lunes, 31 de diciembre de 2012

El verdadero sur

Escribo desde la tranquilidad de los salones de un parador nacional. Los empleados, muchos más que huéspedes, están atentos a las necesidades de los clientes, pese a que hoy estaban convocados a la huelga. El parador está en el noroeste de España y, como todos los que jalonan la ruta entre Madrid y Galicia –Tordesillas, Benavente, Puebla de Sanabria, Villafranca del Bierzo…-, está amenazado de cierre total o parcial. Por la ventana del salón en el que tecleo, en una torre almenada, puede verse el paisaje, diríase que triste, pero que a mí me parece hermoso, de nuestro verdadero sur.

Creo recordar que la imagen se la debo a ese gran cronista que es Enric Juliana: en España, el verdadero sur discurre a lo largo de la raya de Portugal. La ruta de la Plata es la ruta de la desesperanza. Tierras vaciadas, que no vacías, que han quedado lejos de todo. Justas de oportunidades, el turismo es una de sus pocas bazas. Un turismo, claro, que tiene que ser especial. Precisamente, ese turismo que nos preciamos tanto de buscar, el turismo culto de fuera de estación que busca iglesias románicas, castillos bajomedievales, cocina regional excelsas o estancias lingüísticas para aprender español en el solar de la lengua. Un turismo que representa una fracción magra de esos casi sesenta millones de almas que, según estadísticas, vienen a vernos cada año. La mayoría, para qué engañarse, no se aventuran mucho por el interior; prefieren quedarse panza arriba en las costas… Y que no nos falten.

El verdadero sur, dice Juliana. Y dice bien. La España del desarrollo –ahora parada, pero que ya volverá a tomar impulso- se asemeja al Egipto faraónico, con su estrecha franja de prosperidad rodeada de desierto, pero con dos Nilos: la autopista del Mediterráneo y el Ebro.  Eso y el gran polo excéntrico que es Madrid, unido a los ejes de prosperidad por los cordones umbilicales de las autovías radiales. Fuera de eso todo es sur. Pero el sur geográfico cuenta, al menos, con su propia viveza, con una potencia demográfica suficiente, núcleos urbanos notables y bolsas autónomas de bienestar. Cuenta, además, con la conciencia de sur, propia y ajena, que crea en todos una sensación de imperativo histórico, de injusticia que es preciso reparar sin tardanza. El resto de España se siente, por decirlo así, culpable del atraso secular de su sur propiamente dicho y se aplica a repararlo… Pero nadie se ve impelido a remediar el abandono de ese oeste que es el sur verdadero.

¿Qué sitio le queda en el ajedrez de esta España “plural” a lo que, en suma, no deja de ser España sin apellidos? Será que, andando por tierras del Duero, se pone uno noventayochista sin quererlo. Las cabezas preclaras del Levante dicen que es hora de que este país empiece a pensar con la cabeza y que bascule, de una vez y para siempre, hacia el Mediterráneo. Las inversiones, los planes, los proyectos de futuro, deben orientarse a la productividad, volcándose en esos dos ejes que decía. Cada euro que se desvía hacia lo que no tiene remedio nos aparta de la prosperidad deseada. Y puede que sea cierto, claro. Así lo hicimos durante muchos años. Los años de las grandes migraciones hacia Bilbao, hacia Madrid, hacia Barcelona… Es ciertamente paradójico que los progresistas de la democracia pidan que, de una vez y para siempre, se dé carta de naturaleza al estado de cosas que nos legó la dictadura.

Supongo que es difícil contrargumentar. Todos deberíamos, quizá, irnos a Madrid, o a disfrutar del calorcillo del Levante. Y terminar de vaciar estas tierras, para que queden a merced de esos vientos que erosionan las almenas de esos castillos que los turistas cultivados vienen a ver. Historias de condes, marqueses, fueros y batallas que suenan más a fantasía que a realidad. El relato de nuestro verdadero sur se escribe en tonos épicos, que es el modo en que se habla de las desgracias en que se acrisolan virtudes heroicas.

Tordesillas, Benavente, Puebla de Sanabria, Villafranca del Bierzo, Verín… Olvídense de los puntos cardinales. Tiene razón Juliana: todo eso está en el sur.

Feliz año nuevo.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Filosofía (mínima) de las convenciones contables

Es una reflexión banal, desde luego, pero nunca deja de sorprenderme el aire de barrera real, casi física, que reviste un cierre de año. Al fin y al cabo, algo meramente convencional. A esa convención que es el calendario –el año astronómico tiene, sí, algo más de 365 días, pero no deja de ser un acuerdo eso de designar un “primero” y un “último”- se superpone esa otra convención potentísima que son las reglas de la contabilidad.

Se dice que la contabilidad refleja la realidad económica. Año a año, conforme a las reglas contables, se miden el patrimonio, los resultados y las demás magnitudes financieras. Es más, las normas jurídicas que disciplina la contabilidad dicen algo así como que ésta deberá arrojar la “imagen fiel” de todas esas cosas. Pero lo cierto es que los instrumentos contables no miden la realidad sino que la crean. En efecto, ¿dónde reside, si no, esa realidad mensurable ajena a las propias cuentas? ¿Hay, de veras, otro beneficio distinto del que se desprende de los libros? Cuando se discute sobre cuentas, se discute sobre si las convenciones contables han sido bien o mal aplicadas, no sobre si se ha acertado, o no, al mensurar realidades. Las más de las veces, cuando decimos que una determinada magnitud está “mal” contabilizada, la comparamos… con otra magnitud “bien” contabilizada.

Es verdad que existe una realidad física, extracontable, la realidad del inventario. Pero esa realidad es, como tal, inaprehensible. Ha de ser tamizada por las convenciones para devenir, si se me permite, realidad “real”, realidad contable. Unas cajas en un almacén son eso, unas cajas en un almacén. Solo una vez mensuradas, desmaterializadas y pasadas por las convenciones devienen “existencias”, una magnitud contable con carta de naturaleza. Antes, solo son realidad bruta, precontable, inexistente.

Nuestra vida es un continuo que la contabilidad parcela en ciclos, que nos terminan pareciendo tan naturales como las estaciones. Los ejercicios. El ejercicio contable y las operaciones que han de hacerse a su inicio y a su fin –las que, en suma, terminarán componiendo el resultado del año- son la máxima expresión de la convención. La actividad empresarial, por lo común, se desarrolla de modo indefinido en el tiempo. Su resultado solo sería mensurable, en principio, por diferencia entre lo que se puso y lo que se obtenga. Pero las necesidades humanas y las mentalidades no se avienen fácilmente con semejante estado de cosas. Hemos de adaptar las empresas sin límite temporal a nuestra propia finitud. Por eso, año a año se hace una especie de fin del mundo a cuenta.
Pero la potencia de la convención es tal que es como si el mundo acabara de veras, como si entre el 31 de diciembre y el 1 de enero no mediara esa nada que media –no media nada, no hay cesura- sino una barrera invisible. El 1 de enero no está en otro año; está, desde este lado, en otra dimensión, la ultratumba de lo no contabilizado, de los objetivos que aún no han empezado a aplicarse, de los presupuestos aún posibles.

El año que viene es irreal porque aún no tiene diario. Es ya año. Pero aún no es ejercicio. También el tiempo ha de ser tamizado por las convenciones contables. No sabemos pensar de otro modo, creo.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Siempre las lenguas

El catalán es una lengua. Esto debería ser una obviedad, pero no lo parece. Igual que el español, el gallego, el vasco o el japonés. Una lengua en la que piensa, siente y se expresa gente que la tiene por materna. Ni es un idioma de mentira, inventado por separatistas conjurados ni es una suerte de espíritu nacional destilado, como parecen pensar unos y otros. “Un pueblo, una lengua, un estado” parece ser una de las querencias favoritas de todos los nacionalistas que en el mundo son, frente a la palmaria evidencia de que es una terna que casi nunca se da junta. Las fronteras lingüísticas raramente coinciden con las estatales –aunque los estados, o las regiones, den nombre distinto a la variedad dialectal que se habla dentro de sus fronteras, por aquello de darle más lustre (sin entrar en casos patrios de catalanes y valencianos, véase, si no, qué es eso que llaman “moldavo” sino el rumano que hablan en Moldavia, por poner solo un ejemplo)- y, por supuesto, hay pueblos que se reconocen como tales en medio de verdaderos guirigáis idiomáticos o perdidos en mares de dialectos (suizos, en el primer caso, o alemanes en el segundo) y gentes que no quieren compartir ni el aire y están condenados a compartir una misma lengua o casi, como serbios y croatas.

Las lenguas no entran en la agenda política hasta muy tarde. A los monarcas absolutos y autoritarios no pareció inquietarles nunca en exceso la diversidad lingüística en su territorio. Carlos V dejó bien aleccionado a su hijo sobre lo arriesgado de permitir disensos en materia religiosa en sus estados, pero siempre le importó una higa la lengua que hablaran sus súbditos. Como nos enseñó el malogrado Juan Ramón Lodares, la lengua, en realidad, solo le importó, desde siempre, a la Iglesia. “A cada uno, en su lengua”, así predicaron los apóstoles. Allí donde fueron, los misioneros cristianos aprendieron las lenguas locales. Gracias a los clérigos sobrevivieron las lenguas amerindias de la América hispana. ¿Súbito interés filológico? No, anticipación a los tiempos. Los buenos padres sabían que quien controla los decires controla las ideas. Su interés no estaba en las palabras sino en los contenidos, porque no hay otros contenidos que los que las palabras dicen. La humanidad, parcelada en mil lenguas ininteligibles no tenía otro medio de acceso a las ideas que el que proporcionaban el latín o, más corrientemente, su traductora: la Santa Madre Iglesia. ¿Es casual que la única literatura escrita, por ejemplo, en euskera durante cientos de años fueran, precisamente, misales libros de piedad?

Los estados llegaron tarde a esta convicción. Hasta que no tomaron conciencia de sí mismos, no decidieron que también querían conformar mentes. Y para ello inventaron la educación obligatoria. Entonces nació la política lingüística. El principio era ahora el inverso –ya no se conservarían las lenguas fuera de la elegida- pero, si se quiere paradójicamente, por muy similares motivos. La lengua única estatal barrería todas las demás, las reduciría a la irrelevancia volviéndose lengua de enseñanza y de relación con el nuevo y verdaderamente todopoderoso señor. Fue la Francia revolucionaria, claro, la pionera en estas lides. Imitada luego por las repúblicas americanas y por todos los estados neonatos. Tuvo política lingüística todo estado que se lo podía permitir. La supervivencia de las lenguas regionales fue más cuestión de impotencia que otra cosa.

Esta es la historia. Pero la manipulación no cesa. La batalla por la lengua, allí donde se da, es enconada como pocas. Porque es la batalla por las mentes. Lo que se llama “normalización lingüística” –téngase por “normal” lo que se quiera- no es más que una batalla por el control de la lengua como vehículo.

Es absurdo negar que una lengua compartida es, o puede ser, cimiento de convivencia, no por la lengua en sí, sino por el universo referencial que se expresa en ella. Lo que une no es compartir la lengua, sino compartir la enciclopedia. Pero hay evidencias sobradas de que, fácil o difícil, la cuestión lingüística no tiene por qué resultar crítica. Los suizos, de nuevo, han construido un universo referencial común a partir de un mosaico lingüístico relativamente complicado –digo “relativamente” porque lo de la suiza tetralingüe es una broma si se compara con cualquier gran estado asiático, por ejemplo-, pero no estoy seguro de que mexicanos y argentinos compartan más referencias que españoles y portugueses.

En España no hay un problema lingüístico. Nunca lo hubo. Existe el capítulo lingüístico de un problema político. El problema no son el catalán, el gallego o el vasco –tampoco el español-. El problema es que, en cuestión de lenguas, es como más fácilmente asoma la vena totalitaria del “normalizador” de turno. Porque no se “normalizan” lenguas, salvo en el sentido técnico de dotarlas de una gramática, un diccionario y una ortografía; se normalizan personas, se normalizan costumbres, se normalizan pensamientos. Lo que el político llama “anormal” –puesto que lo que ha de normalizarse no puede sino ser eso- suele ser, más sencillamente, no coincidente con sus ficciones o con sus delirios. El filólogo Víctor Klemperer (sí, el hermano del afamado director) nos explicó cómo lo primero que hicieron los nazis al llegar al poder, antes incluso de promulgar leyes raciales, fue “normalizar” la lengua alemana, expurgarla de malos usos, convertirla en la herramienta de pensar del buen alemán; Stalin, georgiano él, rusificó todas las repúblicas soviéticas, también lingüísticamente… Y los caudillos de las nuevas repúblicas invierten ahora el proceso, proscribiendo el ruso que, mal que bien, ya era la lengua adquirida.

Me han explicado muchas veces que “normalizar” es “nivelar”, es “volver a poner las cosas en su sitio”, es favorecer la lengua preterida para que pueda seguir existiendo. Más aún, cuando la lengua preterida es, además, una lengua “menor” –es decir, con menos hablantes, menos extendida (léase catalán frente a castellano o flamenco frente a francés)- normalizar es, en realidad “desnivelar”, discriminar positivamente, como se dice en neolengua administrativa. La lengua preterida no debe ser puesta al nivel de la otra, porque, en símil boxístico, las tablas favorecen al campeón, sino que debe ser favorecida. Suena de lo más angélico, pero no me lo creo. La “política lingüística” es fuente de toda suerte de abusos. Así ha sido siempre.

En mi opinión, en materia de lenguas, los estados –las administraciones- deberían ser rígidamente aconfesionales. El concepto de “lengua oficial” resulta odioso cuando deja de ser meramente funcional, es decir, cuando pasa la raya del necesario concepto de aquella lengua en la que la administración se relaciona con los ciudadanos, esto es, del código que utiliza para sus menesteres domésticos. Todo lo demás es exceso. Los Estados Unidos carecen de una lengua oficial nacional, y tampoco existe una en la mayoría de los distintos estados. La cuestión se orienta por oferta y demanda. Los estados con grandes masas de hispanohablantes empiezan a producir su documentación oficial en español, y el estado de California ofrece, por ejemplo, la posibilidad de examinarse del carnet de conducir en docenas de lenguas.

Supongo que habrá quien objete que este modo de actuar conduciría a la desaparición de muchas lenguas, por ¿inútiles? Sí, por inútiles. Una lengua es inútil cuando todas sus funciones son ya desempeñadas por otra y, sí, lo normal es que la gente opte por una u otra. Puede. Pero es que una lengua no es un insecto protegido. Una lengua es una creación cultural humana, a disposición de sus hablantes. Pero, claro, el simple imaginar la lengua, la encarnación del Volksgeist, reducida a mera contingencia provoca sarpullido en ciertos espíritus sensibles. ¿La patria, el pueblo, la trascendencia de la nación, “disponibles”? ¡Horror! No es posible.

“Una lengua, un pueblo, un estado”. Lo siento, pero me parece algo para grabar en las hebillas de un ejército agresor. Además, es mentira, coño. Siempre lo ha sido.

lunes, 3 de diciembre de 2012

El fin de semana de los patriarcas

Fin de semana para la nostalgia en el campo socialista. Confieso que he tenido que recurrir más de una vez a los pies de foto para saber quién era quién en las varias estampas de González y sus ministros de aquellos –a juicio de algunos- maravillosos años. Yo era muy pequeño y muchos de ellos han cambiado bastante. Treinta años hace ya de aquella toma de posesión, tras una victoria electoral de las que solo se dan por incomparecencia del contrario, como fue el caso.

En su discurso a la familia, el González transmutado en patriarca dijo lo esperable: que el partido debe volver a hilar un discurso de mayoría. Debe recentrarse. Porque el ex presidente opina, me temo, lo que otros conmilitones y muchos observadores, que el PSOE se encuentra completamente desarbolado, víctima del colosal error de convertir el tacticismo en estrategia, de renunciar por completo a cualquier clase de núcleo básico de ideas –llámense “principios” si se prefiere- para devenir una especie de sustancia maleable hasta el infinito, capaz de las contorsiones más inverosímiles en busca de alianzas imposibles. Así las cosas, el que fue no ya partido vertebrador de la izquierda, sino quizá de la democracia española en su conjunto, entró por méritos propios en una crisis que va más allá de la que aqueja a la socialdemocracia europea en general.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que algunos temimos que el PSOE pudiera resultar una versión perfeccionada del PRI. Un tiempo en que no solo parecía cosechar mayorías holgadas en las urnas –abrumadoras, más que holgadas- sino que disfrutaba de una hegemonía en simpatías y afinidades que hoy resulta difícil de creer. Si el predominio de la izquierda en ámbitos culturales, universitarios, intelectuales, sociales, etc. parece hoy incuestionable, solo hay que hacer algo de memoria para recordar esa sensación de monolitismo, de imposibilidad de alternativa en ningún ámbito. Esa fuerte sensación de mayoría “natural” que lo invadía todo. Desde esa perspectiva, el cambio o era anecdótico o era contra natura, pero no podía ser otra cosa.

Da la sensación de que la mayoría absoluta del PP en 2000 sumió al mundo socialista –además de en la histeria- en un estado de pavor ante lo que ya no podía considerarse una mera grieta en ese aparentemente sólido edificio. El PSOE –y entiéndase por tal no solo el partido, sino el amplísimo conglomerado de intereses que representa- pudo, entonces, reaccionar de diversas maneras. Quizá lo más sensato hubiera sido asumir pura y simplemente las reglas ordinarias de la democracia, aceptando que, siendo uno de los partidos llamados a representar el mainstream de nuestra sociedad, quizá no era el único. Sentarse a esperar, en suma, que ocurriera lo que terminó por ocurrir, es decir, la formación de una nueva mayoría favorable. Pero no, el PSOE no decidió eso. Decidió perderse. Decidió no afrontar el obstáculo, sino rodearlo. Abandonar el centro y atacar por las alas. Maniobra de alto riesgo, aparentemente brillante en primera instancia, de resultado catastrófico después.

El retorno al centro del campo puede revelarse penoso (inciso: quizá CiU podría escarmentar en cabeza ajena…), tomar tiempo y reflexión. Una reflexión que bien puede equivaler a una refundación. El socialismo español debe asumir errores, y debe asumir que su “destino manifiesto” estaba impregnado de un tremendo coyunturalismo. Que su carácter de “partido elegido” obedecía en buena medida a que no había elección posible.

No sé si es casual que, en el fin de semana del homenaje a González, El Mundo haya publicado una entrevista extensa con Aznar. Suena a contraprogramación. Erigido también en patriarca, su tono es de estadista. Sus preocupaciones están en la suerte de su legado –dilapidado por ese Zapatero que, me temo que a ambos lados, es epítome de todos los males- y en España. Ciertamente, no en el partido, que goza de excelente salud. Ahora son ellos los que ganan elección tras elección por incomparecencia, incluso perdiendo votos en números absolutos. Pero tienen enfrente la nada. Supongo que el propio Aznar soñó más de una vez con esto, en aquellos lejanos finales de los ochenta, cuando el socialismo se antojaba inexpugnable.

Es paradójico pero, ahora, cuarenta años después, se pregunta uno si no le ha ido mejor al centro-derecha sin otra legitimidad que la de ejercicio o a un centro-izquierda empachado de legitimidad de origen. En el fin de semana de los patriarcas las cosas no son, ciertamente, como nos las hubiéramos imaginado en aquel tiempo en el que los tipos de la foto aún no peinaban canas.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El régimen no va a cambiar

Soledad Gallego-Díaz aventuraba en El País este domingo una tesis curiosa, a partir de ciertas actitudes detectables en, creo, Alberto Ruiz-Gallardón. Según la periodista, el PP podría haber iniciado, e incluso estaría ufanándose de haber iniciado, la demolición del antiguo régimen, una revolución conservadora encaminada, ahora sí, a acabar con el aparato jurídico-institucional y de prestación construido a lo largo de los más de veinte años que, en democracia, ha habido gobiernos socialistas (implícitamente, por supuesto, la autora atribuye a los socialistas casi cuanto de bueno tiene el sistema, pero eso va de suyo). Gallego-Díaz llega incluso a hablar de una suerte de revolución thatcheriana, es decir, que nos encontraríamos al inicio de un giro tan copernicano como el que Lady Thatcher  impuso al Reino Unido.

Creo que Gallego-Díaz exagera notablemente. Para operar una revolución thatcheriana hay que tener los redaños de una Thatcher, cosa que los políticos del PP, salvo, quizá, Esperanza Aguirre, distan mucho de tener. Pero no es solo falta de cuajo. Es que el PP no tiene ningún interés en remover verdaderamente los cimientos de lo que la autora califica –o califico yo, no sé- con mucho acierto de “régimen”. En mi opinión, el PP, a salvo de matices o de las inevitables constricciones que imponen las urgencias presupuestarias, no hará nada serio por cambiar un modelo en el que nada como pez en el agua. Lo recortará lo imprescindible cuando ande justo de dineros, nada más. Y eso cuando ya no pueda exprimir más al sufrido contribuyente. El espantajo del “que viene la derecha” en sus variadas formas ya está muy gastado. En efecto, la derecha viene y, cuando llega, se notan más bien poco las diferencias.

Que no se engañe Gallego-Díaz. El sistema está a muy buen recaudo, en manos de los socialistas de todos los partidos. Su mejor garantía de funcionamiento es la imbricación, el enraizamiento de los aparatos de los partidos en la estructura institucional del Estado, que hacen de la estructura de éste un elemento nutricio básico para aquellos. Si la arquitectura jurídico-institucional del Estado y su carácter prestacional variaran significativamente, los partidos políticos entrarían en una profunda crisis –no funcional, es decir, no relativa a sus capacidades para realizar sus funciones constitucionales, sino interna, como organizaciones-. Los partidos nacieron como mediadores entre la sociedad y el estado, pero han capturado al segundo término, de suerte que ya no son mediadores, sino estructura estatal pura y dura. Ello sin contar con que la socialdemocracia, a menudo quejosa, en realidad debería quejarse de que se ha quedado sin programa por realización del anterior. El programa socialdemócrata, en España y en otros países, está constitucionalizado, petrificado y, prácticamente, fuera del lícito debate. Cualquiera que, pongamos por caso, se atreviera a cuestionar la existencia del sistema básico de prestaciones del estado-providencia se colocaría no ya en un punto u otro del continuo izquierda-derecha, sino sencillamente fuera de él.

Esas razones, por sí, bastarían para aquietar los miedos de quienes no se imaginan una vida sin el aparato socialista. Pero hay más. No existe, en el PP, un apetito ideológico real por atacar las bases del sistema. La derecha conservadora y el socialismo no andan tan lejos en muchas cosas. Por eso fue tan fácil, en España, transitar del franquismo al socialismo. Y la derecha conservadora es, de las almas del PP, la predominante.

No hay miedo, pues. El partido lo vamos perdiendo, por goleada, quienes sí queremos, de veras, una voladura controlada del antiguo régimen. Quienes sí queremos que España cambie de veras, profundamente, desde sus bases.

Margaret Thatcher cambió la faz del Reino Unido, cierto, pero su revolución hubiera sido, probablemente, imposible en otra parte. Años de estatismo laborista no habían conseguido terminar de laminar un sustrato básico que convertía el suelo inglés en propicio para el arraigo del ideario thatcherista. Si la primera ministra pudo establecer un diálogo, hacer una propuesta al país que fue escuchada y avalada por sucesivos triunfos electorales fue porque nunca dejaron de darse allí ciertas condiciones. La primera, desde luego, lo que podríamos denominar una dignidad ciudadana, resultado de siglos de pedagogía de las libertades, por las que el ciudadano no se ve a sí mismo en mera posición de cliente. Apenas rascados el moho y el orín socialistas es fácil conectar con una sociedad a la que le gusta sentirse dueña de su destino. La segunda condición es que nunca, jamás, en la historia inglesa las instituciones han llegado a ser prisioneras de nadie, o son superiores a todos. Esto tiene algo paradójico por cuanto son las democracias más viejas, las más establecidas, las que cuentan con mayores tradiciones las más capaces de evolucionar, las que menos se anquilosan. La paradoja no es tal, es que los mecanismos del cambio funcionan. Quien, legítimamente, gana unas elecciones, si tiene un programa, puede realizarlo merced a la capacidad de cambio que ofrece el imperio de la ley, la certeza de que los mecanismos funcionarán y de que las decisiones parlamentarias y administrativas serán obedecidas.

Soledad Gallego-Díaz y quienes piensan como ella pueden vivir tranquilos. Nunca habrá en España una verdadera revolución liberal. Nunca serán removidos de nuestra mentalidad los efectos de la pedagogía del “gratis total”. Nadie quiere, en el fondo.

martes, 13 de noviembre de 2012

Los escenarios extremos no son necesariamente los peores

La crisis del euro y la crisis de Cataluña, y sus posibles desenlaces extremos, esto es, la ruptura de la moneda única y la secesión del Principado, presentan múltiples puntos de conexión para quien suscribe, aparte de la mera coincidencia temporal y la relación, si no de causalidad, sí de evidente influencia de la primera respecto de la segunda, si hemos de atender a los comentaristas que quieren ver en la crisis económica el caldo de cultivo del descontento que anima el independentismo.

En ambos casos, ocurre que el desenlace extremo es tildado por muchos de “imposible” o, cuando menos, nada probable, y ello por una serie de razones muy sensatas, a saber, que como se trata de eventos muy dañinos para la mayoría, amén de ser escenarios técnicamente muy complejos, sencillamente, no sucederán. Los políticos europeos harán lo que se precise para salvar la moneda común y los nacionalistas catalanes “moderados”, a última hora, darán un quiebro para eludir el precipicio, o los políticos "españoles" ofrecerán una transacción que permita la vuelta a los cuarteles de invierno. En resumidas cuentas, la razón se impondrá. No digo yo que no sea así. Pero me pregunto si semejante punto de vista no tiene algo, de panglossiano. Al fin y al cabo, si de algo está llena la historia –la general y la de España, en particular- es de abundantes pruebas de que la irracionalidad campa a menudo por sus respetos, sobre todo cuando, de un modo u otro, están involucrados en el asunto la religión, el nacionalismo o ambos.

Supongo que muchos años de tira y afloja, tanto en la Europa comunitaria como en esta España de nuestros pecados nos han acostumbrado a asimilar las dinámicas políticas a dinámicas negociales. Pero no lo son. O dejan de serlo cuando las cuestiones a debate rebasan los bordes de las moquetas que pisan las tecnocracias que creen tener las cosas bajo control, que creen estar al mando. Que creen que todo lo pueden pesar y medir.

La segunda cuestión en común es que ni uno ni otro proceso admiten como solución, ya, la mera prolongación del estado actual de cosas indefinidamente en el tiempo. Si, para Cataluña, pasó el tiempo de la conllevancia en su relación con el resto de España, el euro requiere imperativamente que se solventen sus fallas de diseño inicial o ser sustituido por otras divisas que resulten viables sin necesidad de otros elementos de integración, sean éstas puramente nacionales o compartidas en el seno de áreas más reducidas.

Hay, sí, importantes diferencias en cuanto a por qué uno y otro proceso han llegado a esta especie de punto de ruptura. Mientras que el euro padece un pecado original, un error asumido de planteamiento, la cuestión catalana se encuentra en este estado tras consumir una serie de etapas que no necesariamente presentan entre sí una hilazón coherente, que no necesariamente dan una idea de orientación. En otras palabras, mientras que el euro solo podía funcionar, como es, a condición de que no sucediera ningún acontecimiento que aflorara sus defectos congénitos, Cataluña pudo haber tenido, en varios momentos de su historia, un satisfactorio encaje con el resto de España. Ha sido la gestión del proceso hasta aquí la que lo ha hecho imposible hasta hoy.

Y la tercera similitud relevante es que, asimismo en ambos casos, los escenarios que he llamado extremos (insisto: ruptura de la moneda única y secesión de Cataluña –que es otro modo de llamar a la ruptura de España-), siendo indeseables no son los peores posibles. A menudo, cuesta explicar esto sin que a uno le tilden de rupturista. Personalmente, no deseo en absoluto que vuelva a haber pesetas, dracmas y marcos y, menos todavía, que haya fronteras en el Ebro. Pero no, no creo que un mundo en el que esas cosas sucedieran sea el peor de los mundos posibles necesariamente.

En cuanto a lo primero, creo que son concebibles casos en los que el mantenimiento de la moneda única en ausencia de instituciones que la complementen sea claramente peor que su ruptura, si no total, sí para países concretos. El caso griego me parece ya patente, pero podría haber otros, sin descartar el español mismo, si no ahora, sí en un futuro. Evidentemente, el razonamiento exige que, cuando se afirma que un escenario es “mejor” o “peor” se especifique “para quién”. De nuevo, en el caso griego, es posible que la destrucción absoluta de ese país siga siendo, para sus acreedores, preferible a una posible reconversión de su deuda en dracmas; pero es evidente que yo adopto el punto de vista de los griegos, en este caso: de los griegos que trabajan y pagan impuestos y, por tanto, sufrirán el ajuste tome este la forma que tome. No creo que, para esta gente, la respuesta sea ya obvia. Sí que creo que, para sus homólogos españoles –la clase media nacional que paga los impuestos y soporta los ajustes- sí resulta aún obvio que una ruptura del euro sería peor, pero no está escrito que ello sea así indefinidamente.

En cuanto a lo segundo, un escenario con dos estados, siendo seguramente perjudicial para todos -por muy bien avenidos que estén-, es quizá mejor que un único estado imposible, que un intento de acomodar a quien no quiere ser acomodado. No tiene sentido perseverar en hace aún más compleja una estructura que ya ha demostrado su incapacidad para resolver el problema para el que fue concebida. Si no es posible encontrar una solución simple y viable, habrá que admitir que no hay solución. O que la solución reformista es más onerosa que la rupturista. De nuevo, hay que preguntarse aquí para quién, y he de admitir, porque no es evidente, que pienso aquí en los españoles en su conjunto -y, por tanto, en los catalanes, pero no en tanto que catalanes, sino en tanto que españoles. Si la ruptura del estado es un drama, la "belgización", la reducción de un estado a una ficción jurídica, puede resultar un absurdo aún peor.

En absoluto está escrito que los escenarios extremos sean inevitables –antes al contrario, hay que apostar porque el sentido común ha de prevalecer y, por tanto, debe ser cierto que son improbables- pero su carácter rupturista no los convierte, necesariamente, en el peor de los mundos posibles. Hay mundos peores o, al menos, tan malos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Europeos ante todo

Todo apunta a que el debate sobre la consulta catalana o, más en general, el de una eventual separación de Cataluña del resto de España gira en torno al eje de la pertenencia de Cataluña a la Unión Europea. En primera instancia porque, parece, eso es lo que Mas quiere preguntar al electorado, esto es, no si el personal quiere que Cataluña se independice –el “de España”, sobraría porque no se ve bien de quién o qué se independizaría Cataluña si no- sino si “desea” (sic) que Cataluña sea “un estado de la UE” o cosa por el estilo, lo que, evidentemente, no es lo mismo. Pero es que, por su parte, aquellos que quieren advertir a los catalanes de que la separación es la vía más segura hacia las penas del purgatorio asimilan ese purgatorio, si no el mismo infierno, a la “no Europa”, a la salida de la UE que, según dicen, iría anudada a la separación de España.

El debate jurídico es, sin duda, muy interesante. La comisaria Reding avala la tesis del gobierno español de que “fuera de España, no hay Europa” –a los políticos les encanta esto de tomar partes por todos- siempre que la independencia de Cataluña fuera “unilateralmente declarada”. Pero la cosa es más enjundiosa. De entrada, quiero suponer que el sentido común no se ha perdido del todo en el Principado, ni en el resto del país y, por tanto, que habría que partir de la hipótesis de que la independencia, de ser, no sería “unilateralmente declarada”, sino conforme a derecho constitucional español e internacional. En suma, confío en que supiéramos mostrar al mundo que aún sabemos lo que media entre un absurdo y una salvajada. Si se excluyen los exabruptos, el análisis debería variar. Parece ser que los sensatos juristas del Parlamento de Westminster, a propósito de Escocia, concluyen que no tienen nada claro cuál sería el escenario derivado de una secesión de aquella parte del Reino Unido. No es que no tengan claro que Escocia pudiera seguir siendo parte de la UE, es que se les plantean dudas sobre la continuidad en la misma de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. Todo dependerá, claro, de si se entiende que, en efecto, Escocia se separa del Reino Unido o, más bien, éste deja de existir. Se asume con naturalidad la continuidad de España, o del propio Reino Unido, perdiendo de vista que en absoluto tiene por qué ser así. Bien puede ocurrir que, en el lugar del estado desaparecido, surjan dos de nuevo cuño. Supongo que es la desproporción territorial y de población –más abrumadora aún en el caso del resto de los países que forman el Reino Unido que en el caso del resto de España- la que lleva naturalmente a pensar que el “resto” debería conservar la personalidad jurídica internacional del todo, pero ejemplos hay de escisión en dos o más personalidades diferenciadas. Checoslovaquia, sin ir más lejos.

Pero no me interesa ahora entrar en las honduras jurídicas del proceso de secesión y sus consecuencias –por falta manifiesta de capacidad, entre otras cosas- sino subrayar cómo la cuestión europea sigue imprimiendo carácter. Hace unos días, en una conferencia brillante, Miguel Herrero motejaba el europeísmo –o euroentusiasmo- de los españoles de “acrítico”. Un punto infantil, añado yo. De nuevo, el complejo de ser español exacerbado en los españoles que no quieren serlo. En Escocia, la cuestión de la permanencia o no en la UE parece que se percibe como algo que podríamos calificar de técnico; evidentemente, de suma importancia, puesto que tiene una gran influencia en la vida del futuro país –e incluso puede condicionar su viabilidad económica- pero cuestión técnica al cabo. El ser o no ser de Escocia no depende de su “carácter europeo”, cosa que, por otra parte, en absoluto depende tampoco de su integración, o no, en la UE. Los escoceses se reconocen como escoceses y eso es lo que quieren ser. A partir de ahí, lo demás son consecuencias; si uno es escocés será –de momento- británico y, por extensión, europeo. Pero, como mera consecuencia accesoria, no parece que el asunto merezca mucho debate en sí.

En el caso catalán, por supuesto, la dimensión técnica también está presente. Solo una independencia con vínculo europeo es una independencia presentable como indolora y, por tanto, potencialmente aceptable, o eso parecen sospechar los promotores de la idea. Pero existe también esta dimensión sentimental tantas veces citada. No se hace este viaje para encontrarse en las tinieblas de la pesadilla española por excelencia: la no Europa, la materialización del más horroroso complejo de inferioridad. En el peor de los escenarios, una Cataluña extramuros de la Unión con una España dentro –la España mesetaria, la España africana- haría añicos el discurso de la superioridad relativa de la Cataluña “naturalmente” europea, solo circunstancialmente apartada de su ámbito propio por épocas en razón, precisamente, de su vinculación a esa España apartada del curso de la modernidad. La vergüenza de ser sur se haría, entonces, demasiado patente. No parece una imagen tolerable para ciertos espíritus sensibles.

Se da así que la estatalidad propia se predica como una necesidad absoluta, algo así como una etapa de madurez necesaria para el pueblo en cuestión. Un pueblo sin estado es un pueblo capitidisminuido. Cuando se quieren poner didácticos, los políticos nacionalistas dicen que su estatalidad truncada les impide “hacer cosas”. Cosas buenas, se entiende. Pero esa necesidad no es tal ante el proceso de integración europea. El problema, pues, no es ceder soberanía, sino a quién se cede. Mientras que un independentista escocés quiere ser escocés, un independentista catalán parece que lo que quiere es no ser español, dándole, en realidad, un poco lo mismo lo que sea.

Los altos designios, el proceso histórico, la misión de algunos en esta tierra quedan así un poco venidos a menos, la verdad. Como en una suerte de cuita doméstica menor.