe preguntarse también qué será de los deportes minoritarios, esos que para vivir necesitan unos patrocinios que, por lo visto, el mismo deporte no justifica en sí, que solo se obtienen en el marco de “operaciones de estado” encaminadas a la obtención de un número mínimo de medallas que den cuenta del “extraordinario nivel”. Pero, por lo demás, yo no lo lamento.

En primer lugar, porque no creo que el espectáculo de grosería infinita, la continua ofensa a la inteligencia de nuestros dirigentes, de nuestras lamentables elites políticas, empresariales y deportivas merezca éxitos que puedan usufructuar. Se dice, por ejemplo, que es patético cómo habla inglés la alcaldesa de Madrid. Eso se hubiera solucionado recurriendo al español –salvo a Rajoy, supongo que por imposibilidad manifiesta, a nadie se le ocurrió que igual no estaba tan mal emplear la lengua de 400 millones de personas y medio COI antes de hacer el ridículo expresándose en otra como un niño de primaria-; no, lo patético fue el propio discurso, lo que dijo, no solo cómo lo dijo. No puede merecer recompensa la insistencia en tópicos gastados, en una imagen del país que es preciso esforzarse en superar.

No lo lamento porque me resulta indeseable esta importancia concedida al deporte. Como si ese descollar en lo banal pudiera compensar carencias graves en otros campos. Como si fuera igual acumular medallas olímpicas y nobeles de física. El deporte como cimiento de la identidad nacional, como único campo en el que es posible exhibir orgullo patrio. Nos tienen que conceder los juegos “porque somos una potencia deportiva”.

No lo lamento porque no creo que merezca premio la exhibición de provincianismo y acriticidad en torno a esta cuestión. Lo dicho, ni una palabra de los discrepantes, pero tampoco una reflexión acerca de qué piensan de verdad por ahí fuera. El triunfo de Tokio no ha extrañado en ningún sitio, salvo aquí, porque solo aquí llegamos a creernos que Madrid fuera la favorita. Y solo había que leer algún medio de fuera. Curioso, hacen falta cosas así para descubrir que, todavía, este sigue siendo un país ensimismado, preso de clichés de de otro tiempo. Entre los telediarios de estos días y los viejos NO-DO median solo los colores. Y, pues, ¿qué han de ver los demás sino el “país simpático” que nos empeñamos en ser? ¿En qué nos hemos concentrado todos estos años sino en ser el “país de la fiesta”? Pues eso somos, el país de la fiesta. No otra cosa. El eterno aspirante a la modernidad. El país del que, cuarenta años después –cuarenta años, se dice pronto- se sigue hablando como una “nueva democracia”, de un país “muy cambiado”. Y no es que nos tengan manía, ni mucho menos –hace tiempo que dejamos de tener entidad suficiente para eso, salvo en algún lugar del mundo con problemas parejos a los nuestros los odios son privilegios reservados a las grandes potencias-; simplemente, recogemos lo que sembramos.

Y, precisamente –y vamos a la última y más importante razón-, nada ayuda a la percepción de España como país sólido el fundar el crecimiento en continuas alharacas. En el “modelo Barcelona”. La ciudad que, para seguir en el mapa, parece necesitar cada día un festival. La alusión a los Juegos como “motor de crecimiento” apunta, una vez más, a los pilares del modelo de siempre, el modelo de la inversión pública, la infraestructura, la construcción y el trabajo precario. El que genera rápidos y volátiles ingresos fiscales y permite mantener las elefantiásicas estructuras administrativas que son marca de la casa. El modelo del trabajo sordo, el paso a paso, la contención del gasto, la iniciativa privada innovadora no parece atractivo. ¿No hay paciencia suficiente? ¿No se adapta a los valores patrios? No, sencillamente no da réditos a la velocidad que se precisa. El ritmo al que se construye un país robusto de verdad –el mejor país del mundo para vivir, que España podría serlo, por qué no- un país denso no es el del comisionista, el del buscador de rentas o el del político de corto vuelo.

Un país que distinga cultura de espectáculo, que apueste de veras por la educación, por la creatividad empresarial, por instituciones sólidas y respetadas, por la sociedad civil, por el camino largo, el mérito y la excelencia es un país mucho más aburrido y, sobre todo, que se mueve más despacio, pero con una dirección marcada. No nos han dado los juegos y yo me alegro. Hora era de que nos quedáramos a solas con nosotros mismos, para afrontar nuestros problemas sin muletas. Y a los que los quieren a toda costa, por la razón que sea: vendrán cuando otras cuestiones estén resueltas, no al contrario.

viernes, 6 de septiembre de 2013

No estamos mejor que hace un año


Hace un año, justo después de la diada, escribía esto. Hay que reconocer que Artur Mas me hizo caso en una cosa: dio la puntilla a una legislatura que, apenas nacida, quedó moribunda por alteración sustancial de sus ejes programáticos. A buen seguro, el presidente no buscaba ni cumplir conmigo, ni con otra gente que le pedía elecciones ni con su conciencia; buscaba otras cosas, una mayoría aplastante, y de todos es conocido que marró el tiro por bastante.  

La dinámica que se generó tras esas elecciones, tan debidas desde la perspectiva de los principios como inoportunas desde una perspectiva táctica ha agravado las cosas, si por “agravar”  entendemos profundizar en el desasosegante y muy oneroso curso de conflicto con el Estado. Velis nolis, sea porque esas son sus convicciones, sea porque así se lo exige su continuidad, la agenda de Mas y su gobierno ha estado completamente marcada por un despliegue efectista, una sucesión de gestos en pos de una fecha mítica, 2014 que, desde ayer, parece que ha dejado de serlo tanto. 

Sí parece que se están dispensando los eufemismos –lo cual aporta claridad, limita el espacio para las posturas ambiguas y, por eso mismo, crea tensiones en el catalanismo, que es de todo menos homogéneo (signo de salud)- y el evanescente “derecho a decidir” muta poco a poco en “independencia”. Esto, en sí, malo no es. A partir de aquí, tenemos aficionados a los fatalismos que ven la independencia de Cataluña inevitable por una cuestión generacional –cuyo efecto no debe ser despreciable, pero quizá tampoco sobrevalorada- y quienes, por el contrario, la ven imposible, quimérica, por falta de impulso colectivo real.

Esta misma mañana el diario El País, con buen criterio, decía que entre la situación presente y la independencia aún cabe una gama de grises. Cierto. Pero la duda real sigue estando donde estaba: ¿desea, realmente, Cataluña situarse en alguno de esos grises? La apelación a la independencia sugiere, desde luego, que la respuesta es no y, entonces, no habrá más solución que el conflicto: que Cataluña desee ser independiente no obliga a los demás a hacer nada por facilitarlo. El criticado inmovilismo de Rajoy estaría plenamente justificado. Si todo proyecto político realmente existente pasa por la secesión, ni tiene sentido la consulta –puesto que ya se está actuando como si hubiera sido emitida la respuesta- ni tiene sentido, desde luego, dar paso alguno para solucionar el rompecabezas. 

Vuelvo a lo que argüía hace un año. Una cosa es no desear la independencia de Cataluña –o, en general, no desear la incomodidad de Cataluña con su marco político- y otra bien distinta que se esté dispuesto a hacer lo que sea para evitarla. Para el acomodo de Cataluña en el marco estatal caben múltiples soluciones, pero hay que encontrar una que satisfaga a Cataluña y satisfaga también al resto de los españoles. Que no inviabilice el estado, para empezar.  

Los constitucionalistas “progresistas” suelen razonar como si los marcos políticos y jurídicos fueran infinitamente adaptables, siempre maleables. No creo que afirmar que eso no es cierto lo convierta a uno en un conservador retrógrado. Existen límites a lo que el resto de España puede hacer. Eso sí, si existen también límites a lo que Cataluña pueda aceptar, entonces sí que explorarlos es imperativo. 

En Barcelona no tenemos un discurso que parezca reconocer la noción de límite ni que, en general, permita entender nada más que el que se da la discusión por zanjada y en Madrid tenemos el no-discurso, la no-política, la no-reacción. Puede, claro, que ambas posturas estén impostadas. Puede, simplemente, que esta cuestión se esté tratando a la española, es decir, por cauces ajenos a la transparencia y a lo que sería propio en una democracia deliberativa madura.

Pero no, no parece que estemos mejor que hace un año.