lunes, 6 de octubre de 2014

CAJAMADRID Y EL CALLEJÓN DEL GATO


El escándalo de las tarjetas de Cajamadrid, con todo lo que tiene de soez, de bajuno, de cutre, me ha llevado a pensar, miren ustedes, en el Retrato de Dorian Gray. Ya se sabe, Dorian Gray, joven y apuesto, se daba a la vida muelle, sin freno moral alguno, en la confianza de que un retrato que tenía en un desván reflejaba los estragos que, en su persona, debería haber causado tanta inmundicia. Cuando, al cabo de los años, descubre el retrato, la visión solo puede inspirar asco. A la sociedad española puede haberle ocurrido algo parecido. La exhibición de impudicia y la explosión de incompetencia del desastre de las cajas de ahorros han sido algo así como abrir el desván para destapar el retrato que reflejaba los vicios de una sociedad que, anestesiada por el bienestar endeble, adicta a la droga de la deuda y la inflación de activos se comportó como un Dorian Gray colectivo. El retrato siempre estuvo ahí, pero no lo mirábamos. Viéndolo ahora, produce repugnancia.

Sí, esos directivos incompetentes, trincones, horteras son nuestra imagen devuelta por un espejo de los del Callejón del Gato. Son el producto de una sociedad carente de valores cívicos elementales, que desdeña el mérito como fundamento del éxito, una sociedad de nuevos ricos que, al cabo, mide ese éxito casi exclusivamente en dinero. Una sociedad que, a fuerza de odiar el concepto de élite y pervertirlo, termina gobernada por sus heces. Según dicen, había hasta ochenta y seis ejecutivos y altos cargos agraciados con las dichosas tarjetitas, de diversos credos y obediencias políticas y sindicales, de diversa formación y ocupación… y solo tres dejaron de hacer uso de la prebenda, en la más que razonable convicción de que ahí debía haber gato encerrado. ¿No es eso un maravilloso retrato de la sociedad española? Tres, solo tres personas de más de ochenta se comportaron conforme prescribe una ética de la responsabilidad. Y es probable que fueran tenidos por los tontos del grupo. Curiosa unanimidad, ¿verdad? Ya digo, sin distinción de ideologías.

Hagan la prueba: repartan tarjetas al azar por la calle, entre sus amigos y conocidos. No se limiten a gente presumiblemente ignorante, si quieren. Repártanlas entre quienes, a su juicio, tengan perfecto entendimiento de qué es eso, de qué se trata y de qué impactos fiscales tiene o debería tener –así se aproximarán, sobre poco más o menos, a la composición del consejo de Cajamadrid que, además de varios economistas de relumbrón, albergaba especialistas en fiscalidad, incluido algún secretario de Estado de Hacienda-. Y díganles a los agraciados que, además de gratuita, la cosa es opaca, que disfrutan de impunidad absoluta. Y, sobre todo, no lo olviden, por si alguno les pone algún reparo moral –que hay gente rarita- subrayen que “todo el mundo lo hace”, hagan que quien ande con remilgos, quien siga percibiendo que la ley tiene un valor en sí, quien se quede incómodo porque, en el fondo, crea que estas cosas son siempre pan para hoy y hambre para mañana se sienta un estulto de marca mayor, profundamente gilipollas, el hazmerreír de sus amigos. ¿Cuánta gente se resistiría? Si salen tres de cada ochenta, ya vamos bien. 

Pensarán ustedes que es así aquí y en todas partes. Que, al fin y al cabo, si se está en la confianza de que no habrá castigo, acaban tirando de la tarjeta españoles y noruegos. No sé, igual sí. Pero casualmente pasa aquí. Y es que, en efecto, parece Jauja. Somos incapaces de pensar en los tremendos costes que este free lunch aparente lleva consigo. Tendemos a pensar que un país es corrupto cuando mucha gente mete la mano en la caja, tendemos a pensar en la corrupción en su dimensión, llamémosle, criminal; pero la cara más preocupante de la corrupción es la institucional. Un país es corrupto cuando en ese país las cosas no suceden conforme a las reglas establecidas sino a otras diferentes, oficiosas, no escritas pero igualmente conocidas de todos. Un país es corrupto cuando la primera pregunta ante un empeño cualquiera es “aquí con quién hay que hablar”. Es decir, cuando se parte de que las cosas no son como el manual dicen que son. Un país es corrupto cuando proliferan los sobreentendidos, como, por ejemplo, que la retribución de un consejero en un consejo mollar no se limita a las dietas ni a otros conceptos que conoce el accionista. Un país es corrupto cuando “listo” e “inteligente” no son sinónimos. Alguien –Norberto Bobbio, quizá, me falla la memoria- dijo alguna vez que la democracia es el régimen político en el que el ámbito de lo secreto se reduce al mínimo. También podríamos definirlo como el régimen político en el que, en mayor medida, las cosas ocurren de modo previsible conforme a pautas aprobadas públicamente. Es otro modo de decir que la democracia es, más que otros regímenes, transparente. Y cuanto más transparente es una democracia, más calidad tiene.

Resulta absurdo, para la mayoría, aceptar un estado de corrupción solo por la expectativa de que algún día nos beneficiaremos de una pequeña corruptela. El placer de sentirnos por un rato más listos que los demás, de pertenecer por un momento al grupo de “los enterados”, los que “saben”, los que entienden cómo hay que hacer las cosas “de verdad” oculta la trágica verdad de que la mayor parte del tiempo la inmensa mayoría estaremos siempre en el campo de los que pierden. El pequeño y malévolo placer de aparcar en doble fila, de ser tú el que dice eso de “son cinco minutos” oculta que, estadísticamente, tienes muchas más probabilidades de ser el que se quede encerrado.

 La impúdica exhibición que vivimos estos días debería poner de manifiesto que no, que no hemos sido “listos”. Antes al contrario, somos un pueblo muy estúpido. Un pueblo tan estúpido que acepta el deterioro profundo de sus instituciones, una realidad cierta, a cambio de ¿qué? ¿De colarnos algún día en una fila?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 4 de octubre de 2014

LA COMMONWEALTH IBÉRICA, DESPUÉS.


Dos de nuestras mejores cabezas actualizan un viejo debate. Al modo de Ortega y Azaña –decidan ustedes cuál es cuál- Luis Garicano (aquí) y Javier Gomá (aquí) debaten sobre el sempiterno tema de Cataluña. Nadie discute que la respuesta de Rajoy al desafío de Mas y compañía ha sido la única posible. El presidente tenía poca elección, porque las leyes, en tanto no sean cambiadas, han de ser cumplidas. Pero hay un día después y ese día, como el dinosaurio de Monterroso, como siempre, Cataluña sigue ahí. Donde siempre estuvo, claro.

A partir de aquí es donde Garicano y Gomá comienzan a discrepar. El primero está por intentar buscar el famoso “encaje”, por dar los pasos que hagan a Cataluña y a los catalanes más cómoda la vida en España. Algo que pasa, supongo y si entiendo bien al profesor de la LSE, por profundizar en el autogobierno y, en buena medida, por una profundización en el reconocimiento simbólico, por modificar el estatus de Cataluña, su cultura, su lengua y sus instituciones. En fin, lean a Garicano que siempre merece la pena y el resumen no le hará justicia. Gomá disiente. No porque mantenga posturas esencialistas o porque crea que las propuestas de Garicano sean indeseables en sí –leamos también a Gomá, por supuesto- sino porque se barrunta que lo que, en suma, sería una profundización en la descentralización del estado, ya hasta extremos que amenazan su integridad y su utilidad, una vez más, no resolvería el problema sino que, simplemente, nos abocaría a un episodio más de un proceso que venimos viviendo desde la Transición. Cataluña no alcanzaría su independencia de derecho –dependiendo del carácter más o menos confederal del estado que diseñáramos, incluso podría alcanzarla de hecho o casi, al modo del País Vasco- en este envite pero sí en el siguiente. Gomá se plantea, con buen criterio que si Cataluña ha de ser independiente, igual es mejor que zanjemos el debate ahora.

Creo que convengo con Gomá y, muy modestamente, creo que así lo expuse (aquí) hace ya más de un año. Por supuesto que no me apetece nada ver roto este país ni creo que, al menos a corto plazo, esa ruptura sea un buen negocio para nadie. La independencia de Cataluña, de ser, será un trauma descomunal. Pero no es el peor de los escenarios posibles, al menos para quienes no mantenemos una concepción esencialista de la unidad de España como estado. Dos palabras de explicación: creo firmemente que España es una nación y creo que eso no contradice que, en su seno, puedan existir grupos humanos que se conciban a sí mismos también como naciones –yo mismo tampoco tendría problema en admitir, más bien todo lo contrario, que Cataluña cuenta con atributos de nación y en absoluto me parece polémico concederle ese calificativo-; no lo contradice, y tampoco descubro nada, porque en términos políticos y culturales el concepto “nación” carece de la univocidad que tiene en el campo del Derecho (constitucionalmente no hay más nación que el constituyente, la nación es sinónimo del pueblo soberano). Pero no creo, como hacen los nacionalistas, en la relación de necesidad que liga nación a estado. Por tanto, estoy perfectamente dispuesto a admitir que la nación española podrá dotarse en cada momento de distintos instrumentos jurídico-políticos para organizarse. “España” deberá ser, en cada momento, la estructura que mejor sirva a los españoles porque no tiene otra razón de ser.

Durante los últimos quinientos años, los españoles –a ratos, los ibéricos- hemos contado con una estructura unitaria. Y, con sus luces y sus sombras, esa estructura jamás ha funcionado tan bien, en términos absolutos en comparación histórica, como lo hace ahora. Ello no es incompatible con que el estado español necesite una profunda reforma, algo que es indudable, y esa reforma, con toda probabilidad, no pasa por una mayor descentralización o, al menos, no de una descentralización como se ha venido practicando aquí durante treinta años. Es verdad que recentralizar y racionalizar no son sinónimos. Hay estados descentralizados eficientes y hay estados unitarios mastodónticos e ineficaces. Al menos, deberíamos poder debatirlo. Y la cuestión catalana condiciona fuertemente ese debate, impele una necesidad que prejuzga la solución: solo hay una salida, que es, parece hacia un mayor relajamiento de los vínculos. La solución catalana puede no ser solución para los demás. Y entonces es posible que la mejor solución sea ninguna solución, sino cambiar definitivamente el esquema. Si Cataluña y el resto de España discrepan radicalmente en cuanto a cómo organizar el estado común, sí, puede que lo mejor sea que no exista ese estado común. Al día siguiente, no hay cuidado, tan españoles seguiremos siendo unos como otros (habrá quien quiera ver en esto un estigma, dejémoslo en aviso a navegantes).

Dejando de lado el escenario quizá más probable, que es la inacción o el dejar que las cosas sigan su curso a golpe de encuesta y recurso, como es propio de este gobierno de contables y abogados (del Estado, por más seña), si Rajoy ofrece algo el día después –que es hoy- ese algo, de forma más o menos rácana, seguirá, probablemente, la vía de Garicano: una profundización en el autogobierno de Cataluña sin nada a cambio excepto, claro, el aparcamiento, que veremos si es posible, no de la reivindicación, sino de su ostentación permanente. Está por ver si con pasos en el orden simbólico o no. Lo más probable, pues, es que vivamos una reedición del esquema de transacción tantas veces vivido. Los esencialistas deberían mirar estas cosas con preocupación porque la independencia de Cataluña, tan temida, no se evita, solo se aplaza.

La única transacción posible es aquella que pueda parar el proceso de erosión continua de los vínculos entre los catalanes y el resto de los españoles –como caso más grave de la erosión de los vínculos de los españoles entre sí, en general-. Lo único que asegurará la permanencia de Cataluña en España es que se detenga el proceso de belgización de nuestro país, que se detenga el proceso de reducción del carácter nacional español a un elemento superfluo. Entiéndaseme bien, no estoy abogando por vueltas a épocas pretéritas ni por la formación de ninguna clase de espíritu nacional –y cuando digo ninguno es ninguno-, sino porque la españolidad de los catalanes mantenga un mínimo carácter sustantivo que está perdiendo a marchas forzadas. “Españolidad” no es, o no debe ser, sinónimo de castellanidad, por supuesto. A menudo los catalanes dicen que nada tienen ni contra España ni contra los españoles, y es cierto, por supuesto, al menos en la mayor parte de los casos. Y que viven su condición de españoles con normalidad. Esto es menos cierto, probablemente, porque esa condición se está reduciendo a la irrelevancia. El plano simbólico se erige en esencial.

Una reforma constitucional –el único proceso que puede dar traducción jurídica a lo que venimos comentando en el plano político- es volver a barajar. Si hemos de reformar la constitución, será porque el consenso que sustentaba el viejo texto ha variado. ¿Hemos de abordar la cuestión de cómo encaja Cataluña en España para los próximos años o, más en general, podemos abordar la cuestión de la España que queremos todos? ¿Desde qué parámetros se ha de abordar esa reforma? Más concretamente, ¿qué concesiones está dispuesta a hacer Cataluña? Si la respuesta es ninguna o solo, precisamente, aceptar la existencia de España, es mejor que pasemos directamente a otra cosa, porque eso empieza a parecerse maliciosamente a aquellos planes árabes de paz que, a cambio de concesiones por parte israelí, ofrecían el reconocimiento del estado de Israel –es decir, como colofón de la negociación se ofrecía, nada más y nada menos, reconocer que la otra parte existía-. Aparte de un límite necesario –que el estado resultante sea viable y financiable- existe un límite simbólico: el estado no puede, no debe reducirse a la irrelevancia. ¿Está Cataluña dispuesta a ello? La belgización no es una solución, sino una ficción de solución. Bélgica existe porque existe Bruselas, pero no hay aquí ninguna Bruselas que justifique un absurdo semejante.

El coste de la permanencia de Cataluña en España no puede ser ni la inviabilización de España como estado ni si desaparición fáctica o su reducción a un trampantojo, que elegantemente podemos llamar confederal. Simplemente, porque es absurdo. Y si Cataluña ha de ser independiente, que lo sea. Y si ha de haber una commonwealth ibérica ya lo hablaremos luego.

domingo, 21 de septiembre de 2014

NO, ESCOCIA NO ES UN EJEMPLO

El triunfo del “no” en Escocia ha salvado a David Cameron, probablemente, de pasar a la historia como el más torpe de los primeros ministros del Reino Unido. “Torpe” en realidad, es de lo más leve que se ha oído sobre él en estos días. Hay quien también lo ha motejado de “irresponsable”, “nefasto” y un largo etcétera de lindezas. Ha salvado los muebles, si por salvar los muebles entendemos que el Reino Unido seguirá siendo, al menos en el ámbito del Derecho internacional y por un tiempo, el mismo estado que nos enseñaron en la EGB, pero incluso habiendo evitado in extremis el peor de los resultados –según cierto punto de vista, claro- no va a poder eludir entrar en el jardín de una reforma constitucional sin precedentes: deberá hacer honor a su promesa de dar más poderes a Escocia, sin duda, pero ello llevará consigo, probablemente, la necesidad de acometer una descentralización de mayor alcance, incluyendo, por cierto, a la propia Inglaterra. Y no es que esto sea bueno o malo en sí, sino que nadie se lo pedía, según algunos. Él solito se ha metido en el charco. De ahí lo de su torpeza.

Existe, no obstante, también la tesis contraria. David Cameron es el campeón de la democracia y el proceso por él auspiciado es un verdadero ejemplo. Harían bien otros –y no miramos a nadie- en tomar nota. Cameron no ha intentado poner puertas al campo y, sobre todo, ha dado voz a los que la pedían (no sé si es del todo cierto que la pedían, pero bueno). Ha podido cometer ciertos errores, sí, pero son de conducción del proceso, es decir, en tanto que parte interesada en promover el “no”. Nadie discute que, como demócrata, estaba obligado a afrontar el problema político que, según ciertas lecturas, planteaba el aval mayoritario a un partido independentista en las elecciones escocesas pero, como primer ministro del Reino Unido, estaba también obligado a intentar evitar la secesión de Escocia promoviendo el voto negativo e inhibiendo el avance del “sí”. Sus yerros, en todo caso, se centraron en lo segundo. Así vistas las cosas, Cameron vendría a ser, como también se ha dicho, el anti-Rajoy. El presidente del gobierno español, bien es cierto que amparado por un marco jurídico distinto y sacando mucho provecho de torpezas ajenas, está gestionando bien –o como puede- el envite de la consulta catalana, pero aún no sabemos qué opina del problema de fondo, más allá de lo obvio, y si tiene alguna propuesta que hacer. Confiamos en enterarnos el diez de noviembre, a más tardar.

En mi personal opinión, Cameron no pretendió, en ningún momento, blasonar de demócrata. Su convocatoria de un referéndum fue una jugada, táctica y de alto riesgo para conjurar una amenaza, la del secesionismo escocés, que se veía, en su momento, como domeñable sin mayores esfuerzos. A la vista está que no ha sido así, en buena medida porque, lanzado el órdago, no se ha tratado la amenaza como suficientemente creíble, durmiéndose en los laureles. Cameron deberá ahora afrontar la cuestión, más compleja y profunda del gobierno del Reino Unido en su conjunto. Escocia no ha roto su unión con los otros países que conforman el Reino, pero sí puede haber inducido una revolución que cambie los marcos mentales en los que se viene desenvolviendo la política británica desde mediados de los ochenta. Veremos en qué acaba esto.

Lo bueno es que sí, habrá debate y, ahora sí, será verdaderamente democrático. Todo el Reino Unido, a través de sus instituciones, participará de la reforma, que puede llevar muy lejos, sin pasar necesariamente por el despropósito.

Todos, incluso quienes parten de la convicción de que el proceso escocés no se podría reproducir en España –en realidad, no se podría reproducir en casi ningún sitio porque el corsé de una constitución escrita lo impediría- parecen alabar, como siempre, el hecho de que se vote. Votar como “fiesta de la democracia”, ya se sabe. Supongo que el que haya salido “no” ayuda a congraciarse con la idea. ¿Alguien se ha parado a pensar qué hubiera ocurrido de haber salido “sí” con inversión de las proporciones? Conforme al plan diseñado por Cameron y su malhadada pregunta, el Reino Unido hubiera saltado por los aires… por decisión favorable del 55 % de los escoceses. Ingleses, galeses y norirlandeses habrían visto desaparecer como tal el estado en el, hoy por hoy, articulan su convivencia y a través del cual participan en las relaciones internacionales institucionalizadas sin haber podido, por supuesto, decir una palabra o, como mucho, habiendo podido participar en la decisión del cómo se hace.

¿Es eso, realmente, “democrático”? Solo, me temo, desde la concepción decimonónica de la vida propia de los nacionalismos. Desde su idea de que una “nación” por el hecho de existir, tiene un derecho inalienable a decidir su destino, de orden prejurídico y prepolítico. Un derecho frente al que no puede erigirse en obstáculo, por lo visto, una concepción moderna de estado y ciudadanía. Sé que es muy impertinente dar lecciones de democracia a los británicos, pero sorprende que este tipo de planteamientos hayan hecho fortuna en las Islas, con una cultura política poco proclive a los romanticismos y los infantilismos propios del nacionalismo. Es muy llamativa esta idea de que el Reino Unido “dé” la independencia a Escocia, como si Escocia fuera Zimbabue o Australia – hay quien ha subrayado que, al fin y al cabo, a lo largo de siglo y medio, son muchas las naciones que se han independizado del Reino Unido.

Los que ven en el referéndum escocés una “fiesta de la democracia” parecen negar toda realidad al Reino Unido como nación –ser británico es una cuestión administrativa, un corolario jurídico-formal de la condición de galés, inglés, escocés o irlandés- igual que aquí quienes no pueden resistirse al imperativo del “derecho a decidir”, en suma, lo que vienen a decir es que no hay más soberanía que la de esas naciones constitutivas, reales, que soportan el estado –España- como mero constructo formal. Carece de sentido, claro, así vistas las cosas, que un inglés pretenda tener voz en qué ha de sucederle a Escocia como nada pinta un castellano diciendo qué ha de ser de Cataluña o del País Vasco. Solo desde una perspectiva netamente nacionalista se puede entender lo sucedido en Escocia como una “fiesta de la democracia”. Quien crea en una nación de ciudadanos libres e iguales y en estados al servicio de estos –y no en vehículos de realización de vaporosos entes fantasmagóricos- no puede verlo así.

Por una vez, si se quiere, el Derecho español, marcando la vía necesaria, puede marcar también la correcta: ¿es posible que parte del territorio y parte de la ciudadanía se desgajen del común para formar un estado nuevo? Sí. Pero para ello es preciso reformar la constitución y buscar un marco jurídico que lo haga posible. En la conformación de ese marco jurídico deberá participar inexcusablemente el conjunto soberano, es decir, el mismo que dio carta de naturaleza al estado de cosas vigente.

Se ha dicho hasta la saciedad estos días de manifestaciones, algaradas y ceremonia de confusión: la democracia no consiste solo en votar. La única democracia realmente existente es la democracia liberal, la democracia de leyes y reglas. El “liberal” suele apocoparse, a veces interesadamente. Para unos, al ser la democracia por antonomasia sobran los adjetivos. Otros, por el contrario, soslayan el “liberal” para no hacer patente que tienen una concepción de la democracia que les emparenta con tradiciones de pensamiento con muy escaso pedigree en estos tiempos. No es extraño. Es la manipulación de lenguaje, incesante, lo que hace que vuelvan a presentarse una y otra vez, bajo nuevos ropajes, ideas muy viejas, muy gastadas y, por qué no decirlo, muy impresentables.

Escocia ha sido un ejemplo en muchas cosas. Un ejemplo de formas, para empezar. Y de nivel en el debate. El secesionismo escocés cuenta con muchos y muy buenos argumentos, con grandes objeciones al cómo se está gobernando el Reino Unido. Pero ello no cambia el fondo de la objeción: ¿qué derecho tienen los escoceses, solos, a disponer de un país que no les pertenece por entero? No vale, claro, la objeción de que ellos solo disponen de Escocia, porque esto nos lleva de nuevo al centro del debate: aun siendo consciente de que el Reino Unido es, en su formación, un agregado, salvo que el disponer de cuatro federaciones de fútbol y jugar por separado al rugby se considere determinante, es ya, hace mucho, un país único. La amalgama hace tiempo que está demasiado entremezclada como para que tenga sentido seguir hablando del “ser británico” como un fenómeno epidérmico. Con todos los respetos, pretender que trescientos años después, se puede revertir un proceso de integración paccionado como el de 1707 como si nada hubiera ocurrido, como si los derechos originarios de Escocia estuvieran ahí, intactos es un argumento digno del mejor Sabino Arana o propio de otras tradiciones intelectuales de parecido cariz. Y si el argumento es flojo en el propio Reino Unido, trasladado a España o a casi cualquier otro lugar, resulta infumable.

Y sí, Cameron es un torpe.

sábado, 6 de septiembre de 2014

LISTAS DE RÍOS


Casi un año sin darle a la tecla. Se hacía mucho… Propósitos para el nuevo curso: ser más constante.

La más curiosa de mis lecturas de verano ha sido The Revenge of Geography, de Robert Kaplan (creo que ya hay traducción española). Del libro ya se han publicado varias reseñas, elogiosas y creo que merecidas. También podría titularse “curso breve de geopolítica del hemisferio norte”, que es en lo que Kaplan se centra, soslayando África y, en buena medida, América del Sur. Interesantes, por cierto, algunas nociones como, precisamente, la descripción de América como, nítidamente, dos continentes y no uno solo. La frontera entre una y otra vendría a estar en el Orinoco.

A medida que iba leyendo y reencontrándome con nombres de accidentes, naturales o no, ríos, montañas, valles, mares, lagos, ciudades… algunos presentes y otros olvidados, no podía dejar de pensar en el manido tema de las “listas de ríos” al que ya me he referido otras veces. Las “listas de ríos” son, junto con la lista por antonomasia, la de los reyes godos, el epítome de esa educación inútil, memorística, caduca, la que nos incapacita para el progreso y soslaya las capacidades más necesarias en el mundo de hoy, por lo visto. Si hemos de creer a una de nuestras mejores cabezas, Luis Garicano (insiste mucho en ello, y con razón, en El Dilema de España, entre otros muchos escritos), sería mucho mejor invertir nuestro escaso tiempo en otras cosas. Vaya por delante que creo que generaciones y generaciones de estudiantes españoles comparten el criterio y jamás han llegado a entender por qué tuvieron que memorizar listas de nombres que olvidaban nada más salir de la escuela y que estaban, en todo caso, al alcance de cualquiera, no ya en la era de internet sino desde que se inventaron los atlas y las enciclopedias.

La obra de Kaplan viene a subrayar la importancia de la geografía, algo tan elemental como que el medio físico, sin ser determinante, es un factor esencial a  la hora de explicar por qué nuestro mundo es como es. Claro que, como decía desafiante Lawrence de Arabia (o hacían decir a Peter O’Toole), “nada está escrito” y claro que, en buena medida la historia del ser humano es, precisamente, la historia de la superación de las limitaciones impuestas por el medio, pero es absolutamente evidente no ya que hay hechos geográficos, como los climatológicos, que son impeditivos para la civilización o solo permiten existencias precarias sino que, muchas veces, detrás de eso que antaño se llamaba “el carácter de los pueblos” también hay realidades tangibles. Lo que hoy es Irak viene conociendo gobiernos despóticos desde que el mundo es mundo porque solo los gobiernos despóticos parecen capaces de mantener estructuras estables en una región que, por su propia configuración física, parece abocada al caos y la violencia permanentes. Léanse, en fin, las reflexiones de Kaplan y los autores a los que Kaplan cita sobre cómo es Rusia y cómo eso ha podido influir en cómo los rusos ven el mundo, algo de lo que, por cierto, para muestra, Ucrania ofrece un botón.

Es difícil seguir estas reflexiones si uno no tiene almacenadas en su memoria unas cuantas referencias. Puedes, sí, leer al tiempo que consultas internet o con un atlas delante, pero me reconocerán que es incómodo. Vaya por delante que pocas experiencias hay más fascinantes que la de viajar con el dedo por un atlas –salvo, quizá, la de saltar de voz en voz en una enciclopedia o en un diccionario- pero hay veces que no se puede recurrir a ello. Hay que poseer unas mínimas nociones de geografía para poder leer textos que hablen de cuestiones geográficas. Del mismo modo que se necesita disponer de una mínima idea sobre cuál es la secuencia cronológica de los eventos antes de ponerse a leer o a reflexionar sobre la historia. A menudo, las mismas personas que se muestran abiertamente contrarias a la “mera acumulación de conocimientos” parecen muy conformes con la idea de que antes de salir al campo de golf a disfrutar de ese bello deporte se debe, por lo visto, pasar mucho tiempo ensayando, hasta que el cuerpo se amolda a golpear la bola. Evidentemente, golpear una bola de golf desde un mismo lugar, en sí, es algo poco entretenido, pero todo el mundo entiende que es un paso necesario para llegar al fin buscado de jugar al golf, que es algo cualitativamente distinto, creo, de darle golpes a la bola –como jugar al fútbol es distinto de darle patadas garbosamente a un balón, aunque lo segundo sea condición necesaria para lo primero-.

Las “listas de ríos”, aparte de ser a la memoria lo que la gimnasia a los bíceps, tienen una función: contribuir a crear en el sujeto que las memoriza un universo referencial que también le es necesario a un individuo “culto”, entendiendo por tal un sujeto capaz de desenvolverse con soltura en el mundo que le rodea. La idea de que se va  la escuela, en todos sus niveles, para ser un individuo culto suena caduca. Hay, ciertamente, opiniones distintas acerca de para qué sirve un sistema educativo, especialmente en sus niveles inferiores. Pero parece que esta idea de la cultura está, para casi todos, olvidada en el desván. Por lo que leo y oigo están los que opinan que en la escuela no ha de enseñarse, en realidad, nada en absoluto y los que creen que se deben enseñar cosas, sí, pero prácticas. Convengo con estos últimos, pero no sé si estamos todos de acuerdo en qué ha de entenderse por “práctico”. Para la mayoría de los que creen que sí que hay que enseñar algo de algo, son prácticas la informática, el inglés y las matemáticas pero no las “listas de ríos”. Las “listas de ríos”, ya digo, son la quintaesencia de lo inútil.

Llevado al extremo, supongo que un currículo podría reducirse a tres materias: español e inglés (mejor dicho, saber leer y escribir en español e inglés), matemáticas y educación física. Quien sabe leer en inglés y sabe usar un ordenador –o un dispositivo portátil cualquiera- no necesita, en rigor, nada más. Y sin duda es un enfoque que no priva al joven curioso del placer de descubrir, pongamos, el Ebro. Y que, además, permite descubrir no una, sino muchas veces, que el Ebro tiene afluentes y alguien, vaya usted a saber quién, les dio nombre –eso se sabe a poco que se sea observador porque, cada vez que cruzas un río, te encuentras un cartel que te dice qué río es-.

No, no creo que las “listas de ríos” sean inútiles. Gracias a las “listas de ríos” se pueden leer y entender libros como el de Kaplan. Pero supongo que eso nos llevaría a otra pregunta, que es la de por qué o para qué hay que leer libros como ese. Esa es, en efecto, otra pregunta. Esa es, quizá, la verdadera pregunta.

 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Hay mil razones para modificar la Constitución. Cataluña, de momento, no es una de ellas.


Como todos los años, cuando se aproxima el aniversario del referendo constitucional de 1978, se reabre el debate sobre la reforma de la Constitución: su conveniencia, incluso su necesidad y su improbabilidad. En los periódicos proliferan artículos de prestigiosos constitucionalistas y entrevistas con políticos retirados, de los que participaron en el debate constituyente; unos y otros convienen en que la Constitución necesita algo más que retoques, unos y otros convienen en que no se dan las condiciones necesarias para acometer la empresa con razonables garantías de éxito.

El constitucionalismo comparado enseña que la normatividad efectiva de un texto constitucional depende de su capacidad de adaptarse a los tiempos. Ciertamente, la reforma de la letra –y la propia Constitución española es un ejemplo- no es la única vía por la que puede operarse la adaptación de la constitución a la realidad de cada momento; por vía de interpretación, especialmente si, como en nuestro caso, se dispone de un sistema de jurisdicción constitucional concentrada, o mediante cambios en otras leyes que forman parte del denominado “bloque de la constitucionalidad” (en España, al menos, los estatutos de autonomía y las normas reguladoras del régimen electoral) pueden inducirse auténticas mutaciones constitucionales. Pero esas vías son limitadas en su alcance, por una parte, y arriesgadas desde la perspectiva política en cuanto la constitución, reformada por cauces ajenos al formal, puede verse mermada en su legitimidad. La reforma, pues, se hace en algún momento imprescindible. Durante la vigencia de nuestro texto de 1978, los países de nuestro entorno han hecho, con toda naturalidad, reformas de calado diverso. La constitución portuguesa de 1976, tan próxima a la nuestra por tantos motivos, ha sido objeto de varias reformas, necesarias para traer la norma suprema desde la Revolución de los Claveles al ambiente del Portugal contemporáneo, que quizá también vive revoluciones, pero de otra especie.

Existe, creo, un razonable consenso en España en torno a la necesidad de acometer, más pronto que tarde, siquiera un mínimo de reformas que cabe calificar de técnicas: en síntesis, las analizadas en su día por el Consejo de Estado a petición del presidente Zapatero. Pero también existe la certeza de que las necesidades no paran ahí, sino que van más allá y es en ese más allá donde los consensos saltan por los aires. Me refiero, obvia y fundamentalmente, a la cuestión territorial, cuestión que, a su vez, es un eufemismo para referirse al encaje de Cataluña y, en otra medida, el País Vasco. Y aquí nos encontramos, quizá, con una diferencia respecto a otros aniversarios: el Partido Socialista apuesta sin ambages por afrontar una reforma como remedio al problema, bien es cierto que inarticulada.

 
No es probable que la propuesta de reforma –incluso suponiendo que llegara a concretarse en algo más que una colección de eslóganes- prospere. En primer lugar porque el Partido Popular no está por la labor pero también porque no se sabe muy bien dónde están, a fecha de hoy, los partidos centrales del arco político catalán. Entrar en una dinámica de reforma constitucional implicaría un viraje en el discurso político de CiU, o al menos de Convergencia, que no parece estar en esas claves.

En las actuales circunstancias, sería muy razonable acometer una reforma que, como dice UPyD, nos dote de un marco constitucional nuevo y válido para los próximos treinta años. Pero no está ni mucho menos claro que exista un proyecto compartido que lo soporte. Hay múltiples disensos, diversas concepciones sobre muchas cosas. Si se quiere paradójicamente, la operación de construcción del consenso es ahora más difícil que en los 70, precisamente porque hay más libertad, porque nada se presenta como necesario. No creo que sea necesario abonarse a la tesis de que la Transición fue un proceso “tutelado” o limitado para aceptar que, en aquel tiempo, existían condicionantes que hoy, venturosamente, no se dan. La Constitución de 1978 fue hija de lo posible, como todas, y el ámbito de lo posible es hoy, quizá, más amplio.

Es claro, por supuesto, que el más radical de los disensos es el que afecta a la definición misma del constituyente, que es precisamente lo que el problema catalán pone en cuestión. Por eso mismo la solución del Partido Socialista es, a mi juicio, errónea, al menos en el plano conceptual: el problema que plantea Cataluña no se puede tratar, en rigor, desde la Constitución o través de una reforma de la Constitución. Es posible que la búsqueda de un tratamiento jurídico de la cuestión exija un cambio constitucional, pero no será, en su caso, un cambio en la Constitución, sino de constitución. El problema que se plantea en Cataluña tiene un cariz pre-constitucional, en tanto es definición del propio constituyente. Para reconducirlo a una cuestión tratable mediante una reforma constitucional, es preciso un tratamiento previo, es preciso resituarlo. Es preciso, en pocas palabras, partir de que Cataluña seguirá siendo parte de España.

Se dirá, con buen criterio –asumo que con el criterio que sostiene el Partido Socialista- que la respuesta a si se quiere o no formar parte de España dependerá siempre de qué España se proponga. Dicho de otro modo, la reforma constitucional sí puede ser una vía de tratamiento del problema, en cuanto, precisamente, crearía las condiciones en las que la respuesta puede ser afirmativa. Esto, que es lógico, supone, a mi juicio, un error político; la reproducción, a otra escala, del mismo error cometido en 1978. ¿Tiene sentido pedir de Cataluña un posicionamiento ex ante, una expresión de voluntad? A mi juicio, lo tiene. Si se cree, verdaderamente, que el empeño es imposible y, por tanto, la reforma, sea la que sea, no cerrará el debate o, peor aún, lo cerrará en falso, no es que no merezca la pena acometer la reforma constitucional, es que podrá acometerse desde claves muy distintas.

España puede diseñarse para acomodar a Cataluña… o no. Y ello dependerá en buena medida de lo que quieran los catalanes y el resto de los españoles estén dispuestos a aceptar. Ciertamente, puede defenderse la inconveniencia de alterar en absoluto el marco institucional, pero no parece tener excesivo sentido avenirse a alterarlo y alterarlo gravemente, para resolver un problema que puede no tener solución, y parece contradictorio que quien la busca –la solución- se conforme sin explorar esa posibilidad. Hemos de saber si el empeño es inútil. La cuestión catalana debe ser tratada por derroteros diferentes. Hay mil razones para reformar la Constitución, todavía no puede concluirse que Cataluña sea una de ellas.

lunes, 28 de octubre de 2013

Rigoberto o el escapismo


En "El Héroe Discreto", la última novela de Vargas Llosa aparece toda una serie de viejos conocidos del universo vargallosiano: el sargento Lituma y los Inconquistables y, sobre todo, don Rigoberto -el de los Cuadernos- y su muy literaria familia, compuesta por su segunda esposa, Lucrecia, y el inquietante Fonchito, el niño que se obsesionaba con su madrastra y los dibujos de Egon Schiele y reaparece hecho ya un mocito, pero igual de peculiar.

En este libro, Vargas nos presenta muy a las claras a Rigoberto como el esteta escapista que es. Busca su sustento como abogado bien posicionado de una importante empresa de seguros pero, en cuanto puede, huye a refugiarse en un mundo de belleza en forma de libros, música culta y grabados (eróticos, por más señas). El estudio de Rigoberto en su ático limeño se nos aparece como una especie de atalaya, una suerte de torre de marfil donde rigen otras reglas, donde nada rompe la paz y el goce estético. A refugio de la grosería, la ordinariez y el mal gusto que, próspero o miserable, no importa la época, parecen siempre campar por sus respetos en el Perú (o España, tanto da). En su ático, Rigoberto anhela volver a una Europa que, desde Lima, parece antojársele una arcadia; la Europa, claro está, de sus ciudades literarias y de los museos donde cuelgan los cuadros de esos pintores que le fascinan.

Esa "huida hacia la belleza" es una cierta constante en la obra de Vargas. Me viene a la cabeza, ahora mismo, el protagonista de "Travesuras de la Niña Mala", cuyo solo afán era vivir en París. Vivir viendo París. Qué hacer para lograrlo es secundario, posiblemente algo convencional – en la novela, ser traductor para la UNESCO.

Estos personajes vargallosianos son algo así como exiliados interiores. Ajenos a un mundo que desprecian o que, en el mejor de los casos, les es indiferente, donde, todo lo más, buscan el imprescindible sobrevivir. No es, necesariamente, que no se desenvuelvan con soltura en el mundo exterior -Rigoberto, sin ir más lejos, es buen abogado, probo y alto funcionario, de plena confianza, en la aseguradora que le mantiene y a la que ofrece su máxima lealtad profesional- pero ahí no pasan de cumplidores; su querencia está en otro lugar. La alta cultura, la cultura con mayúscula ofrece un universo paralelo al que se huye, al que se escapa en cuanto se puede.

Rigoberto y compañía no son, desde luego, revolucionarios de ninguna clase. Les asquea, sí, el mundo –llamémosle real- en el que viven, pero no muestran interés alguno en cambiarlo. Lo dejan por imposible. No buscan, en su viaje estético, inspiración para acción de clase alguna fuera del mundo virtual, no tienen interés en desarrollar una actividad intelectual o en difundir ningún mensaje. Son estetas puros. La belleza y el solaz que proporciona se erigen en fines en sí mismos. ¿A quién le interesa este mundo feo cuando se puede gozar de uno mucho más hermoso sin más que asomarse, pongamos por caso, a los cuadros de Schiele? El alegato de que el mundo de los cuadros no existe es, por supuesto, mucho más que discutible. ¿O acaso no obtiene Rigoberto placeres sin cuento de la contemplación de sus grabados eróticos? Si se quiere decir, por ejemplo, que las mujeres que contempla y con las que fantasea carecen de encarnadura, se podrá estar de acuerdo, de ahí a afirmar que “no existen” media un trecho. De ciertos personajes literarios –por seguir con los ejemplos- se pueden predicar casi todas las virtudes de las compañías supuestamente reales y casi ninguno de sus defectos, lo que, no se negará, es una enorme ventaja.

El rigobertismo –seguro que la actitud de don Rigoberto conoce precedentes y cuenta con denominaciones más precisas, pero así nos entendemos- es muy tentador. Que este  mundo, llámese “real” conforme a las convenciones, no es buen lugar para espíritus sensibles es cosa que merece poco comentario. No es tanto que el mundo sea un lugar malo. Es, sobre todo, que es un sitio feo. La vida, ya se sabe, es dura. Pero no es esto lo peor, lo peor es que, buena parte del tiempo, es desagradable. Estéticamente desagradable, quiero decir. Cualquiera que se asome, día a día, a los periódicos españoles, pongamos por caso, aparte de un lenguaje muchas veces basto y feo en sí mismo, se topará con un espectáculo muy ordinario, de mal gusto. Nuestra vida pública es así, grosera, bajuna, poco agradable. Y lo es a casi todos los niveles, para qué engañarnos.

Uno se pregunta si, más que buscar lo que difícilmente se va a encontrar y, sobre todo, más que cambiar lo que difícilmente tiene arreglo, no será mejor aplicarse a buscar un refugio rigobertiano. Construirse un pequeño espacio para poblarlo de cosas de verdad bellas y volver a él cada vez que no se pueda más, o cada vez que se pueda, simplemente. Igual esto es escapismo. Hedonismo, si se quiere. Pero no se me negará que es tentador, sí.

 

jueves, 10 de octubre de 2013

Martín de Riquer y el afán de erudición


Bonito homenaje de Mario Vargas Llosa a Martín de Riquer este pasado fin de semana (véase aquí). El decano de los académicos falleció hace unos días dejando tras de sí una obra ingente. Martín de Riquer dedicó lo mejor de su vida a las literaturas romances medievales. Era sabio en castellano y catalán, pero también en francés o provenzal. Ninguna voz de la romanía le era ajena. Al caso, Vargas Llosa, en cumplido a Riquer, le califica de “erudito” y lo incorpora a la nómina de los Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Borges, Ortega y demás. Ciertamente, si alguien puede ser llamado “erudito”, ése era Martín de Riquer. Un hombre que sabía mucho de muchas cosas. Ser erudito, en sí, ser instruido, no puede ser mala cosa. El calificativo es elogioso, a primera vista, y, sin embargo el propio Vargas Llosa se siente obligado a matizar que lo usa en tal sentido, que Martín de Riquer no era un acumulador de saberes inconexos, sino un verdadero sabio. No tenía solo información, sino conocimiento. La cautela viene a cuento porque la erudición tiene muy mala prensa en estos tiempos en los que hay pocos eruditos y la especie tiene toda la pinta de estar en vías de extinción.

Que ser erudito, incluso limitándose a un campo concreto de materias, por ejemplo las humanísticas, es crecientemente difícil parece poco discutible. Los hombres del Renacimiento, si de verdad existieron, habitaron, en efecto, el Renacimiento, cuando el cúmulo del conocimiento humano era menos pesado. Dejémoslo en que hoy habrá que contentarse con una cultura sólida, si se puede.

Ser verdaderamente erudito es empeño difícil, pero la aspiración sí podría existir. Ahora, lo que no parece haber es afán de erudición, sino todo lo contrario. La erudición, el conocimiento enciclopédico, no parece algo valioso sino más bien al revés. La educación formal, al menos la educación formal en España no solo no parece promover un amplio espectro de conocimiento sino que hace lo posible por impedirlo. En primera instancia, por supuesto, por el principio de especialización, que tiene su manifestación más clara, en la etapa superior, en la proliferación de grados y titulaciones. Antaño, todo el saber humano se agrupaba en pocas divisiones generales, de forma que, cualquiera que fuera la especialidad de cada cual, los currículos eran en buena medida comunes entre materias consideradas afines. Hoy, ocurre lo contrario. Ciencias y letras  son ya bastante estancas entre sí –dando lugar al falso problema de las “dos culturas”-, pero lo mismo va sucediendo dentro de cada uno de los ámbitos, entre sus crecientes subdivisiones. Si a eso se añade el empobrecimiento progresivo de la secundaria que proporcionaba un sustrato común, siquiera en unos mínimos, se concluye que quien desee tener no ya conocimientos profundos sino simplemente una perspectiva razonable de lo que antes se tenía por cultura exigible tendrá que luchar contra la estructura de cursos, asignaturas y exámenes que conforman el plan educativo. Por lo visto, alguien ha decidido que tomas apuntes en la escuela, pero estudias en tu tiempo libre.

 

Pero es que, más allá de todo lo anterior, el saber cosas es, parece, tenido por inútil. Supongo que se piensa que la evidencia de que nadie sabrá jamás tanto como querría convierte el empeño en absurdo desde el principio (afortunadamente, los médicos no enfocan igual su batalla, también perdida de antemano, contra la muerte).  No hay, por tanto que saber cosas, sino tener destrezas, dicen. La tesis viene reforzada por la accesibilidad de los datos; merced a la tecnología de la información, ésta no solo es infinita, sino que está inmediatamente disponible; por tanto, el saber cosas es más inútil que nunca, porque la inutilidad alcanza incluso a esas cosas que, por instrumentales, antes era necesario conocer.

Y, sin embargo, ¿cuándo fue más patente que información y conocimiento no son iguales? Al menos en el ámbito de las ciencias humanas, nada indica que la excesiva especialización sea positiva. Ciertamente, es difícil encontrar algo de bueno –y hasta se puede encontrar de malo- en la mera acumulación de datos, pero eso no es erudición en el buen sentido. Para que pueda hablarse de erudición, los conocimientos deben estar conexos entre sí. Afán de erudición y afán de entender bien pueden ser la misma cosa. Personalmente, dudo mucho que los fenómenos sociales puedan ser entendidos sino observándolos desde diferentes perspectivas, y esas perspectivas solo pueden ocuparse desde distintos ámbitos. Uno se topa demasiado a menudo con excelsos especialistas en nada.

Ya no hay, seguro, marañones. Y es poco probable, casi seguro, que vuelva a haberlos. No es fácil que surjan nuevos Martín de Riquer. Perseguimos al conocimiento, pero éste se expande más rápido y, como en la fábula, bien puede ser que, cuanto más corramos, más nos demos cuenta de que la fracción de lo sabido es más insignificante que nunca. Pero esa aparente paradoja es el mejor recordatorio de lo inseguro de nuestro conocimiento. Solo el afán de erudición, las ganas de saber cosas, nos puede poner ante la evidencia de lo poco que sabemos. Se erige en la mejor fórmula para combatir la falsa seguridad que provee la especialización excesiva: sí, vemos cada vez más claro, pero no nos damos cuenta de que ello se debe a que estamos cada vez más cerca del objeto estudiado y, por ello, vamos perdiendo perspectiva. ¿Puede ser buena la duda? ¿Es buena la inseguridad sobre el propio conocimiento? ¿No es absurdo decir que puede merecer la pena leer miles y miles de páginas solo para tener una mejor intuición de lo que no se sabe? Solo en apariencia. Precisamente, el acúmulo de conocimiento enseña que la inseguridad es connatural al mismo, al menos cuando de conocimiento del hombre sobre el hombre se trata. La inseguridad que genera la ignorancia informada es incómoda, pero es mucho menos peligrosa que la seguridad que ofrece esa ignorancia genuina que pasa por conocimiento profundo. 

La erudición, o el afán de erudición, no sería, entonces, un lujo innecesario –como todos los lujos- sino un método imprescindible. Ser Marañón es, probablemente, imposible en estos tiempos. Querer serlo de algún modo se antoja, sin embargo, necesario.