miércoles, 28 de noviembre de 2012

El régimen no va a cambiar

Soledad Gallego-Díaz aventuraba en El País este domingo una tesis curiosa, a partir de ciertas actitudes detectables en, creo, Alberto Ruiz-Gallardón. Según la periodista, el PP podría haber iniciado, e incluso estaría ufanándose de haber iniciado, la demolición del antiguo régimen, una revolución conservadora encaminada, ahora sí, a acabar con el aparato jurídico-institucional y de prestación construido a lo largo de los más de veinte años que, en democracia, ha habido gobiernos socialistas (implícitamente, por supuesto, la autora atribuye a los socialistas casi cuanto de bueno tiene el sistema, pero eso va de suyo). Gallego-Díaz llega incluso a hablar de una suerte de revolución thatcheriana, es decir, que nos encontraríamos al inicio de un giro tan copernicano como el que Lady Thatcher  impuso al Reino Unido.

Creo que Gallego-Díaz exagera notablemente. Para operar una revolución thatcheriana hay que tener los redaños de una Thatcher, cosa que los políticos del PP, salvo, quizá, Esperanza Aguirre, distan mucho de tener. Pero no es solo falta de cuajo. Es que el PP no tiene ningún interés en remover verdaderamente los cimientos de lo que la autora califica –o califico yo, no sé- con mucho acierto de “régimen”. En mi opinión, el PP, a salvo de matices o de las inevitables constricciones que imponen las urgencias presupuestarias, no hará nada serio por cambiar un modelo en el que nada como pez en el agua. Lo recortará lo imprescindible cuando ande justo de dineros, nada más. Y eso cuando ya no pueda exprimir más al sufrido contribuyente. El espantajo del “que viene la derecha” en sus variadas formas ya está muy gastado. En efecto, la derecha viene y, cuando llega, se notan más bien poco las diferencias.

Que no se engañe Gallego-Díaz. El sistema está a muy buen recaudo, en manos de los socialistas de todos los partidos. Su mejor garantía de funcionamiento es la imbricación, el enraizamiento de los aparatos de los partidos en la estructura institucional del Estado, que hacen de la estructura de éste un elemento nutricio básico para aquellos. Si la arquitectura jurídico-institucional del Estado y su carácter prestacional variaran significativamente, los partidos políticos entrarían en una profunda crisis –no funcional, es decir, no relativa a sus capacidades para realizar sus funciones constitucionales, sino interna, como organizaciones-. Los partidos nacieron como mediadores entre la sociedad y el estado, pero han capturado al segundo término, de suerte que ya no son mediadores, sino estructura estatal pura y dura. Ello sin contar con que la socialdemocracia, a menudo quejosa, en realidad debería quejarse de que se ha quedado sin programa por realización del anterior. El programa socialdemócrata, en España y en otros países, está constitucionalizado, petrificado y, prácticamente, fuera del lícito debate. Cualquiera que, pongamos por caso, se atreviera a cuestionar la existencia del sistema básico de prestaciones del estado-providencia se colocaría no ya en un punto u otro del continuo izquierda-derecha, sino sencillamente fuera de él.

Esas razones, por sí, bastarían para aquietar los miedos de quienes no se imaginan una vida sin el aparato socialista. Pero hay más. No existe, en el PP, un apetito ideológico real por atacar las bases del sistema. La derecha conservadora y el socialismo no andan tan lejos en muchas cosas. Por eso fue tan fácil, en España, transitar del franquismo al socialismo. Y la derecha conservadora es, de las almas del PP, la predominante.

No hay miedo, pues. El partido lo vamos perdiendo, por goleada, quienes sí queremos, de veras, una voladura controlada del antiguo régimen. Quienes sí queremos que España cambie de veras, profundamente, desde sus bases.

Margaret Thatcher cambió la faz del Reino Unido, cierto, pero su revolución hubiera sido, probablemente, imposible en otra parte. Años de estatismo laborista no habían conseguido terminar de laminar un sustrato básico que convertía el suelo inglés en propicio para el arraigo del ideario thatcherista. Si la primera ministra pudo establecer un diálogo, hacer una propuesta al país que fue escuchada y avalada por sucesivos triunfos electorales fue porque nunca dejaron de darse allí ciertas condiciones. La primera, desde luego, lo que podríamos denominar una dignidad ciudadana, resultado de siglos de pedagogía de las libertades, por las que el ciudadano no se ve a sí mismo en mera posición de cliente. Apenas rascados el moho y el orín socialistas es fácil conectar con una sociedad a la que le gusta sentirse dueña de su destino. La segunda condición es que nunca, jamás, en la historia inglesa las instituciones han llegado a ser prisioneras de nadie, o son superiores a todos. Esto tiene algo paradójico por cuanto son las democracias más viejas, las más establecidas, las que cuentan con mayores tradiciones las más capaces de evolucionar, las que menos se anquilosan. La paradoja no es tal, es que los mecanismos del cambio funcionan. Quien, legítimamente, gana unas elecciones, si tiene un programa, puede realizarlo merced a la capacidad de cambio que ofrece el imperio de la ley, la certeza de que los mecanismos funcionarán y de que las decisiones parlamentarias y administrativas serán obedecidas.

Soledad Gallego-Díaz y quienes piensan como ella pueden vivir tranquilos. Nunca habrá en España una verdadera revolución liberal. Nunca serán removidos de nuestra mentalidad los efectos de la pedagogía del “gratis total”. Nadie quiere, en el fondo.

martes, 13 de noviembre de 2012

Los escenarios extremos no son necesariamente los peores

La crisis del euro y la crisis de Cataluña, y sus posibles desenlaces extremos, esto es, la ruptura de la moneda única y la secesión del Principado, presentan múltiples puntos de conexión para quien suscribe, aparte de la mera coincidencia temporal y la relación, si no de causalidad, sí de evidente influencia de la primera respecto de la segunda, si hemos de atender a los comentaristas que quieren ver en la crisis económica el caldo de cultivo del descontento que anima el independentismo.

En ambos casos, ocurre que el desenlace extremo es tildado por muchos de “imposible” o, cuando menos, nada probable, y ello por una serie de razones muy sensatas, a saber, que como se trata de eventos muy dañinos para la mayoría, amén de ser escenarios técnicamente muy complejos, sencillamente, no sucederán. Los políticos europeos harán lo que se precise para salvar la moneda común y los nacionalistas catalanes “moderados”, a última hora, darán un quiebro para eludir el precipicio, o los políticos "españoles" ofrecerán una transacción que permita la vuelta a los cuarteles de invierno. En resumidas cuentas, la razón se impondrá. No digo yo que no sea así. Pero me pregunto si semejante punto de vista no tiene algo, de panglossiano. Al fin y al cabo, si de algo está llena la historia –la general y la de España, en particular- es de abundantes pruebas de que la irracionalidad campa a menudo por sus respetos, sobre todo cuando, de un modo u otro, están involucrados en el asunto la religión, el nacionalismo o ambos.

Supongo que muchos años de tira y afloja, tanto en la Europa comunitaria como en esta España de nuestros pecados nos han acostumbrado a asimilar las dinámicas políticas a dinámicas negociales. Pero no lo son. O dejan de serlo cuando las cuestiones a debate rebasan los bordes de las moquetas que pisan las tecnocracias que creen tener las cosas bajo control, que creen estar al mando. Que creen que todo lo pueden pesar y medir.

La segunda cuestión en común es que ni uno ni otro proceso admiten como solución, ya, la mera prolongación del estado actual de cosas indefinidamente en el tiempo. Si, para Cataluña, pasó el tiempo de la conllevancia en su relación con el resto de España, el euro requiere imperativamente que se solventen sus fallas de diseño inicial o ser sustituido por otras divisas que resulten viables sin necesidad de otros elementos de integración, sean éstas puramente nacionales o compartidas en el seno de áreas más reducidas.

Hay, sí, importantes diferencias en cuanto a por qué uno y otro proceso han llegado a esta especie de punto de ruptura. Mientras que el euro padece un pecado original, un error asumido de planteamiento, la cuestión catalana se encuentra en este estado tras consumir una serie de etapas que no necesariamente presentan entre sí una hilazón coherente, que no necesariamente dan una idea de orientación. En otras palabras, mientras que el euro solo podía funcionar, como es, a condición de que no sucediera ningún acontecimiento que aflorara sus defectos congénitos, Cataluña pudo haber tenido, en varios momentos de su historia, un satisfactorio encaje con el resto de España. Ha sido la gestión del proceso hasta aquí la que lo ha hecho imposible hasta hoy.

Y la tercera similitud relevante es que, asimismo en ambos casos, los escenarios que he llamado extremos (insisto: ruptura de la moneda única y secesión de Cataluña –que es otro modo de llamar a la ruptura de España-), siendo indeseables no son los peores posibles. A menudo, cuesta explicar esto sin que a uno le tilden de rupturista. Personalmente, no deseo en absoluto que vuelva a haber pesetas, dracmas y marcos y, menos todavía, que haya fronteras en el Ebro. Pero no, no creo que un mundo en el que esas cosas sucedieran sea el peor de los mundos posibles necesariamente.

En cuanto a lo primero, creo que son concebibles casos en los que el mantenimiento de la moneda única en ausencia de instituciones que la complementen sea claramente peor que su ruptura, si no total, sí para países concretos. El caso griego me parece ya patente, pero podría haber otros, sin descartar el español mismo, si no ahora, sí en un futuro. Evidentemente, el razonamiento exige que, cuando se afirma que un escenario es “mejor” o “peor” se especifique “para quién”. De nuevo, en el caso griego, es posible que la destrucción absoluta de ese país siga siendo, para sus acreedores, preferible a una posible reconversión de su deuda en dracmas; pero es evidente que yo adopto el punto de vista de los griegos, en este caso: de los griegos que trabajan y pagan impuestos y, por tanto, sufrirán el ajuste tome este la forma que tome. No creo que, para esta gente, la respuesta sea ya obvia. Sí que creo que, para sus homólogos españoles –la clase media nacional que paga los impuestos y soporta los ajustes- sí resulta aún obvio que una ruptura del euro sería peor, pero no está escrito que ello sea así indefinidamente.

En cuanto a lo segundo, un escenario con dos estados, siendo seguramente perjudicial para todos -por muy bien avenidos que estén-, es quizá mejor que un único estado imposible, que un intento de acomodar a quien no quiere ser acomodado. No tiene sentido perseverar en hace aún más compleja una estructura que ya ha demostrado su incapacidad para resolver el problema para el que fue concebida. Si no es posible encontrar una solución simple y viable, habrá que admitir que no hay solución. O que la solución reformista es más onerosa que la rupturista. De nuevo, hay que preguntarse aquí para quién, y he de admitir, porque no es evidente, que pienso aquí en los españoles en su conjunto -y, por tanto, en los catalanes, pero no en tanto que catalanes, sino en tanto que españoles. Si la ruptura del estado es un drama, la "belgización", la reducción de un estado a una ficción jurídica, puede resultar un absurdo aún peor.

En absoluto está escrito que los escenarios extremos sean inevitables –antes al contrario, hay que apostar porque el sentido común ha de prevalecer y, por tanto, debe ser cierto que son improbables- pero su carácter rupturista no los convierte, necesariamente, en el peor de los mundos posibles. Hay mundos peores o, al menos, tan malos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Europeos ante todo

Todo apunta a que el debate sobre la consulta catalana o, más en general, el de una eventual separación de Cataluña del resto de España gira en torno al eje de la pertenencia de Cataluña a la Unión Europea. En primera instancia porque, parece, eso es lo que Mas quiere preguntar al electorado, esto es, no si el personal quiere que Cataluña se independice –el “de España”, sobraría porque no se ve bien de quién o qué se independizaría Cataluña si no- sino si “desea” (sic) que Cataluña sea “un estado de la UE” o cosa por el estilo, lo que, evidentemente, no es lo mismo. Pero es que, por su parte, aquellos que quieren advertir a los catalanes de que la separación es la vía más segura hacia las penas del purgatorio asimilan ese purgatorio, si no el mismo infierno, a la “no Europa”, a la salida de la UE que, según dicen, iría anudada a la separación de España.

El debate jurídico es, sin duda, muy interesante. La comisaria Reding avala la tesis del gobierno español de que “fuera de España, no hay Europa” –a los políticos les encanta esto de tomar partes por todos- siempre que la independencia de Cataluña fuera “unilateralmente declarada”. Pero la cosa es más enjundiosa. De entrada, quiero suponer que el sentido común no se ha perdido del todo en el Principado, ni en el resto del país y, por tanto, que habría que partir de la hipótesis de que la independencia, de ser, no sería “unilateralmente declarada”, sino conforme a derecho constitucional español e internacional. En suma, confío en que supiéramos mostrar al mundo que aún sabemos lo que media entre un absurdo y una salvajada. Si se excluyen los exabruptos, el análisis debería variar. Parece ser que los sensatos juristas del Parlamento de Westminster, a propósito de Escocia, concluyen que no tienen nada claro cuál sería el escenario derivado de una secesión de aquella parte del Reino Unido. No es que no tengan claro que Escocia pudiera seguir siendo parte de la UE, es que se les plantean dudas sobre la continuidad en la misma de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. Todo dependerá, claro, de si se entiende que, en efecto, Escocia se separa del Reino Unido o, más bien, éste deja de existir. Se asume con naturalidad la continuidad de España, o del propio Reino Unido, perdiendo de vista que en absoluto tiene por qué ser así. Bien puede ocurrir que, en el lugar del estado desaparecido, surjan dos de nuevo cuño. Supongo que es la desproporción territorial y de población –más abrumadora aún en el caso del resto de los países que forman el Reino Unido que en el caso del resto de España- la que lleva naturalmente a pensar que el “resto” debería conservar la personalidad jurídica internacional del todo, pero ejemplos hay de escisión en dos o más personalidades diferenciadas. Checoslovaquia, sin ir más lejos.

Pero no me interesa ahora entrar en las honduras jurídicas del proceso de secesión y sus consecuencias –por falta manifiesta de capacidad, entre otras cosas- sino subrayar cómo la cuestión europea sigue imprimiendo carácter. Hace unos días, en una conferencia brillante, Miguel Herrero motejaba el europeísmo –o euroentusiasmo- de los españoles de “acrítico”. Un punto infantil, añado yo. De nuevo, el complejo de ser español exacerbado en los españoles que no quieren serlo. En Escocia, la cuestión de la permanencia o no en la UE parece que se percibe como algo que podríamos calificar de técnico; evidentemente, de suma importancia, puesto que tiene una gran influencia en la vida del futuro país –e incluso puede condicionar su viabilidad económica- pero cuestión técnica al cabo. El ser o no ser de Escocia no depende de su “carácter europeo”, cosa que, por otra parte, en absoluto depende tampoco de su integración, o no, en la UE. Los escoceses se reconocen como escoceses y eso es lo que quieren ser. A partir de ahí, lo demás son consecuencias; si uno es escocés será –de momento- británico y, por extensión, europeo. Pero, como mera consecuencia accesoria, no parece que el asunto merezca mucho debate en sí.

En el caso catalán, por supuesto, la dimensión técnica también está presente. Solo una independencia con vínculo europeo es una independencia presentable como indolora y, por tanto, potencialmente aceptable, o eso parecen sospechar los promotores de la idea. Pero existe también esta dimensión sentimental tantas veces citada. No se hace este viaje para encontrarse en las tinieblas de la pesadilla española por excelencia: la no Europa, la materialización del más horroroso complejo de inferioridad. En el peor de los escenarios, una Cataluña extramuros de la Unión con una España dentro –la España mesetaria, la España africana- haría añicos el discurso de la superioridad relativa de la Cataluña “naturalmente” europea, solo circunstancialmente apartada de su ámbito propio por épocas en razón, precisamente, de su vinculación a esa España apartada del curso de la modernidad. La vergüenza de ser sur se haría, entonces, demasiado patente. No parece una imagen tolerable para ciertos espíritus sensibles.

Se da así que la estatalidad propia se predica como una necesidad absoluta, algo así como una etapa de madurez necesaria para el pueblo en cuestión. Un pueblo sin estado es un pueblo capitidisminuido. Cuando se quieren poner didácticos, los políticos nacionalistas dicen que su estatalidad truncada les impide “hacer cosas”. Cosas buenas, se entiende. Pero esa necesidad no es tal ante el proceso de integración europea. El problema, pues, no es ceder soberanía, sino a quién se cede. Mientras que un independentista escocés quiere ser escocés, un independentista catalán parece que lo que quiere es no ser español, dándole, en realidad, un poco lo mismo lo que sea.

Los altos designios, el proceso histórico, la misión de algunos en esta tierra quedan así un poco venidos a menos, la verdad. Como en una suerte de cuita doméstica menor.

viernes, 26 de octubre de 2012

Crisis en el socialismo

La menesterosa posición del Partido Socialista, evidenciada en sus malos resultados electorales en el País Vasco y Galicia, puede atribuirse a que aún no se han superado los devastadores efectos que la crisis económica tuvo sobre la reputación del partido gobernante al tiempo en que se instaló entre nosotros. Parece que ha pasado un siglo pero, en realidad, el PSOE gobernaba ayer mismo. El electorado es olvidadizo, pero no tanto. El PP debe aún acumular unos cuantos deméritos más para que un número suficiente de ciudadanos se empiece a plantear seriamente franquear el paso a su oposición.

Pero esto no es una mala lectura, al fin y al cabo. Puede que lleve tiempo y, probablemente, cambios necesarios, incluso más de uno, en una dirigencia que, hoy por hoy, aún aparece absolutamente ligada a ese tiempo que se quiere superar. Pero, ya digo, si fuese eso, meramente, sería cuestión de esperar. A buen seguro, el centro derecha debería acusar el desgaste y, algún día –casi seguro que más cercano por lo que hace al gobierno de la Nación que en los niveles más bajos- sería posible un nuevo cambio. En suma, la travesía del desierto –esa figura que gusta tanto a los periodistas- durará lo que dure, pero se llegará al vergel algún día.

El problema es que esa lectura puede ser en exceso generosa. Vista así, por grave que sea, la crisis del socialismo sería siempre coyuntural, no existencial. Pero existen indicios de lo contrario, de que el PSOE tiene un problema estructural, de modelo.

De un lado el socialismo español no es ajeno a los males que aquejan a la socialdemocracia con carácter general, al menos en Europa. Constitucionalizada buena parte de sus objetivos a través de la sacralización del estado de bienestar, la socialdemocracia muere de éxito. Está privada de discurso. La evidencia de que buena parte de las políticas, quizá las más notorias, no cambian cuando gobierna el socialismo lleva a algunos a hablar de crisis de la izquierda o, incluso, de ocaso de las ideologías. En realidad, no es así. Ciertamente, hay una crisis de la izquierda, pero no se trata de un ocaso de las ideologías, sino de algo mucho más peligroso. El armazón ideológico, errado o no, pero robusto que sustentaba el edificio de la socialdemocracia se rellena ahora con una masa informe de ismos de todo pelaje, amalgamada con lo que queda de la vieja cosmovisión, aquello que el contraste con la realidad no ha podado. Los intentos de teorizar, de dar una pátina de respetabilidad a esto, más a través de imágenes evocadoras –como las famosas alusiones a la liquidez de la modernidad y los principios- que de conceptos sólidos apenas logran encubrir una menesterosidad patente.

El PSOE de Zapatero se convirtió en punta de lanza de este reinventarse deshaciéndose, licuándose, deshilachándose. De este proceso de sustitución de un aparato intelectual por un mosaico en el que las teselas apenas encajan. Y el caso es que hubo un tiempo en que pareció funcionar y todo.

Pero es que además, y ya en clave puramente española, a la crisis del modelo ideológico se unió lo que se revela ahora, quizá, como un colosal error de planteamiento estratégico. O, por mejor decir, el error de elevar a rango de estratégico y planteamiento táctico, de corto vuelo. Un buen día, un cerebro privilegiado debió decidir que, en realidad, el Partido Socialista no necesitaba ya ganar las elecciones. Bastaba con perderlas de determinada manera. Y, de nuevo, pareció que funcionaba. La incapacidad aparente del PP para lograr pactos con casi nadie parecía condenarlo, si quería gobernar, a la ímproba tarea de vencer siempre por mayoría apabullante. Suficiente, pues, con evitar ese escenario para, después, hacer gala de lo que el adversario no tenía: cintura. Funcionó de veras, tanto que la cintura parecía ser la parte más importante del cuerpo. Mucho más que el cerebro.

Mientras funcionó, nadie tuvo en cuenta el riesgo implícito en la apuesta. El coste de que saliera mal. Y el coste puede haber sido ni más ni menos que la desaparición del socialismo como fuerza política verdaderamente nacional. Como es obvio, la “capacidad de pacto”, la “flexibilidad” no es otra cosa que la capacidad de renunciar a ciertos elementos del propio discurso. Eso no es malo en sí, cuando no se lleva demasiado lejos. Había un riesgo de equivocarse y el resultado es catastrófico.

Sea o no la alternativa preferida por cada cual, se podrá convenir en que una democracia hemipléjica es menos democracia. Hay quien encuentra el bipartidismo detestable. Pero el monopartidismo lo es aún más, supongo. La democracia española necesita un marco de alternancia. Y, con el PSOE en su actual estado, es legítimo pensar que la alternancia en el gobierno puede fácilmente tornarse en un viaje hacia incógnitas muy graves, hacia cambios de sistema. No se sabe dónde está el socialismo respecto a cosas muy relevantes. Eso es malo para sus electores y para los ciudadanos en general. Muy malo.

jueves, 25 de octubre de 2012

Premios y manías

En las redes sociales y foros –que es donde últimamente pasan las cosas- se debate sobre la actitud demostrada por el escritor Javier Marías al rechazar el Premio Nacional de Narrativa, que le había sido concedido hoy mismo. Si el que avisa no es traidor, ciertamente, el jurado debió saber a qué atenerse a la hora de elegir su galardonado, puesto que, parece, Marías rechaza sistemáticamente cuantos premios estén sufragados con recursos públicos nacionales. De alguna cosa que he leído deduzco que, llegado el caso, rechazaría el Cervantes, pero ello no está tan claro en el caso del Nobel, toda vez que este premio es sueco. Personalmente, considero a Marías más probable premiado con el Nobel que con el Cervantes, pero bien podría concedérsele cualquiera de los dos, e incluso ambos.

La coherencia es una buena cosa y cada cual es libre de conducirse como tenga por conveniente.

Albert Boadella y Els Joglars rechazaron en su día el mismo premio en su modalidad de teatro argumentando que, también, rechazaban cualquier reconocimiento que no viniera del público que, como se sabe, lo presta cada noche pasando por taquilla. El argumento es caro a Boadella que, hoy mismo, creo, lo reiteraba en un foro en el que ha participado. A su entender, la aceptación de premios comporta una forma de sumisión, una sujeción del artista a designios distintos de los propios y, por ende, un menoscabo de su libertad creativa.

Respetando la postura del dramaturgo catalán, me parece que tiene un punto de exageración. Los premios, públicos o privados, solo coartan la libertad del autor cuando éste escribe –o crea, más en general- con la mente puesta en el premio, al modo de los poetas que escribían versos para presentarlos en los juegos florales. Una cosa es aceptar premios y otra bien diferente perseguirlos. Habrá, supongo, quien escriba al gusto del comité Nobel o de la Academia Sueca, si es que puede hablarse de tal cosa a la vista de la nómina de premiados, pero imagino que serán los menos.

Miguel Delibes recibió todos los premios relevantes de la literatura en español, si mal no recuerdo, y no creo que ello influyera jamás en su creatividad. Me cuesta imaginarme a Delibes escribiendo para agradar a nadie más que a su lector modelo –ese que, según Eco, es el destinatario de toda obra escrita, consciente o inconscientemente-. Rafael Sánchez Ferlosio, a decir de algunos el mejor escritor vivo de la lengua castellana, es Nacional de Ensayo y Cervantes, y éste sí que me da la sensación de que, al tomar la pluma, no toma en consideración más que su santa voluntad. Tampoco tiene mucho sentido plantearse que se pueda presionar en modo alguno a un escritor cuando se premia una obra ya publicada que el interesado ni siquiera ha propuesto él mismo para ser premiada.

Tiene razón Marías en que los grandes premios de la lengua castellana se han honrado con excelentes escritores, pero han dejado a muchos otros fuera y, lo que es peor, también han recaído en autores mediocres. O sea, que no sabe uno por qué sentirse más halagado, si por la concesión o por la preterición. Supongo, sí, que hay premios que, dejando al escritor de turno extramuros, le conceden vitola de rebelde, de maldito, le ayudan a vender libros, en suma.

No termino de ver, la verdad, el valor de la postura. No veo qué hay de criticable en la aceptación del premio –si es por la dotación económica, siempre se puede aceptar el galardón pero no su monto o donar lo obtenido, incluso al Estado- ni de noble en su rechazo, siempre que vengan de instituciones dignas y jurados competentes. Es más, hasta parece cosa de buena educación... Y conste que Marías ha mostrado su reconocimiento y dado las gracias, eso sí. Creo que la tesis de Boadella es extremosa, en particular.

Puede que haya quien piense –bueno, a la vista está que hay quien piensa- que el mero hecho de que un jurado conformado en una instancia ministerial diga que le gusta un libro o un montaje teatral tizna. No creo yo que sea  para tanto, la verdad. Si los principios hay que sacarlos a pasear en determinadas ocasiones, va a ser que, más que principios, son manías, muy respetables, pero manías.  

viernes, 19 de octubre de 2012

La educación sentimental

A través de Twitter, gracias a las perlas que iban soltando los asistentes, he podido seguir la presentación que hizo Savater de su libro Ética de Urgencia. El filósofo dijo, por lo que leo, muchas cosas interesantes. Habló de ética, por supuesto, pero también de política y, cómo no, mucho de educación –al fin y al cabo, ¿no se habla de ética y de política cuando se habla de educación?-. Entre las frases para enmarcar, me quedo con dos: “españolizar a los españoles es como lavar a los peces” y “nunca he sido partidario de la educación sentimental, prefiero la educación racional”.

La primera sentencia, por supuesto, además de denotar la facilitad savateriana para el símil, es una andanada contra el ministro Wert y sus más o menos afortunadas declaraciones. La segunda, con sus ecos flaubertianos, enlaza muy bien con la primera y con el pensamiento de Savater en general. Ciertamente, al menos desde mi muy personal punto de vista, cuesta no suscribir ambas afirmaciones y lo que llevan consigo. Yo también prefiero, claro, una educación racional a una educación sentimental y la idea de “españolizar” a nadie me causa una profunda incomodidad.

Pero creo que Wert ha sido tratado algo injustamente –le han llovido cataratas de críticas desde todos los ámbitos ideológicos- y me parece que Savater peca de reduccionista. Cuando oigo hablar de “educación racional” por oposición a “educación sentimental” –aparte, ya digo, de sentir un instintivo impulso de adhesión- me vienen a la cabeza constructos como el patriotismo constitucional habermasiano y otras figuras a través de las cuales los filósofos y pensadores han intentado humanizar a las bestias, dotar de una pátina de respetabilidad a conceptos que, en su  expresión práctica, se han demostrado parteros de tragedias.

La cuestión, me temo, no es la preferencia en abstracto entre una educación genuinamente para la ciudadanía –una educación, en efecto “racional”, encaminada a formar ciudadanos críticos, probables patriotas constitucionales (si eso quiere decir algo)- y una educación sentimental, encaminada a formar masas homogéneas y acríticas que, en ciertos idearios atienden por “pueblos”. La cuestión, enteramente práctica, es cómo afrontar la evidencia de que ese tipo de educación se está practicando, con resultados palpables, en ciertas regiones españolas.

Visto de otro modo, la pregunta es, en realidad, si la educación debe militar en la causa de la defensa del proyecto de una España moderna, cuya unidad se funde no en las viejas nociones –que no dejan de ser trasuntos de las que sustentan las antipatrias de los nacionalistas ibéricos- sino en la adhesión racional de una ciudadanía consciente. En el ideal, España merece existir y existir como es porque es todavía la mejor garantía, nuestro mejor medio, para construir una sociedad democrática avanzada, ese desiderátum que es pórtico de nuestra constitución (que todavía es normativa, como recordaba en una excelente conferencia esta misma semana Miguel Herrero).

A un ideal racional de patria corresponde una educación racional, sin duda.

La grave cuestión es –y de esto Savater conoce mucho- cómo contraponer ese discurso a la realidad de un discurso sentimentaloide triunfante. Algunos observadores ya han apuntado, agudamente, que la causa del neopatriotismo español (perdóneseme el palabro) –que no deja de ser, transmutada, la vieja causa de la tercera España- está huérfana de elementos sentimentales capaces de suscitar esa adhesión que hace número. Los símbolos patrios y el relato esencial que podrían sustentar esa adhesión sin pecar de inaceptable para quienes abogamos por un vínculo de otro cuño quedaron, en buena medida, amortizados por un uso faccioso. E incluso la actualización de ese relato, la épica de la transición, ha quedado desacreditada, inservible, en buena medida, de nuevo, por mal uso.

Da la sensación de que la desigualdad de armas es tal que una de las causas parece abocada al destino de la caballería polaca. En campo abierto, de una parte, discursos y relatos creados a propósito para excitar los sentimientos, apoyados en una simbología evidente y omnipresente que, además, se enraíza en la potentísima explotación del rechazo y del complejo –el ferviente deseo de no ser español, de ser algo mejor, algo más moderno, más elegante, menos casposo, diferente, no se sabe qué, pero diferente; poder ser, en suma, la “otra cosa”, la que sea a la que se refería Cánovas-. De otra parte, una pretensión de apelar a la razón, mediante la denuncia crítica del discurso sentimental, su reducción al absurdo por medios dialécticos y la propuesta de una alternativa, esta sí, racional. Sin himnos ni banderas –o con himnos y banderas, pero como significantes de otras cosas-, algo que no solo se puede sentir sino que, sobre todo, se puede explicar.

Comprendo a Wert. La tentación de intorducir un componente sentimental en la educación es fuerte. Tenemos a Habermas, pero nos embarga la sensación de que, en realidad, necesitamos al Capitán Trueno.

lunes, 15 de octubre de 2012

Federalismo como fraude

Vengo de pasar un par de días en Bélgica –entre Bruselas y Flandes (ya sabemos que Bruselas es Flandes, pero…)- y me desayuno hoy con la noticia de que los independentistas flamencos han ganado el ayuntamiento de Amberes, sempiternamente gobernado por los socialistas, por los socialistas también flamencos, se entiende, porque ya se sabe que, en Bélgica, los socialistas –como todos los demás partidos y como todo lo demás en general- son flamencos o valones, pero no belgas.

Ya he comentado alguna vez cómo Bélgica está aportando un nuevo concepto a la teoría del estado, submateria patologías: la desaparición por disolución. Y la técnica jurídico-formal es el federalismo. Hace unos días reflexionaba –me hacía eco de reflexiones ajenas, más bien, porque no decía nada original- que el federalismo es, por esencia, igualitarista y una técnica de unción, de agregación, de conformación de realidades unitarias a partir de fragmentos. Los estados federales se conformaron en un tiempo a partir de realidades inferiores para crear agregados más potentes, sobre bases inicialmente paccionadas. El vínculo federal, el vínculo jurídico entre territorios, en muchos casos, no solo no se ha erigido en obstáculo alguno para la conformación de identidades nacionales fortísimas vinculadas al conjunto sino al contrario –pocos casos hay más rotundamente ciertos que ese e pluribus unum que los Estados Unidos adoptaron como divisa; de los pluris estados surge el potente unum de una nación que se reconoce como única; en el caso alemán, la nación, claramente, preexistía a la organización que ahora le sirve de ropaje jurídico-político.

La técnica de la federación como herramienta de síntesis tiene su reverso tenebroso, en casos como el belga, en la federación como técnica de vaciamiento. La federación como potente disolvente de un cuerpo antes más o menos unido o mezclado. Los nacionalistas flamencos, especialmente, aplican desde hace muchos años una sutil (inciso: a veces, no tan sutil, como prueban las políticas lingüísticas que se aplican en aquel país, en las mismas narices de la Unión Europea) reducción de Bélgica a la irrelevancia más absoluta, al menos ad intra, procurando que ser belga no signifique nada o casi nada. Es probable que la independencia de Flandes –o la de Valonia- no se declare nunca; y es casi seguro que, razones sentimentales aparte, nunca será necesario. El flamenco o el valón podrán olvidar con toda tranquilidad que es belga. Una vez que se consiga cortar cualquier vínculo de solidaridad fiscal con la otra región, el proceso habrá concluido: los valones serán perfectos extranjeros en Flandes y viceversa.

Tengo la sensación de que esa y no otra es la aspiración de ciertos nacionalistas españoles. De los más inteligentes, al menos. En el País Vasco, por ejemplo, solo la potentísima realidad de la lengua común –y las costumbres comunes- permiten soslayar, a través de los vínculos afectivos que aún se mantienen, la evidencia de que, para un ciudadano vasco, su condición española le alivia ciertos gastos y en nada incide en su realidad diaria. Ésa es, ya digo, la aspiración del separatismo catalán más despierto (cuestión diferente, claro, es que los tontos, que  siempre exceden en número a los inteligentes, ya se encargarán de hacer descarrilar el proyecto, llegado el caso).

La gente más sensata sabe de sobra que no existe nada parecido a la “independencia” en el mundo contemporáneo. Es una palabra que emputece bastante las cosas sin aportar mucho en la práctica. La interdependencia es la regla, por más que la Asamblea de la ONU siga escenificando las viejas liturgias de las relaciones entre unos soberanos que ya no lo son tanto. O sí. No es que hayan dejado de existir soberanos, es que el propio concepto de soberanía ha experimentado un desplazamiento evidente.

La diferencia entre federalismo aglutinante y federalismo disolvente es la que media entre federalismo con lealtad y federalismo sin ella. El constitucionalismo alemán teorizó el cimiento de la unidad a través de la noción de “lealtad federal” (Bundestreue). Bundestreue es el vínculo que liga los entes federados a la realidad federal, que reconocen como superior a todos ellos, por integrar un interés común valioso. La federación deviene, entonces, algo más que un artificio jurídico-organizativo, deviene una realidad política sustantiva. Bélgica es hoy una cáscara y España, para algunos de sus componentes, va camino de ello; Alemania no lo es ni lo será. Los Länder son y deben ser leales a la federación y, por tanto, nunca podrán usar su autonomía para vaciarla.

Bélgica es el epítome de la federación como fraude. El ejemplo más acabado de una irrealidad política. Algunos dirán que así se “salva” el estado. La pregunta es qué es lo que se salva de sustantivo. El discurso de algunos sobre la transacción como mecanismo para permitir que Bélgica “siga existiendo” recuerda al de otros sobre lo que hay que hacer para que tal o cual región “se sienta cómoda” en la estructura estatal española. Afirmar que Bélgica existe, a este paso, terminará constituyendo un abuso del verbo existir. Ciertamente, Bélgica habrá encontrado su salvación, pero como espíritu puro, deviniendo un ente de razón.

Algunos preferiríamos una salvación menos escatológica.